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viernes, diciembre 3, 2021

Somos energía pura; el perfecto equilibro de cuatro elementos dispuestos para nuestra existencia. Somos agua, fuego, tierra y aire, unidos por el gran espíritu que todo lo hizo y que todo lo ocupa, y que es fuente de un quinto elemento capaz de mover el mundo: el amor.

Se nos confió el dominio y control de cada elemento para tener una mejor vida, para avanzar sin importar las circunstancias; la única regla por cumplir es conectar siempre los cuatro elementos con el quinto, con el amor. Los humanos cuidaríamos los elementos, los conservaríamos y mantendríamos el balance para una vida plena. ¿Qué tanto hemos cumplido la regla?

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    AGUA

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    FUEGO

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    TIERRA

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    AIRE

Somos AGUA; no solo en nuestra composición fisiológica, también poseemos la capacidad de transformarnos, adaptarnos, ser suaves como la brisa, contener la fuerza de una tormenta, permanecer en completa calma y dar vida.

Las hermanas del agua en La Gulunga

Agua, ¿dónde estás? ¡Te vemos cerca pero estás oculta bajo colchones viejos, pañales, taburetes rotos, cobijas de plásticos y cuanta contaminación podamos conocer! Este panorama debe cambiar.
“El agua es vital para el planeta” o “sin agua no hay vida” son expresiones que se escuchan repetidamente para visibilizar la crisis del agua. Y aunque parece que no hicieran eco en cada rincón, hay conversaciones y acciones que activan la conciencia ambiental.
A La Gulunga parte baja se llega después de una hora y media de camino desde el parque principal de Salgar. Allí viven las hermanas Gladys Miriam Osorio y Luz Ángela Osorio, en dos fincas cafeteras separadas por una quebrada, y aunque caminan casi 40 minutos para visitarse, este no es impedimento para encontrarse con otros vecinos a trabajar en lo que llaman sistema de conversación para el cuidado del medioambiente.
“Conservar, proteger y cuidar son la base fundamental para el equilibrio de la vida. Si uno conserva el agua, tiene una vida muy feliz. De la parte ambiental llega la parte social y económica”, comenta Gladys al relatar que desde el año 2006 participan en un proceso constante de preservación ambiental en su vereda.
Todo inició cuando desarrollaron un proyecto llamado Corredor Alto Andino; los cafeteros del sector debían mejorar las prácticas agrícolas para que sus fincas fueran certificadas como lugares sostenibles. La finca de Gladys se convirtió en un referente porque allí se preservan el agua y el bosque y se produce café.
Los vecinos empezaron a indagar otras formas de ayudar a cuidar el entorno y así surgieron varias iniciativas, enfocadas especialmente en la protección de las fuentes hídricas que surten los acueductos: Aguas Frías y La Cidrera.
“Estamos delimitando áreas de vida, esto para saber cuáles lugares debemos cuidar, porque generalmente sabemos dónde nace determinada fuente de agua, pero no sabemos hasta qué punto es cuidada. Es bueno que la gente mire por dónde va esa delimitación para que podamos cuidar el agua”, explica Luz Ángela.
¿Cuáles son las estrategias? Reciclaje: “Se implementó la manera para que esas cosas inservibles -lo que se guarda en el cuarto de reblujo- se dispusiera como reciclaje. Nos vamos de casa en casa con la mulita recogiendo y todo lo llevamos a la caseta de la Junta de Acción Comunal”, describe Gladys.
Rellenos: para mejorar la calidad del agua “llevamos a 30 casas unas canecas donde se depositan las basuras. Hicimos un mini relleno de más o menos un metro de ancho y hondo para echar ahí todo lo que tiraban a las quebradas”.
Análisis del agua: un método para hacer un uso responsable del agua, “medimos el caudal a través de unos instrumentos para saber cuánta cantidad de agua se puede utilizar para el beneficio de las familias, lo demás se deja correr para que el agua no quede contaminada”.
Hoy, los vecinos de La Gulunga pueden decir con orgullo que sus fuentes hídricas están menos contaminadas y aunque el proceso de reflexión en la comunidad fue difícil por los cambios en las rutinas que conlleva la conservación, están más convencidos que nunca de que estos procesos de conversación en comunidad se pueden replicar en otros lugares.
Luz: “Tenemos que concientizarnos de que el otro es parte fundamental y si no hay conciencia de cuidar el medioambiente, que es esa casa grande donde todos estamos, entonces la vida que estamos llevando no tiene objetivo”.
Gladys: “Por eso no nos cansamos, damos el máximo para que en nuestra vereda seamos más los que conversamos y conservamos”.

Somos FUEGO; tan necesario en épocas de invierno… nos hace cálidos y capaces de renacer, llenos de luz para este mundo que apenas despierta.

