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Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista

Los Lagers (centros de concentración nazis) arrasaron con la dignidad de los secuestrados, reduciéndolos a indoloros números en serie. 119104, el número puesto con tinta indeleble en el brazo de Victor Frankl, psiquiatra vienés, prisionero de Auschwitz. El autor superviviente del Hombre en busca de sentido. El libro me llegó en forma de diosidencia en la Universidad de Antioquia, la desfinanciada; una amiga bahíasolaneja me entregó esa mañana en el bloque 9 una robusta pila de libros para el bazar. Ahí, reposado, entreverado con las otras carátulas de libros, el prisionero anhelado. Me contó mi amiga que hace algunos años ella entrenaba en la Pista de Atletismo Alfonso Galvis de Medellín. Afuera, después de salir de los entrenamientos, se hizo amiga de un ventero lector. Comienza una amistad a partir de relatorías, comentarios, historias, libros, libros, ¡muchos libros! El ventero murió, pero la literatura no, ¿cierto, Marisofia? Este libro fue comprado en la Ciudad de México; es un libro universal. Victor Frankl sobrevivió a la solución final del Tercer Reich, el exterminio. La eugenesia aria, la privación absoluta de ser de otro lado. Parecido a la figura bestial de Trump.

Derecha o izquierda en fila, recién llegados de los vagones hediondos, evaluaban las SS (Schutzstaffel, escuadrón de la muerte) a los prisioneros; según la dirección demarcada por su ignominioso dedo, iban a “los baños” y la otra conducía a un destino de trabajos forzados, pena y sumisión. Frankl apuntaló el sentido de la vida, concepto de la logoterapia, en un manuscrito de su obra científica de años de trabajo destrozada por los guardias a la entrada del lager. El sufrimiento es la tarea ineludible, principio del sentido de la vida; no es sufrir por masoquismo, es entender el sufrimiento inexorable. El de todos, impostergable. El sentido de la vida, por lo pronto, acude a lo cotidiano, sencillo, elemental: amigos, familia, trabajo, obras, misiones, vocaciones… Victor perdió a sus padres, esposa e hijos en los lagers. Lo salvó su manuscrito. Escribió en taquigrafía sobre pequeños trozos de papel.

Terminé de leerlo con angustia imprecisa. Un ensayo científico de prosa brillante, sencilla y sin el odio prevenido por mí. Al día siguiente salía para una expedición a las Cuevas del Higuerón en Envigado; tenía el libro rumiante en la cabeza. La salida sería mi prueba sobre el sentido de la vida, entroncar mis puntales, acudir a los entronques de mi vida. El Salado, primera parada; el grupo es pequeño; desde el primer instante la protección gremial fue estandarte. Todos ciudadanos de todos, sin conocer el mínimo resquicio biográfico. Mis amigos resisten la alharaca de don Carlos “La mosca tsé tsé”, apodado así por sus estrafalarios lentes de sol. Otra situación fueron las constantes desapariciones del escapista del grupo, Yamid. Nos retrasó desde el minuto uno. En los lagers, la confianza era vital, la amistad salvaba vidas y la apatía también.

Subimos por los antiguos caminos de La Ayurá y Los Aguacates en la vereda El Vallano, escarpe El Vallano, antiquísimo camino de Envigado al Retiro. Elegimos el ramal del Palo. Las heladas aguas de cascada corriente en el salto despeñaban cristalinas. La cascada El Palo, El Indio y Las Golondrinas. Nidos de Gulungos, aves de oro, prensiles como goteros de mimbre y el llamativo Cardenal de Débora Arango. Atravesamos carpetas empedradas, canalones estrechos, escarpes, cuevas. Acompasado por el irremediable deseo de escribir lo visto. Los prisioneros de los lagers debían caminar horas para llegar a trabajar: “El trabajo los hará libres”, ¡mierda! Más quería caminar, así es, así se siente. La voluntad depende de un instante. Al descender por un camino sinuoso profuso de pinos, el escapista Yamid vio en el fondo de la ladera una esfera. Bajó, volvió a subir con elucubraciones brujeriles. Nuestro amigo estaba sufriendo la comentada razón espiritista vivida por los prisioneros en los lagers. En la buseta de nuevo a casa, nos despedimos con promesas frágiles de volvernos a ver, posiblemente. Frankl en su libro dijo que después de salir libres debían aprender a ser de nuevo humanos. Yo digo aprender siendo humano.

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