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En medio del Hay Festival Jericó 2026, donde las palabras son las protagonistas, conversar con Simón Vargas fue algo que no esperábamos que ocurriera de esa manera. No para hablar de Morat, no para hablar de música, sino para hablar de letras, de palabras, de literatura.

La entrevista surgió en el patio del Museo de Arte y Antropología MAJA, en Jericó, en uno de esos momentos en los que el festival se mezcla con la vida cotidiana del pueblo. Allí, mientras Simón hablaba de su libro A la orilla de la luz, el entorno decía tanto como la conversación.

A su alrededor pasaban sus fanáticos. Algunos caminaban distraídos, sin darse cuenta de que ese hombre que hablaba de ciudades, de sombras y de bordes era el mismo que llena estadios. Otros se detenían a lo lejos, miraban con desconfianza, se preguntaban entre ellos si de verdad era Simón. Y estaban quienes no aguantaban la duda y rompían, con timidez o con emoción, el hilo de la entrevista para pedirle firmar su libro o simplemente una fotografía.

Era Simón, el de Morat. Pero en esta oportunidad no estaba rodeado de fanáticos de su música, sino de lectores de sus palabras.

Lo primero de lo que hablamos fue de Jericó. Y no era casual: en A la orilla de la luz la ciudad es caos, anonimato y ruido, un espacio que oprime y atraviesa, y llegar a un pueblo como este hacía inevitable el contraste. Simón, apenas llegó, decidió recorrer sus calles, sentarse a tomar café, observar a la gente, detenerse en los colores de las casas y comprobar cómo aquí el espacio público realmente es público. Entre la caminata, la conversación y la curiosidad, tampoco faltó la oportunidad para llevarse un carriel jericoano, como una forma de anclar la experiencia al territorio.

“Jericó es divino, o sea, los colores de las casas… yo tengo la fuerte sensación de que la inspiración para las casas del pueblo de Disney tiene que ser Jericó”.

Lo decía con esa mezcla entre asombro y calma que producen los pueblos cuando se caminan sin afán. Nos habló del café, de la plaza, del espacio público vivo, de la gente sentada conversando mientras el festival ocurre alrededor.

“Me gusta mucho los pueblos en donde hay vida de espacio público… llegué a la plaza y está el festival, pero también están las mesas con la gente tomando café”.

Ahí entendimos que Jericó no estaba siendo solo el escenario de la conversación, sino parte de ella.

Cuando llevamos la charla a su libro, A la orilla de la luz, apareció de inmediato el contraste. Simón escribe desde la ciudad, pero hablar de la ciudad en un pueblo como Jericó tiene otro peso.

“Yo en mi libro hice un ejercicio muy consciente por cómo puedo tratar de hacer sentir la ciudad… el caos, el anonimato”.

Mientras lo escuchábamos, pensábamos en lo distinto que se siente el tiempo aquí. Él mismo lo dijo:

“Siento que si yo me leyera un libro así en un lugar como este, se sentiría aún más opresivo, la sensación de ciudad”.

Y, sin embargo, no habló de la ciudad con desprecio. Al contrario, la defendió.

“La ciudad es maravillosa… a mí me gusta el ruido, el caos”.

Simón no escribe desde los extremos, sino desde ese borde incómodo donde conviven lo bello y lo violento, lo luminoso y lo oscuro.

Le preguntamos por el título, y la respuesta fue casi una imagen cinematográfica de Bogotá:

“Hay momentos en los que el cielo ya está azul, sin que el sol haya salido de atrás de la montaña… Bogotá está en la sombra”.

Ese instante: ni noche ni día, terminó convirtiéndose en una metáfora de país. Mientras lo escuchábamos, pensábamos en lo distinto que se ha vivido el conflicto desde los territorios y desde la capital. En el suroeste antioqueño, esa violencia no ha sido un rumor ni un chisme contado a medias: el año anterior dejó cifras alarmantes de homicidios, recordándonos que aquí el conflicto no se insinúa, se padece. Simón lo reconoce desde su realidad, desde el miedo contado como rumor, desde aquello que se siente, pero no siempre se vive en carne propia.

“Para mí el libro sí es una alegoría del conflicto armado colombiano. Sí es un ejercicio del monstruo en el monte, de eso que no veo, pero está; de esa conspiración del otro lado que podría eventualmente llegar a ser fructífera, pero no lo sé, como este ir y venir.

 

Como si toca este conflicto a Bogotá, ¿no? Esto que no sé si a ustedes les llegó, pero yo me acuerdo que en Bogotá decían: -no, es que entró la guerrilla por los cerros de Soacha-, ‘-no, es que en Ciudad Bolívar hay células del ELN-.

 

Y siempre, en mi caso -que también, a ver, persona privilegiada, norte de Bogotá, y yo lo sé, lo comprendo, lo entiendo y procuro que sea parte del análisis-, pues esto eran chismes. Entonces era una cosa muy particular, porque no era la realidad, era la leyenda de.

 

Y al final no es accidental que paramilitar y paranormal compartan una raíz. O sea, es como este ejercicio paralelo de tu vida: lo que está al lado, lo que no ves, lo que se esconde, lo que solamente se insinúa”

También hablamos de expectativas. De cómo muchos llegan al libro desde la música y se encuentran con algo que no esperaban.

“Cuando la gente lee mi libro no se espera el tipo de libro que va a ser”.

Simón no esquiva eso. Lo buscó.

“Mi libro empieza como un puño a la cara… para romper cualquier expectativa”.

Su literatura no busca complacer ni parecerse a Morat. Es otra voz, otro registro.

“Es la máxima especificidad posible para transmitir un sentimiento propio”.

Y ahí, mientras hablábamos, entendimos que ese choque también es una forma de honestidad.

Al final, la conversación se volvió más íntima, más cercana al lector común. Simón dejó uno de los mensajes más claros de toda la charla:

“No tenerle miedo a no terminar un libro. ¿No te gusta? No lo leas. Te valga huevo”.

Habló de bibliotecas, de explorar, de equivocarse, de abandonar libros sin culpa, hasta encontrar uno que te sacuda.

“Uno encuentra un libro que le pega duro y ahí es cuando queda agarrado”.

Al despedirnos, quedó clara una cosa: A la orilla de la luz encontró en Jericó un lugar inesperado, pero coherente. Un pueblo campesino con teatros, museos, librerías y una vida cultural que se respira en la calle.

“Yo siento que en Jericó es como si los espacios culturales cobijaran todo el pueblo”.

Desde aquí, desde el suroeste antioqueño, la conversación con Simón Vargas no fue solo sobre un libro, sino sobre cómo habitamos los lugares, cómo contamos las ciudades y cómo, a veces, es justo en los bordes, en esa orilla de la luz, donde mejor nos entendemos.

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