Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera
Maestro investigador, formador de formadores de la I.E.N.S.A.
Magister en Educación en la línea de Formación de Maestros UdeA
En la historia educativa de Amagá hay nombres que viven en la memoria de generaciones enteras. Uno de ellos es el de Caridad Henao Molina, maestra de preescolar que dejó huella en el Jardín Infantil Pulgarcito y en la formación de los niños del municipio durante la década de 1970.
Su relato, escrito desde la nostalgia y el cariño por la vocación docente, es un testimonio vivo de cómo era la escuela, la infancia y la vida cotidiana en el Amagá de hace más de medio siglo:
Mi nombre es Caridad Henao Molina, hija de José Antonio Henao y Ernestina Molina, oriunda de Ciudad Bolívar, municipio ubicado en el Suroeste antioqueño, más conocido como la Cuna de Arrieros. Soy egresada de la Normal de Señoritas Santa Inés -de carácter privado, hoy clausurada-, donde obtuve el título de Maestra en el año 1966. Inicié mi experiencia docente en el Colegio Sagrada Familia, en Montería, Córdoba. Luego fui cofundadora del Colegio de Bachillerato de Sevilla, en Ebéjico, y docente de la Escuela Rural La Meseta y de la Escuela La Estación, en Angelópolis, Antioquia.
Más adelante, en el año 1976, pasé como profesora al Jardín Infantil Pulgarcito, edificación nueva realizada por obras públicas del municipio de Amagá, lideradas por el señor Juan Betancur, padre de la maestra Genoveva Betancur González.
Esta construcción tenía un antejardín, un salón rectangular amplio, una sala de materiales, un corredor en la parte de atrás, un tanque de arena, un baño amplio para los estudiantes y un gran espacio lleno de árboles de eucalipto. El preescolar era anexo a la Normal Mixta Victoriano Toro Echeverri, siendo rectora la señorita Trinidad Abigail Ruiz +, aunque en la época era administrado por la directora de la Escuela Anexa María Auxiliadora, la señora Blanca Restrepo.
Allí permanecí pocos años, hasta que decidí renunciar a mediados de 1979. Fue una experiencia significativa, llena de aprendizajes, que hoy recuerdo con gratitud y nostalgia. En mi cargo fue nombrada la señora Cruz Helena González Loaiza, pues me fui a vivir a los Estados Unidos de Norteamérica, específicamente a la ciudad de Nueva York, donde me radiqué y conformé mi familia. Trabajé durante varios años en distintos oficios en factorías, y los últimos quince años me desempeñé como enfermera, profesión en la que me jubilé después de más de cinco décadas de trabajo.
Mis alumnos me recuerdan como aquella maestra organizada, tierna, trabajadora y amable; es decir, una mamá llena de sabiduría y conocimiento, y ante todo, con ese olor a mamá irradiado del ser de “maestra”. Repito esta palabra porque el ser de maestra o maestro implica, ante todo, querer lo que se hace, y de esta manera generar dinamismo y una visión clara en el proyecto de vida de cada niño, niña, joven o adulto.
Hoy quiero narrarles cómo fue mi experiencia en el kínder, como un registro que guardo en mi memoria de maestra; una época con gran aroma primaveral, donde el sol iba a la escuela y los niños llegaban al jardín.
A las 7:30 a. m. iban llegando los alumnos por las diferentes calles y carreras del municipio, hasta concentrarse en la parte alta de la carrera Santander, diagonal a la Normal y al frente de la familia Sánchez Molina.
Los primeros días llegaban acompañados de sus padres, pero luego la gran mayoría lo hacían solos, por la cercanía, la seguridad y los pocos carros que subían por este lugar. Recuerdo con gran claridad que todos los niños y niñas llegaban con el uniforme bien puesto. Las niñas llevaban jumper de cuadritos rojos, camisa blanca, zapatos negros con medias blancas y delantal de la misma tela. Los niños vestían pantalón corto de cuadritos, camisa blanca, zapatos negros con medias blancas y delantal rojo.
La lonchera no podía faltar. Al llegar a la puerta -que aún permanece – los esperaba con gran alegría, sonriente y con una mirada sencilla. Los saludaba con mucho amor y, al entrar al salón, después de pasar por el jardín de flores amarillas, encontrábamos un espacio muy llamativo, con mesas de colores, pequeños taburetes y una decoración especial.
Los niños y niñas oraban el Padre Nuestro, cantaban y, en algunas ocasiones, les sacaba los títeres para captar su atención. No faltaban los cuentos de Pulgarcito, Caperucita Roja, El Gato con Botas o Los Tres Cerditos, que los mantenían contentos y seguros.
