Investigación de Daniel de Jesús Granados Rivera Maestro investigador, formador de formadores de la I.E.N.S.A. Magister en Educación en la línea de Formación de Maestros UdeA
La historia de Darío de Jesús Cárdenas Mejía es la de un maestro emprendedor, crítico y reflexivo, que desde muy joven asumió la docencia como un compromiso de vida. Responsable con su quehacer pedagógico y profundamente estudioso, encontró en la enseñanza no solo un oficio, sino una misión social. Su amor por la naturaleza lo llevó a impulsar proyectos ecológicos y comunitarios, mientras que su disciplina y creatividad marcaron la formación de generaciones enteras. Desde sus primeras clases en veredas apartadas hasta su paso por la Escuela Normal de Amagá, dejó huella como un educador comprometido con el conocimiento, la solidaridad y la transformación del territorio.
Transcurría el año de 1971 cuando cursaba el grado cuarto de bachillerato -así se llamaba en aquella la época- en el Liceo Departamental San Fernando de Amagá, cuando me incliné por estudiar pedagogía.
Al año siguiente ingresé a la Normal Superior de Amagá en compañía de seis compañeros más. Recuerdo que ese acontecimiento sirvió para que varios de mis excompañeros de estudio nos tildaran de homosexuales, pues, en ese entonces, los alumnos de la Normal eran en su mayoría de sexo femenino e incluso un profesor del Liceo también se mofó de nosotros por nuestra decisión de ser futuros docentes.
El pénsum para pedagogía estaba dividido en cuatro quimestres, quien perdiera un quimestre quedaba por fuera del plantel, como el grupo era muy numeroso -46 alumnos- la consigna de la institución era reducir progresivamente el grupo, y fue así como al terminar el segundo quimestre sólo logramos aprobar 25. Este total de estudiantes logramos terminar satisfactoriamente el cuarto quimestre en el año de 1973.
Me vinculé como docente en el año 1974, más exactamente el 15 de julio en la Escuela Rural Integrada El Plan del municipio de Tarso, donde trabajaba con alumnos de primero, segundo y tercero de primaria. Recuerdo que había en la institución 18 alumnos en total y algunos-as de ellos-as- tenían sus viviendas muy retiradas de la escuela y tenían que caminar aproximadamente 50 minutos.
La vereda estaba compuesta aproximadamente por 15 casas, gente de estrato humilde que vivían de agregados en un latifundio propiedad de uno de los grandes terratenientes de la región. La finca era netamente cafetera y en menor escala, ganado vacuno.
Para llegar a dicha vereda había que coger un carro en la zona urbana y tardaba 25 minutos hasta el lugar donde cogía un camino de herradura bastante pendiente por 40 minutos. La comunidad era demasiado amable -como siempre, por idiosincrasia, es el campesino-. Mi alimentación era difícil de conseguir pues sólo había dos casas donde podían alimentarme, pero eran de familias numerosas y además sentían cierto recelo, ya que las otras casas estaban bastante retiradas y en temporada de invierno el camino era bastante fangoso. Debo de reconocer que allí encontré un ángel que siempre estaba pendiente de mis alimentos, en especial del desayuno. Solía pasar que el chocolate venía con abejorros, y yo se lo obsequiaba a uno de mis alumnos que vivía más retirado de la institución -haciéndole, por supuesto, la observación-. Mi ángel era doña Laura, una señora de avanzada edad, encargada de la limpieza y de alimentar al dueño de la hacienda cuando éste llegaba a dar vuelta.
En cuanto a mi desempeño docente trabajaba mañana y tarde con los tres grupos al mismo tiempo en un aula grande que estaba dividida por el tablero. Tuve la gran satisfacción que para el mes de octubre los alumnos de primero ya sabían leer y escribir casi a la perfección, a pesar de que carecía en absoluto de material didáctico, por lo cual había de ser muy recursivo y elaborar bastante material didáctico aquí en mi casa los fines de semana, ya que en la vereda no había energía eléctrica y sólo se disponía de una pequeña planta de energía, las casas utilizaban velas y linternas en la noche. La escuela era una construcción vieja con un pequeño patio, cercada por un potrero que servía para que los alumnos disfrutaran el descanso. Los estudiantes me colaboraron para darle otra cara al plantel decorándolo y manteniendo la grama bien rozada.
El apoyo que daba el municipio era nulo, a pesar de que tenía excelente amistad con el alcalde, él siempre argumentaba que el municipio no tenía fondos para educación, en realidad, el municipio sí era muy pobre. Recuerdo que el mismo alcalde me escogió para que participara en una comisión que visitaría al señor gobernador con el objetivo de pedirle ayuda para la electrificación, pues el municipio en la zona urbana funcionaba con plantas de energía, obteniendo una respuesta positiva pero a largo plazo, y en las veredas sólo había una planta de energía ubicada en la hacienda, las demás casas eran a punta de vela y linterna en la noche.
En esta escuela trabajé durante un año, pero antes de venirme tuve la oportunidad de aprovechar la amistad con el único médico del hospital para realizar en la vereda una jornada de vacunación y atención médica gratuita para la comunidad.
