Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
¡Triunfo!, yo besé, me besó, nos besamos… Éramos dos arcos de labios, surcos de carne desgastando la lívida epidermis. Arcos del triunfo. Puestos en el pantanoso parque o en la plaza pública después de las guerras napoleónicas. Un perro fantasmagórico de ojos penetrantes, ojos de luna, plenilunio ocular, nos veía escrutador desde el suelo. ¿Usted es buen besador? No sé, yo me dejo llevar; ahí está la fórmula bendita de la vida… Déjese llevar por el sistema nervioso; él hace el resto, él hace todo, o sea, imitar. Fíjese, me lo va agradecer. Este sistema intrincado replica otros besos, aquellos que nunca hemos dado: hollywoodenses, telenovelados o velados a hurtadillas cuando niños. Aplaste los labios sobre otros y piense, imagínese en el papel estelar de la serie, la serie que nunca vimos por besarnos. ¿Imitar? Sí, doy un ejemplo: en Amagá, mi pueblo, imitaron la antigua portada del antiquísimo Ferrocarril de Amagá, erradicado de la memoria de Antioquia y, de paso, de la de Colombia.

Lo volvieron a la vida, eso sí, son malos clonadores; ni ladrillo macizo, ni letras en cobre, ni reloj, habrase visto, ¿cómo va a ser la entrada al pasado, el portal del tiempo, que todo se lo traga, todo lo marchita, no tiene el ¡Tic!, ¡Tac!, ¡Tic!, ¡Tac! de la desmemoria? Pasen, pasen por debajo del arco del triunfo, ¡Pum! Regresa 150 años atrás para conocer a Camilo C. Restrepo, Emiro Kastos, Barba Jacob, Asunción Silva y uno que otro músico reputado. Los romanos inventaron el arco del triunfo; Colombia inventó el arcoíris. ¿Usted por qué despotrica tanto? Porque pasé por debajo del arco y no pasó nada. Amagá sigue siendo lo mismo: desorden, locura y caos. Así la conocí, no me quejo.
A propósito del arco del triunfo, París, la ciudad luz, tiene uno muy famoso, mandado hacer por Napoleón a Chalgrin. ¿Les recuerda a alguien? Claro, a nuestro Napoleón criollo, Simón Bolívar, después de pasar el arco del triunfo, rumbo por las escalinatas centrales, está su estatua cagada de gloriosas palomas. Hace poco un amigo recién llegado de Europa me contaba, como buen montañero, el síndrome de Florencia vivido en Francia e Italia. Vimos parte de las decenas de fotos que hizo; ¡qué pena, paisano!, pasar del arco parisino al arco enmohecido. Así es la vida, contradictoria, irónica. Acá lloran, allí ríen y por allá ríen y lloran a la par. ¡Lleguen! al arco del triunfo, ¿triunfo? Pues, el triunfo económico, nos vamos a volver irresistibles para los turistas; estos sin duda van a padecer el síndrome de Florencia de mi amigo a raíz de tanta belleza, mi amigo, como nos gusta, sin salir de Colombia. ¡Qué más quieren! Cuando pequeño saltaba las escalinatas del parque de Amagá como Spiderman, tiempos aquellos cuando respondía a los instintos temerarios de correr y saltar. Ahora me dedico a medio escribir, garrapatear palabras sobre la ceniza de los recuerdos, retazos de recuerdos, inventos de recuerdos. ¡Besen!, ¡besen! debajo del arco de triunfo, ¿el arco de París o el de AMAGÁ? Cualesquiera, ¡ah, no!, el de Amagá sale más barato. No vaya a ser que un furioso ferrocarril les pase por encima de una puta vez.
Lectura recomendada:
Crónica parroquial: Pesebres