Árboles que ahogan el fuego

Árboles de chachafruto, quiebrabarrigo, pringamosa, guadua, drago, churimo, madroño y pomo crecen repartidos en bolsitas negras como si se tratara de un vivero. Las manos de varios jóvenes del municipio siembran y cuidan los brotes de estas especies, en vía de extinción, que crecerán y reforestarán los bosques de las veredas de Fredonia.
Muy cerca del parque principal está el Aula Ecoambiental coordinada por quienes saben cómo se apaga el fuego que destruye los bosques de nuestra región. Hace siete años el Cuerpo de Bomberos asumió el reto de hacer pedagogía ambiental y ahora previene los desastres ensañando a sembrar árboles. “Trabajar con el medioambiente es un cuento de armonía, te cambia un cien por ciento. Por ejemplo, si los niños siembran un arbolito, lo ven crecer y lo cuidan, van a ver que es un proceso muy complicado como para talarlo o quemarlo luego, cuenta el comandante del Cuerpo de Bomberos, Duván Bermúdez.
Durante los últimos dos años se han reducido eventualidades como quemas y deslizamientos. “Antes había mucho incendio forestal, y yo digo que este proyecto ha contribuido a que disminuyan. Puede ser la consciencia que se ha sembrado en la comunidad. También es función de nosotros prevenir”, agrega.
La intención desde el principio fue sembrar la ‘semillita’ de conciencia ambiental en los niños y niñas, “porque los grandes ya tenemos el chip reseteado”, dice el comandante, “todos vieron la pertinencia de la iniciativa y el compromiso del Cuerpo para desarrollarla, iniciamos con cositas pequeñas y fuimos creciendo con el apoyo de la Mesa Ambiental, la Umata, Corantioquia y la Gobernación”.
Esta aula de aprendizaje no tiene muros y permite una relación directa con la naturaleza para que las capacitaciones ambientales no sigan siendo en un salón. El aula sin estar aún terminada ya cumple su función.“A uno lo impacta el proyecto porque empieza a emplearlo en su vida, los árboles son como nuestros compañeros, uno se da cuenta del daño que le hace al medioambiente e intenta no hacerlo más”, afirma Verónica Bermúdez que lleva cuatro meses realizando allí sus horas de labor social. Su compañera, María Fernanda Bermúdez, relata por su parte que ha entendido que no necesita ser una experta en el tema para aportar a la preservación del ecosistema.
El Cuerpo de Bomberos y los jóvenes cuentan además con un inventario de árboles de la región para tener pronto un banco de semillas comunitario y ofrecerlas de manera gratuita a la comunidad según sus deseos o necesidades. “Sería muy bueno mirar si por medio de proyectos o alianzas la iniciativa se puede compartir con otros municipios, porque aquí ha funcionado de maravilla”, afirma el comandante entre las plataneras, el cilantro y los árboles que rodean el Aula Ecoambiental que resultó ser más poderosa que las mangueras y extintores del Cuerpo de Bomberos.

Somos TIERRA; fuertes y firmes, abundantes y magnánimos, todo aquello que nos brinda techo, alimento y una vida digna es gracias a ella.

