Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Lección de vida que emerge de una imagen
Detrás de las sorprendentes fotografías de la portada e interior de esta columna, que aparecieron por estos días en Facebook (página Datos Históricos) y que quien lo desee puede también verificarlo en las páginas de Google*, hay dos mensajes profundamente significativos que nos ayudan a comprender por qué la historia es, como ya lo dijo hace dos milenios Cicerón, una maestra de la vida. Una maestra de la que podemos extraer una gran sabiduría si abordamos sus enseñanzas con mente abierta, con sentido crítico y, sobre todo, con humildad.
Y es que lo más interesante de las dos imágenes es todo lo que estas muestran en materia de tragedia y, paradójicamente, grandeza personal. Algo que un observador atento puede descubrir a través de los recovecos por los que transita el paso de los años y que tanto nos enseña sobre la condición humana.
Las fotografías, la una del año 1965 y la otra del año 1995, corresponden a unos hechos cuya primera y última escena ocurren en Vietnam, con un intervalo de tiempo de 3 décadas entre una y otra. El punto de partida (grabado en la primera de las fotografías) de esta que me gustaría llamar experiencia de vida sucede dentro del transcurso de la guerra en ese país asiático (1955-1975), más concretamente, dentro del período en el que Estados Unidos intervino directamente en la confrontación (1965-1973).
De acuerdo con la información que aparece en la ya citada página de Facebook, un piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, el señor William Andrew Robinson, fue capturado por los guerrilleros del Vietcong, luego de que su helicóptero fuera derribado. En la fotografía se muestra el momento en el que el piloto probablemente acababa de ser encontrado y se encontraba bajo la vigilancia de una joven guerrillera quien, fusil en mano, espera seguramente a que sus superiores dispongan del sitio de la prisión a donde debería ser llevado. La condición de prisionero de este militar norteamericano duraría 7 años y unos meses más.
El contraste entre estos dos personajes no puede ser más dramático. Por una parte, una mujer que más parece ser una niña, con una altura de escasos 1,5 metros, según los datos suministrados, portando un arma que parece demasiado grande para una estatura como la suya y, por otra parte, un hombre de casi 2 metros de alto, aun portando sus atavíos militares, que avanza con la cabeza agachada, caminando hacia un destino incierto en manos de unas personas que, sin ser sus enemigos personales, podían disponer incluso de su propia vida.
Me impresiona la cara de esta mujer, en cuyo rostro el odio, normal en este tipo de conflictos, no parece tener presencia, ante un hombrón que camina al frente resignado a su condición de sometido. El acontecimiento tendría, sin embargo, un giro increíblemente inesperado, porque pasados 20 años de terminada la guerra, por esos mismos tumbos imprevisibles de la vida, el destino hizo que esta mujer, ya casada y con hijos, y el militar, ya integrado a la vida civil desde hacía años, se reencontraran, esta vez en condiciones totalmente diferentes.
Hablábamos de dos mensajes que se pueden extraer de la foto. Bien, creo que el primero de estos es el que muestra el rostro de la tragedia, porque toda guerra es eso: una tragedia, además de una estupidez. Una guerra que la primera potencia económica y militar del mundo tuvo que terminar aceptando que la había perdido, especialmente en el plano político, pero que, de la misma forma, para Vietnam, un pequeño país de apenas un poco más de 331.000 kilómetros cuadrados, dejó profundas heridas económicas y humanas, aun reconociendo que la victoria haya sido el bálsamo que ayudó a su curación.
Curiosamente, la historia del Vietnam de esos años habría podido tomar un rumbo muy diferente si para 1919, en el transcurso del Tratado de Versalles en París, con el que se daba por finalizada la Primera Guerra Mundial y se sellaba la derrota de Alemania, los Aliados, más específicamente el presidente de los EE. UU. Woodrow Wilson, hubiera atendido la solicitud de un joven vietnamita que pedía hablar con él.
Este joven por aquellos años erraba por Europa en busca de apoyo para lograr que su país, Vietnam, obtuviera su independencia de Francia, de la que en ese momento era una colonia. Su aspiración era algo increíblemente justo: obtener el apoyo de los Aliados para lograr la autonomía e igualdad de derechos de los pueblos de Indochina. El presidente se negó a recibirlo, lo que probablemente llevó a este joven a radicalizar su postura comunista.
¿Su nombre? ¡Ho Chi Minh, el hombre que, una vez de regreso a su país, sería el estratega de la guerra en la que un liliputiense Vietnam derrotaría al gigante Goliat 46 años después! ¿Conclusión? Nunca subestimes la determinación de alguien que lucha por sus convicciones, así este parezca débil y pequeño.
La otra cara de esta medalla es la del reencuentro. Veinte años después de finalizada la guerra (1995), como resultado de la gestión de una cadena de televisión japonesa, se dieron las condiciones para que Robinson y Nguyen se reunieran de nuevo, siendo ella una mujer ya casada con hijos y nietos, y Robinson un civil retirado de la Fuerza Aérea. Sitio del encuentro: Vietnam.
Nguyen y Robinson 30 años después, 1995.
Pero, ¿qué había ocurrido en las mentes de aquellos otrora enemigos durante esas dos décadas, gran parte de las cuales seguramente estuvieron signadas por los sufrimientos de la guerra y los maltratos en una prisión, para que este encuentro fuera un acto de mutua reconciliación?
A juzgar por la segunda fotografía de estos dos personajes, es lógico concluir que las heridas de la confrontación para esos momentos ya se habían cerrado y en sus corazones solo quedaba una lección de vida; una lección según la cual, más allá de haber sido unos enemigos involuntarios, lo que realmente importó fue la convicción de que ambos eran seres humanos necesitados del bálsamo del perdón mutuo para cicatrizar las heridas que liberara sus almas del odio que deja la violencia.
También en Colombia en estos últimos años hemos vivido conmovedoras experiencias de perdón: hermanos y hermanas de víctimas, en un gesto de grandeza humana que, en otro momento, habría sido imposible, entre lágrimas les han dado a sus victimarios el perdón por daños que, vistos desde la perspectiva de la confrontación, serían irreparables.
Momentos como estos nos permiten recuperar la fe en el ser humano: una fe que con frecuencia habíamos creído irremediablemente perdida. Increíbles lecciones de humanismo que nos da la historia, que invitan a la reflexión y demuestran que la tragedia y la alegría son, con frecuencia, dos caras de una misma moneda.