Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
«El diamante es el lloro de la raza minera en los antros más hondos de la hullera»
Guillermo Valencia.
Manto I
La cuenca de Amagá.
Ahí estábamos los excursionistas sobre la superficie del centro poblado Minas en Amagá. Distrito minero. Una población sobre la tierra y otra debajo de ella. Adentrados en la topografía de los intrincados sistemas de túneles. Laberintos sedimentarios: arcillosos, areniscos y carboníferos. Las huroneras de hulla poseen millares de cuarzos titilantes. Siempre es de noche en la mina; parece una galaxia andina encendida. Bajamos formados en hilera de cascos blancos, ¡pum! El primer cimbronazo, una niña escolar: «Para eso es el casco»; vimos las vetas de carbón en sanduche de mantos, surtidores chorreantes de agua arcillosa verde y roja. La cuenca de Amagá tiene carbón desde hace 28 Ma (millones de años) por fuerza tectónica, acomodación sedimentaria y calor de magma.
La candileja
Antes de ingresar a la mina, Andrés, el guía, nos muestra un candil artesanal de latón, manija roja de alambre aislado y una vela blanca usada: La candileja, utilizada en los prolegómenos de la mina para romper la noche y así poder ver las estrellas caídas. El cachiporro rompe la órbita, choca contra el manto y echa chispas, dice Andrés.
Manto II
«Los mudos socavones de las minas se tragan en falanges los obreros».
La hornilla.
Tenía la mina por nombre la Hornilla; ahora es una mina temática en el distrito de Minas. ¡Caliente! Por aquellos años de explotación. En la década de los 20 del siglo pasado, a Emil Grosse, geólogo alemán, se le encomendó el estudio del terciario carbonífero de Antioquia; cartografió la zona y, por supuesto, nuestra cuenca. Además, el geólogo colombo-holandés Thomas Van der Hammen nos ofreció, mediante la palinología (análisis del polen fósil) y la estratigrafía, el crono de los mantos de carbón y las rocas sedimentarias. El tubo de ventilación está hecho de costal de fibra blanco, ulula, parece que la mina respirara jadeante.
El barretero, el arrastrador y el terciador.
El primero pica el manto, recolecta estrellas. El segundo pecho a tierra, reptil galáctico; arrastra los astros hacia la biosfera. El tercero acomoda la balaca en la frente, asciende, asciende a cuestas el costal de mirellas; alumbra la luz tímida por la bocamina. Es carbón al llegar arriba.
Manto III
«Ellas proclaman la fatiga ignota de los mineros, acosada estirpe que sobre recio pedernal se agota».
El niño achiotado.
El niño consigue el fruto escarlata en su excursión alrededor de la mina; la arbustiva de la familia de las Bixaceae, el achiote (Bixa orellana), pigmenta a quien lo toca. Sentados afuera del Centro Cultural de La Ferrería, esperando el inicio de la obra de teatro «La hojaldrera». El niño desenvaina un cartucho de forma almendrada, cubierta de erectas púas inofensivas al tacto, abre el cofre de par en par; abundancia de pepitas, balineras de rubí -recordé de niño en Halloween, cuando cogía achiote para simular la sangre de mi representación zombie-. Lo alejé de la idea de la toxicidad; además, podía hacer aceite achiotado, le dije. Levantó la mano y se comió una pepita; me ofreció una como un dulce, la recibí; me la comí. Sabe a la pepa del mamoncillo con una pizca de pimienta.
Toyota rojo.
Un todoterreno, ¡rum!, ¡rum!, ¡pipí! Íbamos estrechos en los puestos de banca hacia Minas; de vuelta para el casquete urbano, me subí en el capacete, tiznando los tenis. Mi camisa tiene una apertura en ambos costados; deja hacer una especie de bolsas de aire, soplando alegre el polvo de estrellas, libres de encierro, libres de penas… Salté de la parrilla, del capacete vacío en caída; las piernas duras recibieron el impacto del piso concreto frente a la plaza de comidas.
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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista


