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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

El vértigo silbando en mis oídos tapados por el caluroso vaho del asfalto hirviendo. Marzo parece un infierno todos los días, ¡qué calor! Sergio iba delante de mí por la doble calzada; yo seguía el paso prudente de un novato pagando la bisoñada. Sentir el viento azotando el cuerpo, el sonido de las orejas cortando el aire sofocante. Lo anterior podría ser menos inquietante que la sensación de colisión: ¡pum!, directo al abismo, un choque mortal, una sacudida de sesos, una visita por rasguños menores al hospital; todo pasa por la cabeza, en una sucesión de imágenes catastróficas. Apenas esos augurios recreados por la pasión cerebral duran algunos segundos. Uno se resiste. Nosotros en bicicleta nos demoramos minutos en descender del “Peaje de Amagá” a Pasonivel. Me creía una saeta disparada por la mano invisible de Dios. Recordaba alguna vez las noticias de los “niños gravity”. Culicagados descendiendo por la vía Las Palmas, descolgados a su suerte. Gravity bike se llama la temeraria modalidad a dos ruedas, niños sin entrañas, fieras resistentes a la adrenalina minúscula de mis 45 km por hora. Y los desenlaces no eran entonces supuestos; más bien, se convierten en dolorosas postales de crónica roja. La misión era buscar los rieles de la carrilera, la vía férrea de Nicanor Restrepo.

Un mensaje administrativo local supuestamente notifica a la comunidad de Nicanor Restrepo, vereda de Amagá, la remoción de los rieles, antigua vía ferroviaria de la estación del Ferrocarril de Amagá, inaugurada a inicios del siglo XX. Cosa que nunca pasó. La presidenta de la Junta de Acción Comunal alertó bajo un comunicado de rechazo por la insinuación. La infraestructura del otrora Ferrocarril de Antioquia y Amagá está protegida bajo el marco de la Ley 397 de 1997 (Ley General de Cultura) y sus bienes de valor histórico, bienes de interés cultural (BIC) de carácter nacional. No pueden ser tocados sin el debido proceso normativo. El enrielado se deja ver por tramos polvorientos; las arterias ferrosas fueron sustituidas por carreteras; el negocio de las carreteras de asfalto apuntaló la extinción de la locomotora de Cisneros.

Eran las 6:30 a. m. Empacamos buñuelos y pan agridulce, mi favorito, para comenzar la ruta por Minas, corregimiento de Amagá. Llegamos al parque repleto de tocones, rodajas de árboles caídos. Yo decidí tomar una malta en envase de vidrio; él prefiere el perico. Más abajo nos saludaría un pisco alebrestado. Una pareja de niños. Uno era considerablemente mayor o al menos lo parecía. Solicitamos la ruta menos traumática, pues los muchachos nos mandaron por La Florida y por destapada a Nicanor Restrepo.

La bisoñada seguía en trocha, Sergio presto a las indicaciones técnicas para ayudarme al menos a subir los primeros repechos de piedra suelta y cascajo. Varias veces me bajé, cogí el manubrio con una fuerza desproporcionada y el caballo se levantó en una rueda. El trayecto es una promesa de belleza natural. Guayacanes florecidos en contraste con el verde tapete de las laderas. Llegamos al estadero. Chorizos, arepas, empanadas, pasteles de pollo, desayunos, gaseosa, chocolate. Decenas de ciclistas trochando un domingo. Sintonizados con la emisora Angelópolis Estéreo. Sonaba en los altavoces: “Era un domingo espléndido y hermoso” de los Ángeles Cordillera. Todo calza, nada es en vano. La presidenta Elvia, de la Junta de Acción Comunal, no estaba; logré conseguir el número, la llamé, una, dos, tres timbradas; por fin contestó. La convencí de mi buena fe del reportaje, me dijo para variar: “Todo se arregló, no van a quitar nada”… Pensé, pero habrase visto, ¿por qué será? Tal vez sea por el hecho de que apenas se ven los rieles amarrados por la tierra polvorosa del pasado.

Imágenes antiguas cortesía: Corporación Cultural Poncherazo. 

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Comentario: Tocón amarillo

 
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