El relámpago antecede al trueno; el trueno sucede al relámpago. Luz y sonido: ¡Rayos!, la nube se rompe en el roce nebuloso de sus partes. El cimbronazo en el cielo responde a una cosa: el aguacero. El cielo de Amagá se desfonda por minutos eternos. En Medellín desbordó el río, la mayor cloaca de la urbe. También a varias de las 4.200 quebradas del valle en el diluvio de cierre de mes. Mis manos heladas, las froto enérgicamente una contra la otra; los zapatos encharcados dan una sensación incómoda de humedad. Nuestros pueblos y ciudades se vuelven un “ocho” cuando llueve.
En Antioquia los aguaceros asumen crecientes apocalípticas: “la hora de llegada”, dicen mis paisanos. La cerrazón cubre el espinazo montañoso andino; las nubes aglutinan el bloque plomizo condensado en la cordillera. Gris, un día gris. ¡Malditos días grises! A ciertas horas, la columna vaporosa, neblina invernal, desciende al pueblo. Escamotea por calles, callejones, barriadas, enclaves y veredas. Las veredas de balcón poseen la bondad suprema de sentirse flotar. Quisiera volar algún día con la neblina en la cabeza.
Antes los aguaceros me sabían a gloria; hoy el agridulce de mi gusto los apacigua. Catástrofe. ¡Óyeme! En apóstrofe: ¡Ay, el clima loco, enloquecido, por culpa tuya, por culpa mía! Amigo, el puente. -¿Cuál puente? -¿el Golden Gate? No, ombe, -¿el Chirajara? Ese se cayó en 2018, en los llanos, muy gracioso… ¿El puente Alfonso López? Ese tampoco es. ¡No me diga! ¿El otro que faltaba por averiarse? Ese, el puente de su brumoso pueblo, el de Calle Larga, la única calle real de Amagá. No jodás. Los espectros brotan por la calle fantasmagórica; las casas reposan sobre terrenos movedizos. Los vecinos a los que antes saludaba ya no existen. Doña Rosario y don Ricardo. Al cruzarlos, los recuerdo.
Amigo, el puente está roto, ¿ahora con qué lo pegaremos, con cáscara de huevo? ¡Qué va! La gente de a dos en cada lado, extremo a extremo del estrecho puente averiado, encintado: “peligro, no pase”, la condición usual posterior a la negligencia. Pasa un perro mojado, qué triste, digo. Sí, el puente está colapsando, responde la gente. Yo me refería al perro arruinado. Arañados en suerte, el aguacero arrecia los boletines coyunturales. Una plegaria a nuestro santo: San Padre Iván, nos consiga los cartones de huevo y el engrudo, así lo pegaremos.
De paso en paso llego a la esquina de Gilberto Orozco, abarrote atestado de comparadores; el cielo seguía desfondado. En el suelo del andén mojado, miraban, agrupados, apelmazados en el límite divisorio de la vitrina, viendo la dinámica versada y hábil de los vendedores… Mojada la diáspora errante de mujeres indígenas y sus niños pedigüeños.
El aguachirle que baja de los techos cagados por gatos y palomas lava los pies de los desfavorecidos. La lluvia ácida, de un pueblo cerril, un pueblo rescatado por las tablas del naufragio. Las velocidades cambian a vértigo insostenible. La gente corre, insulta, pisotea, arrastra, tumba, fisgonea, empuja, apretuja, zarandea… El paraguas no tiene la culpa.
Quería subir a Cabañitas a lavarme rápido la aguamierda; miro la quebrada reclamando gaviones, bancada y socavones. Amigo, ¿cuánto tiempo le da de vida al puente? …pues… este puente es un Frankenstein, muerto está, pero vive de fe en fe.
Los puentes que faltan, ¿son tantos como las estatuas que sobran?