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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

 

El destino de los seres humanos no se sabe; el destino del mundo, contrario a lo que se puede pensar, sí es elegido por la humanidad. La inmensa relatoría frente a los acontecimientos del caos mundial no puede ser para menos. Un carburante a la paranoia por el provenir. ¿Eso significa nuestro futuro? Errante, apocalíptico, cruento, difuso, distópico, convulso, totalitario, autoritario, fantoche, asesino. No quiero incurrir en el cajón del bovarismo, ni menos en lamentaciones pesimistas o reducir a este filipichín de Trump a un narcisista peligroso nomás.

Por lo pronto, esta no es la única amenaza. Mientras leo la prensa mundial y veo la vitrina rauda de las redes sociales (a veces malas consejeras, algoritmo caprichoso), repaso desde los feminicidios en Colombia y el homicidio execrable de Alex Pretti, enfermero cuidador de inmigrantes, hasta Renne Good, muertos ambos por las fuerzas del ICE en Minneapolis. Escuadrones de terror, impronta gringa de los paramilitares de Colombia. La difusión de la noticia es mediática e incendiaria por ser ciudadanos estadounidenses blancos. El enemigo ya no parece racial, sino ideológico.

La seguridad trenza su mayor excusa como históricamente lo ha sido. Recordé las letanías escritas en Patas arriba: la escuela del mundo al revés, escrita por Eduardo Galeano. “El enemigo sigue siendo interno, pero ya no es el que era. Las fuerzas armadas están empezando a participar en la lucha contra los llamados delincuentes comunes». ¡Matar!, sin piedad, piden los matarifes a las reses. Me quito por un momento los pesados anteojos de las noticias, me pongo tenis, ropa deportiva y a entrenamiento nocturno. Oscuro, en la inmensa oscuridad de la noche, bañado por la luz urbana de las titilantes lámparas de averías constantes. Pensaba en la seguridad; el exceso de dosis acarrea el miedo. Vivir a razón temerosa es lo peor; no se vive, se teme la vida.

Mientras bajaba de Camilo C, corregimiento de Amagá, encontré una tabla robusta de madera roja. Pensé en una repisa. La dibujé y pedí ayuda a mi papá para crear a guisa de artesano la pieza de ebanistería. Las piezas cortadas, lijadas, próximas a pigmentar. Ese rastro de la madera viene de Pacho Vásquez, mi abuelo; él a vista y olfato identificaba infalible las especies de madera, por supuesto las que conocía: “Este palo es laurel amarillo, este comino, este abarco, este cedro y este roble”. Así seguía la fila de maderámenes. Ay, abuelo, esto es un desastre. De niño, fui ayudante; sostenía los largueros, alfardas, soleras, caballetes, jambas y dinteles. La repisa es para situar al arcángel San Miguel, el protector, el gendarme divino, estripador de culebras.

La patrulla policial pasó una vez por el mitin político; los asistentes, con recio puño y altisonantes pregones, claman seguridad. La patrulla pasa por segunda vez, nadie los ve; la patrulla enciende la sirena estridente, pasa una última vez… ¿Acaso no nos ven? Unos guardas de tránsito en plena redada de infractores se agolpan en la esquina del árbol viejo del parque; en las pesquisas caen sin cascos, con cascos, sin licencia y con licencia en la atarraya.

Agarran de camisa, bluyín y calzón. ¿Cuándo entenderán los gendarmes que las armas no son la mejor opción? De tirón, en tirón “los azules” cumplen la misión. Un motociclista afiebrado por el vértigo baja arisco por la troncal, se come un bache, señor hueco, ¡un cráter! Sale despedido, ¡pum!, a la baranda en el camino peatonal, moto destartalada, pelón en el tobillo; la policía estacionada llega: ¡Muchacho… ah, no lo grabé! El político rezonga acusador al comandante de distrito: “La tarea sustancial de su función es cumplir la norma”. El comandante, convencido de semejante verdad, dice: “Eso hago”. Nos entendemos, comandante, la norma soy yo. Mientras limpio el polvillo rojo cayena de la repisa recién cortada, se me ocurren crónicas inciertas, inverosímiles, tiradas de los cabellos, así como los breviarios anteriores. La ficción me corroe. Distante en la palidez de un mueble apesadumbrado por el olvido, espera San Miguel Arcángel, el cronista de Lucifer (portador de luz).

 

Lectura recomendada: 

Crónica parroquial: Lápida

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