A los lados del salón estaban los tableros que nos invitaban a escribir, claro, haciendo rayones, bolas, dibujos y mamarrachos. Nos divertíamos mucho, mientras cada día los orientaba en ese maravilloso mundo de la infancia y la escuela, como su segundo hogar. Siempre había algo muy especial escrito: “Bienvenidos, hoy es…”.
Para salir al descanso todo era muy organizado. Los niños y niñas eran obedientes, se sentaban juntos, abrían la lonchera y disfrutaban del menú del día: chocolate con leche, galletas con mantequilla, carne, arepa, huevo o sándwich, según las posibilidades de cada familia.
Las normas de higiene también se practicaban: el lavado de los dientes y de las manos era sagrado. Cada uno tenía su cepillo y su crema Colgate, reconocida por la figura de un conejo. Después salían a correr por las mangas y los árboles de la Normal.
Jugaban en el pozo de arena, el parque de llantas de colores y, en ocasiones, se escondían por los cafetales de la familia Montoya. Luego regresaban al salón para trabajar con plastilina, crayolas, témperas y actividades de rasgado. No puedo dejar de recordar los cuadernos con sus borrones, sus letras y números grandes, o el juego con billetes ordenados.
También estaban los primeros trabajos en fichas, como el dibujo de la familia entre rayones. Esos trazos, hoy lo pienso, mostraban la conformación de sus hogares y las relaciones que vivían, reflejando el desarrollo de sus primeras habilidades sociales y escolares. Había momentos para socializar, observar y compartir. El nombre era lo primero que escribíamos en los trabajos. Y estaban los bloques lógicos: el cuadrado, el rectángulo y el triángulo, el conteo con palos, piedras o tapas, y las relaciones lógico-matemáticas en el espacio y el tiempo.
También jugaban con cajas de cartón para armar figuras. Recuerdo el baño del salón, con una canilla alta que, al abrirla, quedaba a poca distancia de otra para que pudieran usarla con facilidad. El cuerpo lo miraban de forma natural. No recuerdo malicia ni comentarios de mal gusto entre ellos.
¿Y los cumpleaños? También eran un espacio de clase: la torta, la gaseosa y, a veces, las sorpresas. Compartíamos experiencias muy bonitas. Al llegar las 12 del mediodía hacíamos la oración final y, organizábamos el salón. Salían casi todos juntos y desaparecían por las calles del pueblo, rumbo a sus hogares, con el recuerdo del día y el beso en la mejilla.
Esas relaciones de afecto, los hábitos de aseo, el respeto por el otro y la socialización en grupo hacían que, muy pronto, después de la tarde y la noche en familia, iniciáramos un nuevo día.
Las prácticas pedagógicas las realizaban los estudiantes de la Normal de décimo y once: observación, ayudantía y práctica regular. Recuerdo a la practicante María Eugenia Muñoz Pulgarín, quien en 1978 realizó la práctica final integral preparando a los alumnos para el acto de clausura.
También hacíamos reuniones con los padres de familia, las llamadas Escuelas de Padres, donde tratábamos temas de crianza y educación. Organizábamos salidas a la piscina del Centro Poblado de Minas, a la finca de la familia Correa Molina en la vereda Piedecuesta y a otros lugares del municipio.
El Jardín Infantil Pulgarcito se creó oficialmente bajo el Decreto Departamental N° 0028 del 20 de enero de 1972. Cuenta la historia que este espacio de formación para la primera infancia había funcionado en distintos lugares cercanos al barrio La Esperanza, en la carrera 48 del municipio de Amagá.
Funcionó en el parque principal, en la calle Uribe Uribe -donde estuvo el almacén del señor José Paniagua, hoy plaza de mercado-, en la calle Emiro Kastos, en la parte derecha del templo parroquial, en la casa donde nació el escritor amagaseño Juan de Dios Restrepo, y en la esquina lateral izquierda contigua al parque principal, donde hoy está ubicada la taberna 1924, zona rosa de la localidad.
En aquellos años fue orientado por la institutora de la época, la señorita Martina, quien se desempeñaba como maestra junto a su dama de compañía, Susanita. Finalmente, funcionó en la sede María Auxiliadora, bajo la orientación de la maestra Carolina Ortiz.
Conclusiones de una vida como maestra
Las experiencias en el jardín con preescolares me ayudaron a entender la necesidad de una educación integral y la importancia de contar con más educadores en nuestro país para quienes representan el futuro.
Luego de dejar Colombia y vivir en un país con otro idioma, pude poner en práctica las experiencias adquiridas durante mis años como docente. De alguna manera regresé a mis raíces de educadora, transmitiendo a mis hijos ese cúmulo de conocimientos y haciendo su formación más fácil.
Comprendí, además, que la actitud frente al trabajo, la sensibilidad y la paciencia son fundamentales en la enseñanza.