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Luisa María Úsuga Montoya ha encontrado en los colores, las formas y la naturaleza una manera de crear, expresar sus propias emociones y acercarse al sueño de vivir de su talento.

La tierra se parte. Cuando deja de recibir agua, una superficie que antes era lisa comienza a agrietarse hasta convertirse en una capa árida. Luisa María Úsuga Montoya de 36 años de edad, observó alguna vez ese proceso en los documentales que acostumbra ver y encontró allí una imagen que se parecía a algo que también había ocurrido dentro de ella.

Así nació La Tierra, una obra de texturas y colores en la que Luisa encontró una manera de representar la naturaleza y, al mismo tiempo, algunas de las pérdidas de su vida

“Cuando estamos tristes y agobiados, siento que nuestra alma se parte en pedazos”, explica Luisa. Al hablar de esas grietas, recuerda algunas de las pérdidas más dolorosas de su vida: la muerte de sus abuelos, quienes fueron fundamentales durante su infancia, y la de una tía que la cuidó desde pequeña. Entre todas esas ausencias hay una que permanece especialmente presente: la de María Bertilda Montoya, su abuela. Murió hace 17 años, pero Luisa todavía piensa en ella cuando algo importante ocurre. Le habla, le cuenta lo que le pasa y dice sentirse conectada con ella. Por eso, cuando recibió un correo electrónico que le anunciaba que La Tierra había obtenido el primer lugar entre cerca de 32 participantes de un concurso latinoamericano para artistas empíricos, pensó en su abuela. “Todo lo que yo hago bueno en la vida, yo siempre he querido que lo vea mi abuelita”.

El reconocimiento tuvo para ella un significado adicional. Luisa había presentado la obra sin esperar ganar y, sobre todo, sin terminar de asumir una palabra que otros utilizan para referirse a ella y que a ella todavía le cuesta pronunciar con completa seguridad: artista.

Un talento que apareció temprano

El arte, no llegó recientemente a su vida. Luisa recuerda que comenzó a descubrir sus capacidades cuando cursaba décimo grado. Hacía pequeñas creaciones y participaba en las actividades artísticas de la semana franciscana de su institución educativa. Allí hubo alguien que admiró particularmente en lo que hacía: la maestra Marta Holguín. “Ella fue una de las primeras personas que empezó a creer en mí”.

Vinieron entonces las carteleras, los separadores de libros y otros trabajos. Luisa les tomaba fotografías con una cámara digital y se las mostraba a profesoras de escuelas cercanas. Así comenzaron a llegar los primeros encargos y, con ellos, una posibilidad que también le interesaba desde muy joven: generar sus propios ingresos.

Después empezó a decorar aulas de clase. Lo hizo en Amagá y también fuera del municipio; recuerda, por ejemplo, haber intervenido durante dos años consecutivos salones de clase en Envigado y Caldas.

Con los años, las posibilidades se ampliaron. Ha dibujado, pintado, decorado y experimentado con distintos materiales. También encontró en la elaboración de carrozas otra forma de crear. Cuenta que comenzó a explorar esta faceta hace aproximadamente tres años, cuando debía construir una para la empresa en la que trabajaba. Todo lo ha aprendido de manera empírica. Nunca ha estudiado artes y, aunque no descarta hacerlo, también teme que una formación académica termine imponiéndole límites a una manera de crear que hasta ahora ha construido libremente. “Me gusta tener esas técnicas no marcadas, sino ser muy libre”. Para ella, lo que sabe hacer tiene otra explicación: “es un regalo de Dios convertido en arte”.

Muchos caminos, una misma meta

La vida de Luisa, no ha transcurrido exclusivamente alrededor de pinceles, colores y materiales. Ha estudiado y trabajado en diferentes áreas. Inició Ingeniería de Alimentos, pasó por dos universidades y llegó hasta quinto semestre. Su proceso coincidió con un momento particularmente difícil: murieron su abuela y, meses después, la tía que la había cuidado desde pequeña. A las pérdidas se sumaron las condiciones económicas y finalmente abandonó la carrera. También se formó como auxiliar de odontología, cursó una técnica laboral en Diseño Gráfico y actualmente estudia Administración Pública y Territorial. En medio de estos recorridos, el arte nunca desapareció. Incluso apareció en lugares inesperados. Luisa recuerda su trabajo como higienista dental y encuentra allí una relación con esa búsqueda estética que la acompaña: disfrutaba trabajar con sus manos y ver el resultado final en sus pacientes.

Y apareció también en su voz. En 2017 se presentó a Factor X. Cuenta que avanzó seis filtros durante el proceso de selección interpretando La vida después de ti, de la agrupación mexicana Lu. La experiencia le mostró otra capacidad que tampoco ha terminado de explorar: cantar.

Pintura, dibujo, decoración, diseño, carrozas, canto. Las posibilidades parecen multiplicarse, pero cuando Luisa habla de ellas aparece repetidamente una misma palabra: miedo.

El miedo a vivir del arte

Luisa ha escuchado muchas veces las mismas preguntas: por qué no crea su propio emprendimiento, por qué no hace del arte su negocio, por qué no vive de aquello que sabe hacer. Ella conoce la respuesta: “miedo”.

Durante años ha preferido la tranquilidad de un empleo que le garantice un ingreso mensual. No desconoce el valor de esa estabilidad ni los trabajos que ha tenido. Al contrario, habla de ellos con agradecimiento. Pero también reconoce el costo que ha tenido para ella permanecer allí. “El miedo a irme de la zona de confort me limita muchas veces a volar, a querer ser yo misma”.

Quizá por eso resulta significativo que La Tierra haya recibido un reconocimiento fuera de Colombia. No porque un premio determine si alguien puede llamarse artista, sino porque puso a Luisa frente a una evidencia externa de algo que otras personas llevan años diciéndole. Ella todavía está tratando de creerlo. Cuando visita un museo y observa la obra de Fernando Botero, uno de los artistas que más admira, hay una pregunta que vuelve:

“Si Botero fue Botero, ¿por qué Luisa no puede ser Luisa?”.

No habla de convertirse en Botero. La pregunta es otra: por qué le cuesta tanto reconocerse a sí misma en aquello que hace. “Es lo que realmente a mí me hace falta”, admite cuando habla de asumirse como una artista.

Ser totalmente Luisa

Ahora hay veinte bocetos esperando. Son dos colecciones de diez obras cada una, todas inéditas y de su autoría. Luisa quiere comenzar a materializarlas y sueña con llevarlas a otros lugares. Dice que tendrán aquello que se ha convertido en uno de los rasgos de su trabajo: mucho color. Para ella, esos colores también tienen algo que decir. Frente a una estética que percibe cada vez más dominada por blancos, negros y grises, quiere conservar en sus obras los colores vivos.

Luisa quiere tocar puertas, insistir y descubrir hasta dónde puede llegar aquello que durante tantos años ha desarrollado mientras estudiaba otras carreras, cumplía horarios y desempeñaba distintos trabajos. “Mi meta es ser una gran artista”, dice. Y luego aclara que no necesariamente significa alcanzar un enorme reconocimiento. Lo que busca es llegar a un punto mucho más personal: “donde yo pueda decir: soy totalmente yo. Soy totalmente Luisa”.

 Contenido publicado en la edición 220 de EL SUROESTE


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