Por Jaime Humberto Herrera Suárez Colaborador municipio de Támesis
Cuando Jacob se dio cuenta ya había entrado al túnel de la existencia. Vivía, sentía, lloraba, experimentaba un olor raro en el aire; pero no sabía desde cuándo.
Solo siendo mayor de edad, por medio de una hermana se enteró de que su madre nunca había deseado que él iniciara el camino por el túnel de la vida.
Ella, al enterarse de su nuevo embarazo, se esforzó por aceptar las sugerencias de sus contemporáneas para evitar que se consolidara tal nacimiento. Tenía muchas razones por las cuales se encontraba desmotivada para ejercer más responsabilidades maternales, adicionales a las tres que ya tenía.
Inconscientemente el feto se aferró al interior del vientre que lo contenía, hasta cuando una luz intensa le indicó el principio de la trocha. El aspecto de ese ser no daba muestras de poder llegar a levantarse para iniciar una travesía tan incierta y, de todas maneras, tan exigente para él, como lo era la existencia.
Se comentó que la señora había expulsado con vida, un paquete de huesos envueltos en una piel oscura, cuya cabeza emitió un bostezo antes de llorar y que ante la impresión que causó, a su madre la invadió un fuerte arrepentimiento, debiendo dedicarse, a partir de ese desagradable momento, a adoptar las medidas maternales y médicas necesarias para que ese ser pudiera continuar vigorosamente su maratón, enfrentando los obstáculos que se le iban a presentar.
A ese interés constante de su madre se sumó el apetito insaciable del recién nacido, no solo por la leche materna, sino por la de vaca y por la de cabra, producidas diariamente por estos animales en la finca donde creció junto a sus padres y hermanas, lo cual hizo que antes que diera paso alguno, ya fuera un robusto y agraciado bebé.
Un bebé que generaba gran simpatía entre los familiares y vecinas que habían jurado no viviría, pues, su actitud alegre y vivaracha manifestada en unos ojos grandes y brillantes, no daba muestras de algún tipo de antecedente reprochable o malestar actual.
En la época en que Jacob cursaba algún grado del bachillerato, su mamá le contó que, más o menos a sus quince meses de edad, después de haber acostumbrado el gateo para llegar hasta las tetas de las cabras, aprendió no solo a caminar, sino a trepar por entre los cafetales y a correr por entre los cultivos de caña de azúcar. Devoraba frutas constantemente y, siendo más grande, a la hora del almuerzo siempre quería su sopa preferida: cuchuco con espinazo de cerdo.
En tiempos de verano, a unos 25°C, cuando estaba en la casa de la finca, poco le gustaba usar los pantalones debido a la sensación de calor, exhibiendo sin vergüenza el “chito” y a la espera de su plato favorito. No utilizaba el mesón del comedor para alimentarse; se sentaba en el piso de la cocina con las piernas separadas, en medio de las que debía ponérsele el cuchuco. Lo cómico de los hechos era que ponía el pipí a la orilla del plato y usando la cuchara lo bañaba en sopa, repitiendo: “¡Chichí, coma cuchuco!”, “¡Chichí, coma cuchuco!”.
Que cuando su mamá le contó esta anécdota, Jacob le respondió, en medio de una carcajada: –¡Uuf!, con razón está tan grande y gordo. –Como la señora no pudo ocultar su enojo ante semejante deducción de su hijo, el muchacho debió literalmente brincar en zigzag, pero ya no entre cafetales ni cultivos de caña, sino escaleras abajo de la casa que ya tenían en la ciudad, para evitar su primer tatuaje involuntario en la espalda, con la marca de la chancla que voló a cien kilómetros por hora, dirigida hacia él.
Con el tiempo, Jacob contó esta historia a sus compañeros de trabajo de la Empresa de Telecomunicaciones, a partir de lo cual no se le volvió a conocer por su nombre de pila, sino por su apodo: “Cuchuquito”.
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Por Jaime Humberto Herrera Suárez
Colaborador municipio de Támesis