Sembrar es volver la tierra

“Yo creo que debe dar desconsuelo que un campesino tenga que salir al pueblo a comprar una mata de cebolla o una hoja de cilantro, pudiéndolas cultivar en su propia casa”, son las palabras de Lino de Jesús, que ha caminado ya más de veinte años entre sus tomateras, matas de frijol y pimentón.
Las manos firmes y llenas de tierra dieron vida a una huerta ya madura de 40 x 40 metros en la que Lino siembra lechuga, cilantro, pepino cohombro, pimentón y frijol. La tierra es la vida del hombre, ahí tenemos todo el sustento, lo que pasa es que no la sabemos apreciar ni cultivar”, dice Lino, que periódicamente, cuando su huerta se llena de colores brillantes, recoge la siembra, surte su cocina y baja al pueblo a vender.
En la vereda Lourdes, de Pueblorrico, está su finca, la misma que cada ocho días acoge a 50 familias campesinas que aprenden, como él, a plantar sus propias legumbres y verduras. “A veces los campesinos no siembran porque no saben o no tienen con qué conseguir la semilla. Hay que mediar para que puedan acceder a ellas y al conocimiento”, expresa.
Este año la Umata del municipio está liderando el proyecto que pretende enseñarle a las familias técnicas de agricultura y nutrición para fomentar la soberanía alimentaria. “Los saberes ancestrales que ellos tienen se complementan con la asistencia técnica y teórica, se aprende en doble vía”, afirma el director de la Umata, Alexander López.
Lino creció entre sembrados. “Yo me levanté en la agricultura cuando niño, buena parte de lo que sé lo aprendí de mis padres”, un conocimiento que no duda en compartir con todo el que esté interesado. “Uno les enseña en cualquier momento cómo cultivar en sus casas. En las reuniones uno ve que la gente pone mucho cuidado, pregunta, mira y ve que lo que pasa es que falta más comunicación entre el gobierno y el campo, porque la motivación de la gente está”.
El tomate, que cada tres meses sobresale entre el espeso verdor, es de los más difíciles de cuidar. Hace poco la tomatera de Lino sufrió de “hielo”, como se le conoce a una de las enfermedades más comunes de la planta. “Al tomate lo persiguen mucho, hace un mes me le dio “hielo”, pero lo controlé con jabón rey, melaza y ceniza”, cuenta.
Rodeado de árboles y montañas cercanas, dice que cultivar no es algo que solo pueda darse en el campo. Pensando en las ciudades, llenas de edificios y cemento, Lino afirma que “no es difícil; en las terrazas se puede hacer una huerta, en las paredes sembrar lechuga, zanahoria, esas planticas que no son muy voluminosas”.
Sobre lo que significa tener el alimento en casa cultivado en la propia tierra, Lino opina que es cuestión de responsabilidad y tranquilidad, “por ejemplo, a veces la gente brinca alambrados buscando un diíta de trabajo porque no tienen con qué comprar una hoja de cilantro, pudiéndola tener en la casa”.
En esta huerta de 40 x 40 metros y en otras del Suroeste nace el derecho a la vida y a la dignidad humana, en conexión con el amor por la tierra y lo elemental: los alimentos.

Somos AIRE; nuestra primera forma en el espíritu, ligero y errante para recordarnos que tenemos la capacidad llegar lejos, de no detenernos.

