Por Rubén Darío González Zapata Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
El libro Neuro derechos de Rafael Yuste, al cual dediqué mi columna de la semana pasada, termina con un capítulo (el capítulo 12) al que el escritor denomina Al albor de un nuevo Renacimiento. Un título que, a primera vista, suena optimista y hasta esperanzador, pero que, al leerlo detenidamente, deja muchos interrogantes, de manera especial el aparte que Yuste denomina Evitando un nuevo escenario bélico. Y es que en esa parte (Pags. 300 – 302) el libro hace referencia a una sobrecogedora perspectiva: la de las armas neurotecnológicas. ¿De qué se trata? Pues, nada más y nada menos que de armas que tendrán como finalidad controlar (manipular) el cerebro de los seres humanos. En otras palabras, en las guerras del futuro un país o una región del mundo podrán ser derrotados sin necesidad de disparar una sola bala o de lanzar una sola bomba, porque los Estados más desarrollado serán capaces de controlar la mente de las personas o partes físicas fundamentales de su cuerpo, para lograr, mediante su uso, la sumisión completa… ¡De manera voluntaria!
Hablar de los métodos de control mental nos hace sentir como si estuviéramos navegando por el mundo de la fantasía que sólo se ve en las películas de ficción, como las que imaginaron y describieron, entre otros escritores, George Orwell en sus obras El gran hermano y 1984 y Aldous Huxley en el libro Un mundo feliz. Pero eso, hoy más que nunca de manera desafortunada, es una posibilidad real cada vez más cercana y, tal vez, estemos entrando ya a un punto de no retorno, como lo constatamos con la Inteligencia Artificial (AI), porque ambas cosas (IA y neurotecnologías) pueden actuar de manera complementaria o sincronizada. Es de lo que se dio cuenta, asombrado, el mismo Yuste cuando se enteró (porque él mismo lo llamó para contárselo) de que su colega Eddie Chang y su equipo habían encontrado el camino para descodificar la actividad mental y el comportamiento de una persona. Algo así (imagino yo), como si al cerebro de Stephen Hawking (el científico inglés cuyas funciones físicas quedaron totalmente atrofiadas) se hubiera podido entrar y se hubiera descodificado directamente los pensamientos y emociones instaladas en su cerebro para luego poder manipularlas, por ejemplo, dotándolo de una especie de doble que actuara con el mundo exterior.
Me recorrió un sudor frío mientras me lo contaba, comenta Yuste en su libro; y añade: Aunque la paciente de Chang tenía un dispositivo implantado, es posible imaginar un futuro en el que este tipo de desciframiento se realice con tecnología no implantada (no invasiva) y portátil, ¡y que se aplique no solo a pacientes clínicos, sino también a personas sanas! (Pag. 196).
¿Qué tan lejos estamos de un escenario en el que un individuo, un grupo de individuos o, inclusive, toda una sociedad, terminen convertidos en sumisos y obedientes entes carentes de voluntad propia, manejados por una élite o, incluso, por un solo individuo con poder ilimitado? Pues bien, hoy sabemos que eso es, no solamente posible, sino que en realidad fue lo que sucedió en países como la Unión Soviética en tiempos de Stalin, con la Alemania nazi de Hitler y sucede hoy con Corea del Norte, para citar solamente algunos de los casos más emblemáticos y recientes del mundo. Sin embargo, cuando alguien lee sobre esos inexplicables comportamientos humanos, inclusive en países tan desarrollados como Alemania, suele decir: ¡Vaya!; menos mal que eso sucedió (o sucede) sólo en países en los que, por no poseer un sistema democrático sólido, sus ciudadanos terminan siendo gobernados por individuos megalómanos que se creen el Superman enviado por la Divina Providencia para salvar el planeta.
Pero, de pronto y porrazo, uno se da cuenta de que eso puede suceder también en una sociedad sólidamente democrática, increíblemente sin que cambie aparentemente el ropaje institucional del libre juego de los pesos y contrapesos. ¿El caso más emblemático? ¡Estados Unidos! Cómo es posible que una nación con una tradición democrática, al menos en apariencia, tan sólida -el primer Estado moderno en la historia nacido sobre los cimientos de los valores democráticos alcanzados luego de miles de años de evolución alrededor del pensamiento sobre derechos humanos- haya elegido, no una sino dos veces, a un ser tan opuesto a esos mismos estándares democráticos, como Donald Trump. Alguien que dice, sin sonrojarse, que la moral que guía sus decisiones es su propia moral. De ahí a convertirse en una especie de Zar o un Rey Sol que decía el Estado soy yo, no hay sino una frágil y delgada línea. Más alarmante aun es constatar que los ciudadanos de otros Estados del mundo, especialmente los de América Latina, con la sola excepción de México (hasta ahora), hayan venido eligiendo a presidentes que siguen, sumisa y mansamente, la misma línea política de la Metrópoli del norte. ¿Cómo ha sido posible?
La pregunta, en mi opinión, tiene dos respuestas: 1) Falta de opciones políticas creíbles y serias provenientes de partidos alternativos (de izquierda o de centro), que no han logrado demostrar con resultados ser una posibilidad viable, capaz de responder a las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos de estas naciones. 2) El inmenso poder que se ha acumulado a través de las herramientas de la comunicación con su capacidad de manipulación, puestas al servicio de unas élites incapaces de dar marcha atrás en su camino hacia la acumulación de riquezas y poder, sin que esté claro cuáles son los límites hasta los cuales se va a llegar. En este sentido, la capacidad de control de la mente humana mediante el uso de mecanismos que aportan, por ejemplo, las neurociencias y la IA, cada una por su lado o trabajando conjuntamente, se convierten en una herramienta evidentemente tentadora en manos de los poderosos, aunque profundamente perturbadora de cara al mundo que queremos dejarles a las futuras generaciones.
Vistas las cosas desde esta perspectiva, entiende uno la importancia y las razones en las que se fundamenta el proyecto tan ambicioso de Yuste, como es el de lograr un marco ético vinculante aceptado por todos los países del mundo, tendiente a proteger los derechos neuronales; lo que él ha llamado el viaje hacia la protección de lo que nos hace humanos. Porque tal vez sea este una de las últimas barreras en el loco tobogán que nos podría estar llevando hacia la destrucción de nuestra propia condición de humanos. Finalmente, me gusta pensar que, si bien hay serias razones para estar preocupados, todavía podemos hacer algo.
Lectura recomendada:
Neuroderechos: Un viaje a la protección de lo que nos hace humanos

Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

