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Por Renato Vélez Orozco
Colaborador municipio de Amagá

Dejad que […] entierren a sus muertos.

La secta de los treinta, Jorge Luis Borges

En mi pueblo parece que los muertos brotan de la tierra como el carbón que suelen sacar los mineros de las entrañas del suelo. A veces son producto de la violencia. Otras veces son resultado de tragedias mineras. Tragedias que podrían evitarse si los dirigentes de turno y los dueños de las minas, se pusieran de acuerdo en cómo deben mejorar las condiciones laborales de los mineros. Pero qué va…, primero las regalías pa’l pueblo, aunque al pueblo poco le tocan. Para no desviarme del tema, cuando estas tragedias acontecen, sí se sacan muertos de debajo de la tierra como si de carbón se tratara. También están los que mueren por enfermedad. Algunos mueren en accidentes y otros tantos de ‘forma natural’. La muerte, democrática como pocas cosas en este mundo, con eso de que a cualquiera le toca, se ha vuelto una oportunidad para que los políticos de Amagá, quienes lejos de distinguir las circunstancias que la envuelven, la aprovechen para hacer campaña política. Verlos postear a cada muerto del que se enteran, me recuerda a las lloronas que se contrataban en antaño, para sollozar por los muertos que no tenían dolientes. El dolor que expresan en sus publicaciones, para mí, tiene lo mismo de falso que el llanto de las susodichas.

Todo este preámbulo es para señalar un fenómeno que veo mucho en mi pueblo y, aunque no sucede o no me ha tocado ver que suceda cuando deambulo por sus calles, es bastante común verlo en redes sociales. El Facebook de los líderes del Valle de las Peras es un muro de condolencias y lamentaciones, puesto que estos sujetos han convertido a la muerte en un reporte de likes. Hoy lamentan la muerte de Fulanito. Mañana la de Menganito. Pasado mañana la de Peranito. De este modo reparten condolencias a diestra y siniestra cada que pueden, en un loco afán por mostrarse cercanos a las personas. La gente podrá decir a priori que no hay nada de malo en esto. Y tal vez no lo haya. Tal vez sólo sean mis ganas de quejarme de lo oportunistas que me parecen la gran mayoría de ellos. Para mí, es lamentable ver cómo convierten el dolor ajeno en una cuestión de publicidad política. Encuentro muy molesta esa actitud que ellos disfrazan de buenismo, para parecer muy humanos y próximos al prójimo. No sé ustedes, pero lo único que yo logro ver en sus acciones es la forma tan rapaz que tienen de estar en plataformas digitales posteando muertos. Esa manera me recuerda muchísimo al modo en que van dando la mano por las calles a Raimundo y todo el mundo durante el periodo de elecciones. Luego, cuando alcanzan el poder, les pesa dar la mano. En el mejor de los casos, si un semejante les pasa por el lado, corre con la (mala) suerte de que lo saluden con un ‘hola’. Lo mejor de este tipo de escenas es que sienten que hicieron un gran favor.

En lo personal, me indigna muchísimo ver cómo se repite el fenómeno una y otra vez. Día y noche. De hecho, no me cuesta imaginar a estos tipos cual ave carroñera. Súper pendientes: sobrevolando, esperando la oportunidad de acechar al primer muerto que se les atraviese. Para ello aguzaron tanto la vista y el olfato, que más demora el cuerpo del muerto en enfriarse que ellos en dejarse caer en picada. Ojalá me perdonen los gallinazos, que me parecen seres magníficos, por compararlos con la peor especie de ser vivo que existe en el mundo: los políticos. Pero es que estos individuos, en Amagá, parecen estar al acecho de los muertos. Tanto así, que pasaron de dar el pésame en los velorios a manifestar sus condolencias desde la tribuna virtual, pues esta les asegura mayor visibilidad, que a fin de cuentas es lo que más les importa. Estoy tan seguro de esto, que no creo equivocarme cuando digo que estos sujetos publican sobre los muertos con la intención de ganarse el favor de los vivos, dado que su único interés es soñar con votos a través de likes. Bien decía mi abuelo: a los muertos no hay que tenerles miedo, m’hijo. Miedo téngale a los vivos que no dan puntada sin dedal. Esto último, lo digo por mí, que seguramente estoy viendo malas intenciones dónde no las hay.

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