Suroeste, amigo del río Cauca
Por Álbaro Valencia Cano Texto publicado en enero 2010 Edición 55 del Periódico Regional EL SUROESTE
La papayera comenzó a escucharse haciendo sentir más leve el ruido de las aguas oscuras del río Cauca. Unos setenta Kayaks plásticos tirados en la ribera esperaban tripulantes ansiosos y desafiantes. Muchas caras pálidas y manos casi blancas por los protectores solares. Más arriba del punto de embarque seguían llegando los más arriesgados con sus neumáticos puestos a punto. Los inflables listos también para los deportistas extremos. Pasadas las diez de la mañana de ese domingo, abordamos las dos lanchas los periodistas invitados, funcionarios del IDEA y de la Hidroeléctrica de Ituango. Con los chalecos salvavidas puestos y la embarcación río abajo ya no había forma de volverse atrás.
El bote paseo del río Cauca organizado por el Cabildo Verde Cauca Viejo inundó el río de alegría, y la caravana multicolor con sus banderas hizo ver el río menos triste y hasta inofensivo. Las aguas parecían entonces una banda inmensa sobre la cual nos deslizábamos cada vez con menos nervios y soltando más los músculos. La tensión comenzó a sentirse pasión y deleite, ¡qué sabrosura, qué hermosura!
Nos hicieron reaccionar los gritos, las banderas ondeantes y los adioses con las manos arriba de la gente en el puente antiguo del ferrocarril al paso por el camping de Comfenalco en La Pintada. Ya no se escuchaba la cumbia de despedida, pero los gritos de euforia de los navegantes respondiendo la despedida no dejaba escuchar las aguas del río. Habíamos pasado la desembocadura del río Piedras y sentimos extasiarnos con el paisaje de las aguas cristalinas del Cartama inyectando vida y penetrando con suavidad la virginidad perdida del río Cauca.
La una de la tarde. Julián Fernández, organizador de este sexto desafío, cansado de decir a los chicos lugareños que no había más cupos ni chalecos, iba por la carretera sin perder de vista lo que acontecía en el río. Lo volvimos a ver en Puente Iglesias repartiendo tamales y refrescos a cerca de trescientos navegantes ansiosos de almorzar para recuperar energías. El recibimiento grato de turistas y miembros de la caravana que acompañaba el bote paseo desde los carros se mezcló luego con las notas cadenciosas de un clarinete que se escuchaba desde las rocas, al lado de los comensales, como intentando amansar el río.
Volvimos a sentir el cuerpo húmedo hasta las rodillas al abordar el bote. Pablo Cano, alcalde de La Pintada comenzó a entonar vallenatos y luego en más confianza se vino a manera de retahíla con las canciones de parranda y las parodias de Los Cantores de Chipuco. Antes de llegar a Puente Iglesias había estado atendiendo a la prensa haciendo notar los proyectos de infraestructura y la manera como venía reduciéndose el área destinada a ganadería y copándose ésta por el cultivo de cítricos, extensiones inmensas de cultivos de naranjas que dan frescura al paisaje reseco por la alta temperatura.
Muy concentrados escuchando las canciones, cuando nos dimos cuenta ya estábamos en medio de un remanso, aferrados de donde podíamos mientras el bote nos sacudía como si fuéramos de icopor, primero a la izquierda, y luego a la derecha, el ruido fuerte del bote golpeándose debajo con una roca, el remanso haciendo remolino, se apagó el motor. Logramos salir en medio del susto a una corriente serena. El susto fue mucho, el agua que entró no fue tanta.
De ahí para abajo el rio era un espejo vaporoso. En ese horizonte, a ras del nivel del río podíamos ver bandadas de gaviotas blancas, patos de agua y rocas inmensas como islas desiertas albergando vida solo en sus partes altas. La cordillera se repetía en el agua mojando sus sombras y haciendo ver dobles las montañas. La serenidad del recorrido por aquellos lados, antes de llegar a la desembocadura del San Juan hacía parecer que estábamos quietos y que lo que se movía era el paisaje a nuestro lado. El alcalde se pegó su chapuzón, saltó en medio de la corriente haciendo alarde de sus tiempos de adolescente y luego de nadar dejándose llevar por la corriente unos doscientos metros abajo fue recogido por el bote donde venía otro grupo de invitados. Ya nos había dicho que su amor por el río era ancestral y que para ellos era un amigo, aunque nosotros tuviésemos sólo las imágenes de las inundaciones y los ahogados en sus aguas turbias y profundas. Mientras se desplazaba lento el bote, algunos refrescamos las manos acariciando el río. El agua que se escurría entre las manos parecía limpia, transparente, sin el olor del lodo amarillo
Encontramos a nuestro paso las orillas limpias, sin plásticos, cartones, colchones u otro tipo de basura. El Cabildo Verde ha logrado hacer un trabajo de educación ambiental en municipios del Suroeste que tienen riberas en el rio, y se esfuerza en labores que como el bote paseo logren crear relaciones de afecto y respeto. Luis Guillermo Gómez, gerente de la Hidroeléctrica de Ituango, fue uno de los patrocinadores del evento y nos habló de su compromiso con acciones educativas y ambientales como ésta, así como la importancia de unir esfuerzos institucionales y comunitarios para la defensa del río Cauca.
Tres de la tarde. Ya divisábamos la imponencia de la estructura del puente en Bolombolo. Tres jóvenes esperaban en lo alto quién les pagara su salto al río en caída libre. Cruzamos bajo el puente y desembarcamos. Sudando, con la piel caliente y con nostalgia le dijimos adiós al rio, al amigo río. ¡Que nos vuelvan a invitar!

Efectivamente, nos volvieron a invitar
Luego de aquella crónica publicada en 2010, por nuestro director Álbaro Valencia Cano (+2016) regresamos al río una y otra vez. Durante once ediciones consecutivas el Bote-Paseo del río Cauca / ¡HOLA RÍO CAUCA! convocó a familias, deportistas, ambientalistas, periodistas e instituciones en torno al mismo propósito: navegar el río y reconocerlo como territorio vivo.

Enero de 2015 fue la última edición. Ese año, el evento ya no era sólo una aventura deportiva, sino una plataforma educativa y ambiental con logros concretos: reducción de residuos, observación de fauna, turismo creciente y mayor conciencia entre los ribereños. La causa ya tenía nombre propio, reconocimiento público y una comunidad detrás.

En la edición 112 de este medio, en diciembre del año 2014, publicamos un texto escrito por su propio líder, Julián Fernández Arango, donde resumió 11 años de esfuerzos desde el Cabildo Verde Cauca Limpio. Allí recordaba que el evento era “ecológico, educativo, turístico y deportivo”, celebraba la reducción histórica de basuras y contaba que “las viviendas ya no le dan la espalda al río”, un detalle que parece pequeño pero habla de una transformación cultural profunda.
También advertía que, a pesar de los reconocimientos -entre ellos el Galardón Vida de Corantioquia (2014)- el río seguía necesitando aliados. En esa publicación escribió algo que hoy resuena aún más: que el Cauca era “poderoso y frágil” al mismo tiempo, y que no bastaba con saludarlo; había que defenderlo.

Nuestro amigo Julián falleció en septiembre de 2015. Con él, se cerró un capítulo de navegación, fiesta, pedagogía y activismo ambiental que muchos recuerdan con gratitud y nostalgia. #EnLaMemoria





