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“Minería sí, pero no así ni aquí”. Con esta frase, repetida a lo largo de los años, Monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago resume una de las discusiones más sensibles del Suroeste antioqueño. No es una postura reciente. En su voz se cruzan la experiencia pastoral, la lectura del territorio y una preocupación que abarca lo ambiental, lo social y lo económico en la región.

El Obispo de Jericó llegó a esta diócesis sin conocerla en profundidad. “Conocía Medellín, conocía Fredonia, Amagá un poquito, pero de paso y de paseo. Para acá, nunca”. El acercamiento fue también una forma de comprender a la región que describe como relativamente joven y dispersa: “encontré una región nueva, porque no tiene 200 años, tiene 150 años. Encontré una región dispersa, porque las condiciones de transporte y movilidad eran muy difíciles”.

Con el paso del tiempo, ha sido testigo de transformaciones, especialmente en infraestructura.

“Después de 12 años de estar aquí, puedo decir que las vías de penetración no son las mismas que yo encontré. Han mejorado poco a poco, y una buena parte está pavimentada. Nunca nos imaginamos esa doble calzada del río Cauca”.

Sin embargo, esos cambios conviven con tensiones que siguen abiertas. La minería es una de ellas. Para Monseñor, el problema no es sólo la actividad en sí, sino la escala y el contexto en el que se plantea. “Minería sí, porque siempre necesitaremos minería. Pero no así; no con extractivismo de grandes máquinas. Hasta hace 200 años no hubo ningún problema con la naturaleza. Porque la minería que se hacía en Fredonia, en Amagá, era con pico y pala”.

Su preocupación se extiende a las condiciones del territorio. “Estas montañas necesitan todavía cinco millones de años para solidificarse. Entonces ese es un problema geológico que no se ha resuelto”. A partir de allí, plantea interrogantes sobre los impactos a largo plazo: “¿Cómo medimos las consecuencias? Eso prevé que habrá cerca del río Cauca unas piscinas de relave. ¿Quién puede decir que en 20 años eso no se revienta?”.

En su análisis también hay un componente normativo y económico. “Imagínense, hablando de cobre, Chile tiene la reserva más grande en América, después Perú y después Colombia. Y el precio de regalías en Colombia es mucho menos que en Perú y muchísimo menos que en Chile. Entonces, apenas digan que de pronto hay una mina de cobre, las grandes empresas dicen: mejor en Colombia que en Perú”.

Más allá de lo técnico, insiste en los efectos sobre las comunidades. “En las familias mismas se generan divisiones. Si a uno de la casa le dan trabajo en la empresa le pagan bien, pero le exigen que le ponga problema a los otros. Entonces las familias se dividen”. Frente a esas decisiones, marca una línea de respeto: “Yo a nadie le he gritado porque se decide por la mina. Siempre he pensado que no es por conciencia sino por conveniencia. Pero a nadie le he gritado”.

La discusión ambiental, en su caso, está atravesada por una convicción de fe.

“Si yo creo en Dios creador, no tengo que arrodillarme ante un dios demoledor. Yo tengo que seguir creyendo en un Dios creador y protector y defensor de la naturaleza”.

Una postura que dialoga con lo planteado en Laudato si’, del Papa Francisco, y con una reflexión que, según cuenta, viene meditando desde años atrás.

También hay situaciones de seguridad que le preocupan. “A veces, por Andes o por allá por Betulia o incluso por Támesis se meten grupos ilegales y arman problema”. Recientemente, menciona, se registraron hechos que afectan incluso obras de infraestructura: “Esta semana pasada se robaron dos volquetas de la empresa que está pavimentando La Oculta, lo que eso demuestra es que no hay garantías de seguridad”.

En ese contexto, plantea una exigencia directa: “yo sí creo que la presencia del Estado tiene que ser más visible, más real, no simplemente un Estado que recoge impuestos y no aparece”.

Su labor no se limita a la reflexión. La Diócesis de Jericó tiene presencia constante en comunidades con realidades muy distintas. “Son 14 municipios, 16 corregimientos que son parroquias… gente excelente, muy buena, muy acogedora, muy amable, muy trabajadora”, describe. Esa cercanía le ha permitido conocer de primera mano las tensiones que atraviesan el territorio, pero también sus capacidades.

En la conversación insiste en el cuidado mutuo. “Hace años se decía: cuidarnos entre nosotros y no permitir presencias extrañas. Claro, es difícil, pero es una tarea de todos”, señala. Para él, más allá de las decisiones institucionales o económicas, el tejido social sigue siendo un factor clave en la estabilidad del territorio.

Su vida cotidiana sigue una rutina marcada por la disciplina. “Mi día a día es levantarme siempre a las cinco y media de la mañana. A las seis y media, juguito y tinto. A las seis y cuarenta y cinco, oración media hora. A las siete y cuarto, el desayuno. Y a las ocho estoy disponible para la oficina”. Desde allí organiza su agenda entre la atención en la curia y las visitas a las parroquias, que se intensifican en ciertos momentos del año. Esa dinámica, explica, cambia según el calendario pastoral. “Depende mucho de las épocas. El segundo semestre hay confirmaciones en todas las parroquias… entonces hay presencia y visita por lo menos dos o tres días el fin de semana. El primer semestre, a no ser en Semana Santa, es más suave”. Esa alternancia entre la oficina y el recorrido por el territorio orienta su labor cotidiana, en una diócesis que exige presencia constante en zonas urbanas y rurales.

Proviene de una familia en la que la vida religiosa fue central. “Somos cuatro sacerdotes en la casa… y dos sobrinos sacerdotes”. Desde niño, recuerda, estuvo acompañado por una formación exigente: “Mi papá era de misa diaria, mi mamá de rosario diario”. Su vocación se definió temprano: “Llegó un misionero a la escuela, habló de misiones. Preguntó ¿quién se quiere ir? Y yo levanté la mano”.

Ha estado en África, Europa y América Latina. De esas experiencias rescata, por ejemplo, la vivencia de la fe en otras culturas: “en África las misas son los domingos de tres horas y nadie tiene pereza, nadie mira el reloj”. Comparaciones que hace evidentes para reflexionar sobre los cambios en la práctica religiosa.

Además de su labor pastoral, también es escritor. “Me ha tocado escribir como unos 20 libros. Entonces esa es, de pronto, mi pasión secreta”. Entre sus trabajos menciona estudios teológicos, textos históricos y publicaciones recientes sobre etimologías. También ha realizado ejercicios de lectura y reinterpretación de figuras como Santa Laura Montoya, nacida en Jericó.

Tras más de una década en la diócesis, Monseñor se refiere a la posibilidad de un relevo en su labor pastoral. “La felicidad mía sería que llegue el reemplazo, yo ya me puedo ir a Medellín, a Los Colores, que es una parroquia que tienen los misioneros redentoristas, por dos meses para hacer el empalme con el nuevo obispo. Y luego me iría para Buga, donde me siento muy en casa, allá en la Basílica.  Me imagino que muchos dirán ¿Y el obispo cuándo se va? Porque ya completé el tiempo. La felicidad mía sería cargar las maletas junto con la minera para irnos juntos”.

Su mensaje final:

“Sigan amando la verdad. Y amar la verdad no es encontrarla, sino buscarla. Sigan siendo retados por la verdad. Y al final descubrirán que Dios es la verdad”.

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