Estrellas que brillan en el campo

Antes de continuar esta lectura, lo invitamos a que se tome cinco segundos para mirar el cielo. ¿Hace cuánto no lo miraba con detenimiento?, ¿se ha preguntado cuál es el nombre de las nubes?, ¿siempre lo ve del mismo color?, ¿le genera curiosidad saber cómo se forman las nubes?
Regresemos, pero aconsejamos que este ejercicio pueda hacerlo al menos tres veces al día, no solo le servirá como método de relajación, también para despertar curiosidad por los fenómenos que ocurren arriba, donde todo parece infinito.
Esa inquietud por conocer lo que ocurre en el cielo es lo que mueve el alma de OTACA – Observadores del Tiempo Atmosférico Ceres-Antares, un grupo de estudiantes apasionados por la ciencia de la Institución Educativa Desarrollo Rural Miguel Valencia; de la vereda Verdún en el municipio de Jardín, que todos los días salen a mirar el cielo y a perseguir nubes junto a Merce, la profe que dio vida a este grupo.
Mercedes del Tránsito Arrubla Carmona llegó a esta institución en 1985 a dictar las clases de Matemáticas, Física y Emprendimiento. “Merce”, como le dicen cariñosamente sus alumnos, siempre se ha preguntado cuál es el mejor método para que los niños y jóvenes se apasionen por el aprendizaje de los números y la ciencia, de esa búsqueda constante nació Otaca.
Todo inició cuando Merce estudiaba en la Universidad Nacional e inscribió un vacacional sobre óptica física y geométrica donde replicaban experimentos de Newton o Galileo para entender cómo funciona el universo; el curso fue tan exitoso que se conformó el grupo Matemáticas y Física Básica en Antioquia, actualmente llamado Aula Taller Arquímedes. Con el pasar del tiempo y por las obligaciones profesionales, Merce se ausentó del grupo, pero su alma científica seguía atada a ellos. Un día, Merce se enteró que este curso había trascendido más y ya estaba preparando estudiantes de colegios del Área Metropolitana. Decidida, Merce escribió al director y a todos los integrantes para que esa misma metodología pudiera ser replicada en la I.E. Miguel Valencia.
¡Y llegó el día! Después de los debidos trámites, el 27 de noviembre de 1997, ingenieros, docentes, secretarios de educación y otros apasionados por la ciencia, llegaron a la vereda Verdún para realizar el primer encuentro. Las clases programadas para ese día se cancelaron para darle paso a talleres de matemáticas. Inclusive la jornada se extendió a tal punto que estudiantes, padres de familia, administrativos y vecinos acamparon en el colegio para disfrutar de una chocolatada observando las estrellas.
El compromiso de institucionalizar el proyecto llegó con el amanecer, estrellitas ávidas de conocimiento empezaron a asistir a los talleres sabatinos de ciencia en vivo: más de 120 estudiantes de Jardín acudieron al llamado de la ciencia.
El 5 de agosto del 2000 es el día de nacimiento oficial de Otaca. Ese sábado en medio de un taller de ciencia, un estudiante; quien actualmente trabaja en la Universidad de Oklahoma, propuso un reto: la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio más conocida como NASA, realizó una convocatoria para que estudiantes se dedicaran a observar el clima y enviar datos de reporte a las plataformas de este gigante aeroespacial.
“Yo no tenía idea de ese tema, pero sí eso iba a permitir que mis muchachos le perdieran el miedo a estudiar matemáticas y ciencias, hagamos lo que tengamos que hacer”, recuerda Merce. Con la convicción de aprender, iniciaron el proceso para trabajar con una plataforma de la NASA. En esa primera generación de observadores se inscribieron 12 estudiantes y con ellos “echamos a andar el proyecto. Al sábado siguiente, algunos estudiantes de la Universidad Nacional trajeron instrumentos y empezamos a estudiar las nubes y cómo se hacían las mediciones”.
El tiempo se utiliza para describir las variaciones diarias de la atmósfera y que los expertos (como los meteorólogos) registran en forma de números relacionados a la temperatura, humedad, nubosidad o viento. Este método es implementado por los 70 estudiantes que conforman Otaca actualmente, todos apasionados por mirar el cielo: el grupo semilla, conformado por chicos de primaria, están iniciando sus observaciones; el grupo base, son el eje central y lideran las actividades centrales; el grupo de egresados, está integrado por aquellos inquietos por la ciencia que ya terminaron sus estudios de secundaria y ahora están expandiendo sus ansias de conocimiento en otros lugares del mundo pero siguen conectados con Otaca y finalmente el grupo de simpatizantes, estudiantes curiosos por la observación que asisten a algunas actividades planeadas por el grupo base.
Juan Andrés Tobón, Samuel Suárez, Stewar Orrego, Diego Felipe Rodríguez, Andrés Felipe Restrepo son algunos de los observadores que han encontrado en este proyecto extraclase una forma distinta e innovadora de aprender.
¿Cómo se realizan las observaciones? Primero ingresan a la página S’cool (la plataforma de la NASA) para conocer las horas en que el satélite Terra sobrevuela. Este satélite les permite tener información puntual de la atmósfera para que ellos puedan complementarla con los datos que recojan en sus observaciones. “Generalmente el satélite sobrevuela entre las 9:30 a.m. y las 11:30 a.m. Salimos todos los días a campo porque el clima no tiene vacaciones, debemos venir al aula electrónica y salir a la estación manual y estar en un campo abierto para visualizar las nubes y el color del cielo”, describe Diego. Después de obtener los datos y plasmarlos en un formato, los observadores van a la casa de Merce, donde hay internet, para enviarlos a la NASA.
Juan Andrés Tobón tiene 17 años, integra el grupo de los egresados y actualmente estudia en Armenia (país asiático), porque, a través del proyecto, se ganó una beca para estudiar bachillerato internacional. “Otaca fue parte fundamental en mi formación en todos los sentidos, lo que me dejó claro es que quiero hacer algo que tenga un impacto en la comunidad”.
Observar el cielo no solamente es útil para fortalecer el conocimiento de los estudiantes, también es fundamental para mejorar las prácticas agrícolas. “Un tema importante con la observación es la prevención del riesgo y con conceptos tan básicos como conocer la pluviosidad, un caficultor podría determinar cuándo es mejor sembrar o cuándo es mejor aplicar un abono”, explica Juan Andrés.
Es por ello que de Otaca también se han derivado proyectos como Pluviored, fundado por Hernán Benjumea, “hay muchos campesinos en el Suroeste que tienen un pluviómetro de cuña y ellos están midiendo lluvias. Pluviored no solo recoge estos datos, también les enseña a los campesinos a utilizar esos datos. Por ejemplo, les ayuda a identificar los riesgos si se echa algún abono y hay lluvias”. También idearon una estrategia que beneficia a muchos caficultores de la región: el Laboratorio de Análisis de Suelos, ubicado en La Pradera (Andes).
En palabras de Merce, observar el cielo permite que los “muchachos verdaderamente aprendan y desarrollen su conocimiento”, y se conviertan en las estrellas que más alumbran el campo.

Necesitamos regresar a la fuente, a lo elemental, al estado primario de nuestra naturaleza. Y no se trata de un estado animal, sino de volver a encontrar el balance. Entender nuestro lugar, nuestro territorio Suroeste, en conexión con cada elemento, con la capacidad de conservar nuestro entorno y de sanarlo cuidando el agua, sembrando árboles, reduciendo nuestras emisiones de carbono, reciclando, ahorrando, amando más nuestra casa.