Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
¿Seremos capaces de desafíos imposibles?
Debo reconocer que tenía muchas dudas sobre las posibilidades de que la reunión Petro Trump saliera bien. No estoy diciendo bien para nuestro presidente –para quien, desde luego, los resultados fueron positivos– sino para el país. No podía ni imaginarme un escenario más desastroso para Colombia en campaña política de cara a las próximas elecciones dentro de un estado mental de modo guerra entre los Estados Unidos y Colombia, que el de un país con una Espada de Damocles pendiendo de un hilo sobre su cabeza. Y no lo digo solamente por el riesgo de una intervención militar (hablando de Trump todo es posible) y lo que ello hubiera significado para una nación como la nuestra, en el que la violencia es el pan de cada día. Lo digo también por el provecho que los partidos de oposición hubieran querido sacar de un eventual fracaso de la citada reunión. De hecho, ya antes de que el citado encuentro se hubiera llevado a cabo, candidatos y candidatas de ese sector político habían montado, abierta o soterradamente, como objetivo y lema de campaña, el apresamiento del presidente de Colombia por parte de la DEA y, en la práctica, el otorgamiento de patente de corso al señor Trump para intervenir militarmente en Colombia. Afortunadamente, los buenos resultados de la reunión los dejó sin estrategias de ese estilo.
¿Qué enseñanzas o conclusiones deberíamos extraer los colombianos de esta atípica experiencia por la que hemos atravesado como país? Yo señalaría:
En primer lugar, el uso racional de los canales diplomáticos y pese al momento por el que atraviesa el planeta, sigue siendo la mejor herramienta para resolver los problemas internacionales. Y es que, en este aspecto, hay que decirlo con toda franqueza, el presidente Petro ha caído en errores estratégicos difíciles de entender, incluso para alguien que se esfuerza por buscar una explicación racional a las cosas, como es mi caso. En efecto, este gobierno se ha caracterizado precisamente por darle un manejo errático al sector externo. Ejemplos de ello son su primer canciller, Álvaro Leyva Durán y el aún más inexplicable nombramiento de alguien como Armando Benedetti en una embajada tan crítica y estratégica como la de Venezuela y, posteriormente, darle una embajada (la FAO) que se encontraba desactivada, la que se revivió ¡expresamente para este señor! Igualmente, sigo pensando que lo que Petro hizo en una calle de York, megáfono en mano, fue una salida en falso rayana en la estupidez. Sin embargo, en este mar de desaciertos creo que el presidente actuó esta vez con una sensatez que hay que reconocerle, según los análisis que uno lee, esta vez dejando a su embajador en Washington, Daniel García-Peña, que hiciera su trabajo: un trabajo limpio y profesional en la preparación de la agenda de la reunión Petro-Trump, lo que es, como está dicho, una demostración de que cuando el trabajo se hace de manera inteligente las cosas tienen todas las probabilidades de salir bien. Los resultados en este caso, lo demuestran.
En segundo lugar, si algo nos ha enseñado la historia, especialmente la historia reciente de la política externa de los EE.UU., es que lo peor que podríamos hacer ahora es caer en una falsa confianza porque las cosas salieron bien en esta ocasión. En México se dice que la gran desgracia de ese país es estar “tan lejos de las manos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, y en mi concepto esto es cierto no solo para la nación Azteca sino para toda la América Latina. Porque, para infortunio nuestro, el destino nos situó como vecinos de una potencia que, debido a su enorme crecimiento, ha terminado por convertirse en una especie de agujero negro que necesita devorar todo lo que está a su alrededor para poder sobrevivir, especialmente en lo que a recursos naturales hace referencia. Eso nos obliga a ser conscientes de que las toldas en cualquier momento se nos pueden voltear, porque los EE.UU., y en general las grandes potencias del mundo, actuarán siempre defendiendo sus propios intereses. Entonces, ¿quién va a defender nuestros propios intereses si no lo hacemos nosotros mismos?
Y eso me lleva a la tercera reflexión: ¿cómo deben afrontar los países –y hablo especialmente de América Latina– una situación del planeta en la que el “orden mundial”, el paradigma supuestamente aceptado hasta ahora, ya no importa para las grandes potencias, especialmente para los Estados Unidos? En ese sentido, el discurso de Mark Carney, primer ministro del Canadá* en el reciente foro de Davos, es profundamente esclarecedor y, diría también, alentador. Esclarecedor porque insta a los países del mundo, especialmente a los que él llama “potencias medias” (el Canadá una de ellas) a salir de esa especie de zona de confort que es la mentira según la cual estamos en un mundo en el que el viejo orden internacional sigue vigente. Una mentira que funciona porque todos, aunque en el fondo no creamos en ello, actuamos como si eso fuera cierto. Lo que nos lleva a esa otra verdad incómoda, según la cual el poder de los poderos se alimenta de nuestros miedos, de la sumisión, así como la aceptación de que la condición de esclavos es una realidad fatal que nos tocó en suerte. Lo alentador, sin embargo, que queda claro en el discurso de Mark Carney, es que este primer ministro, citando al disidente checo en su libro “El poder de los sin poder” (1982), hace ver que los países débiles y las potencias medias tiene el potencial suficiente para derribar ese mito, siempre y cuando se unan para crear un nuevo orden mundial. Me pregunto qué piensan sobre esto los líderes de la América Latina.
Finalmente, me pregunto cómo es posible que algunos colombianos hayan llegado a ver en el presidente de los Estados Unidos a una especie de “salvador” que iba a venir a librarnos de las manos de un partido que para ellos resulta odioso. Con pueblos que piensan de esta manera un objetivo tan racional como el de, al menos, tener un poquito de dignidad, resulta ser un desafío imposible.
*El Tiempo, 1 de febrero de 2026.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)


