“Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella”.
Eduardo Galeano.
El Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento. De nuevo el último. El último del nuevo testaferro. Un libro profético lleno de advertencias lunáticas. Por ejemplo: La escarpada piedra avistada desde abajo en el valle caerá sobre la infame población. Arrasará todo a su paso. El pecaminoso móvil, el cuerpo deseoso y los ramales existenciales. Una máxima expiación de los pecados, la pétrea maldición. La Pelona es un peñasco alto proceloso coronado con tres cruces en la cima. En días grises se oculta el escarpe por la vaporosa niebla. Los días santos camina la gente peregrina empeñada en la travesía cascajosa, agreste y escarpada de la cumbre. Yo he visto siempre la peña tiesa desde la cuenca carbonífera; nunca he subido. De niño escuchaba una historia ridículamente antioqueña sobre la profética caída de la peña, pienso, entre nosotros, feligresía; aquellos relatos fantasiosos provienen de los gentiles curas. ¿Ven el barbecho pelado anaranjado? El antiguo latifundio de Pascual Correa Flórez, bautizado Cristo Rey, hoy por hoy, es una terraza rojiza, ácida, para disposición ¿Industrial, inmobiliaria?… ¡Yo qué sé! La egregia estatua de Cristo Rey está ubicada con precisión divina; con sus dadivosos brazos abiertos ejerce la fuerza suprema de la fe para contrarrestar el despeñamiento ladera abajo.
¡Bendito sea el santuario! Día a día el derrumbamiento parece impostergable; la Calle Larga, la única calle real de Amagá, sufrió una mordida el puente. Los fantasmas apiñados miran la quebrada La Ceibala, corriente maloliente, los meandros conservados en una autopista lodosa. ¡Pum! Cayó el primer pedazo, cual hogaza en la mesa; el puente de a poco se desmorona. La ruinosa realidad gana la partida al desgobierno vodevil. La Pelona recorre artera el pueblo desidioso. Los vecinos del puente escurridos en el desplome del tiempo. Fantasmas recorren la apesadumbrada rambla de La Ceibala.
¡Fo!, ¡fo!, ¡fo! Este pueblo huele mal, pueblo maldadoso, pueblo oloroso, pueblo malacoso, pueblo astroso. Baja La Pelona. El tufillo azufrado sube inclemente por los arrabales, entra a las barriadas internas, llega al corazón de Amagá. Huele a muerte. La gente entumecida por las medidas insuficientes de control para atender el desastre ambiental e insalubre. En la casa, en el parque, en el restaurante, en la panadería, en el café, en los encuentros para leer… la hedentina fisgonea lugares sin reparos, entra como Pedro por su casa, sin permiso, a ultranza. Cuando se desfonda la nube en un aguacero, minutos más tarde cesa la lluvia; la putrefacción asoma requetefermentada, horrible, ¡el pueblo huele mal! Los consecutivos desmoronamientos crean en el pueblo puntos de fuga, modelamientos ilusorios de la realidad que nos cupo en suelo. Desplomes irremediables, puentes averiados, aire contaminado, smog, cortes de agua, calles destartaladas. Considerado lo anterior, el bodegón aspiracional, el agazapo de la mismísima verdad. Vivir la mentira es mejor; mejor que afrontarla.
Peleo con un enemigo invisible, peleamos con un enemigo incoloro, inflado, expedido por las gargantas industriales, respirado por las narices inocentes. Levanto el entrecejo, miro a la vista el filo de la espada de Damocles. La Pelona baja, los olores suben ¿Y la salud? Bien, gracias a dios.