Al año exacto fui trasladado a una vereda de Titiribí, donde tuve un paso fugaz, pues el Distrito Educativo de Caldas estaba gestionando abrir otra plaza docente en la Escuela Rural Travesías del municipio de Amagá donde trabajé por espacio de cinco años. En esta vereda y junto con la compañera Amanda Ángel Zapata, otros profesores de Amagá y los sacerdotes de la Parroquia -Horacio Carrasquilla (q.e.p.d.) y Leonardo Toro, excelentes pastores- hicimos parte de un programa de alfabetización que se desarrollaba en el municipio y que contaba con apoyo logístico de la Alcaldía Municipal y económico por parte de SEDUCA, era un programa llamado CEFAM (Centro de Educación Funcional para Adultos de Amagá). Fue en esta escuela donde pude desarrollar a fondo mi gran entusiasmo por la labor docente, pues aunque la jornada era dura -de 8:00 a. m. a 4:00 p. m- con los estudiantes de primaria y de 6:00 a 9:30 p. m. con los adultos. Todos los días eran muy gratificantes debido a la receptividad de la gente.
De la comunidad de Travesías tengo que decir que sencillamente que es espectacular, es una comunidad abierta, con espíritu progresista, resiliente, pujante, colaboradora y con un gran sentido de lo que es la solidaridad y el servicio. Esta comunidad se prestaba para todo, hasta competencias de atletismo llegamos a desarrollar en días festivos. Fue precisamente durante mi estadía en esta escuela cuando recibí la visita de Supervisión Educativa para ascenso en Escalafón Nacional Docente, cuando para la época se supervisaba clase, se revisaban libros reglamentarios e incluso conversaban con los alumnos y padres de familia aspectos relacionados con la práctica pedagógica del profesor. Afortunadamente me fue muy bien y logré ascender al 5º grado del Escalafón Nacional Docente, el máximo para la época en primaria.
Como logros obtenidos en la vereda Travesías debo mencionar, entre otros, los siguientes:
- Vinculación de la escuela a la comunidad, logrando que ésta se convirtiera en el eje o centro alrededor de la cual funcionaba la comunidad.
- Vinculación de la entidad Futuro para la Niñez del ICBF en charlas y conferencias sobre salud, educación de los hijos, higiene ocupacional, nutrición y medioambiente.
- Promoción, organización e implantación del Jardín Infantil, bajo la supervisión de ACAIPA (Asociación de Centros de Atención Integral al Preescolar de Antioquia), dirigido por una joven de la vereda y subsidiado por el ICBF, con refrigerio y almuerzo incluido.
- Charlas sobre diferentes formas de cultivo empleando la técnica de terrazas y visitas prácticas guiadas al sector de Granizal en el municipio de Medellín.
- Organización y conformación de la Acción Comunal y de la Junta del Acueducto.
- Colaboración en la gestión para la construcción del alcantarillado veredal.
- Construcción de la carretera de acceso a la vereda.
- Colaboración con la Parroquia San Fernando Rey en la celebración de la Romería veredal.
- Participación directa en las jornadas de vacunación y de salud oral en unión con el Hospital San Fernando.
- Paseos con el personal del CEFAM a la ciudad de Pereira, Termales de Santa Rosa de Cabal y a la Piedra del Peñol.
- Como anécdota recuerdo un paseo que realizamos a Tolú y Coveñas con gente de la vereda, pero cuando pasábamos por Caucasia se murió un señor de avanzada edad, según el médico porque no resistió la emoción de conocer el mar y tuvimos que emprender el camino de regreso.
- Recuerdo que me tocó colaborar para apagar incendios en los cañaduzales, sobre todo con los alumnos más grandes y de los grados superiores a petición de los mismos padres de familia, pues la vereda tenía como principal actividad productiva el cultivo de la caña de azúcar en un 70 % y el trabajo en máquinas paneleras.
- Algunos sábados celebrábamos durante la tarde actividad deportiva y en la noche actos culturales y convites con fines lucrativos para ayudar a familias necesitadas o a alguna causa noble de la vereda.
- Además de la celebración de fechas especiales como el Día de la Madre, Fiesta del Niño en las cuales se vinculaba a toda la población de la vereda, aunque no tuvieran hijos en la escuela, Día del Campesino, entre otras.
- Participación con el equipo de fútbol de la vereda en campeonatos veredales.
Todo lo anterior lo pudimos desarrollar gracias a la colaboración de las entidades antes mencionadas, durante los años de 1975 a 1979.
En el año de 1979 fui trasladado a la Escuela Urbana Anexa Alejandro Toro V. del municipio de Amagá, donde llegué a reemplazar a un compañero que pasó a ocupar el cargo de Director del Centro de Servicios Docentes. Después, gracias a la sugerencia del Jefe de Núcleo Educativo -Alberto Montoya Escobar- y de la rectora de Rubiela Giraldo acepté pasar a la Normal Victoriano Toro de nuestro municipio.
En la Escuela Normal empecé a desempeñarme en el área de Ciencias Naturales y Educación Ambiental, donde conté con toda la colaboración de mi compañero de área y excelente educador Arnulfo Sáenz.
Durante el tiempo que dicté el área de Ciencias Naturales coordiné el grupo ecológico y de ornamentación del plantel y realizamos actividades como:
– Siembra de árboles frutales como banano, mango, mandarinos, guayabos, además guayacanes, gualandayes y tulipán africano,
– Producción de abono orgánico con lombriz roja californiana -Eisenia foetida-.
– Instalación de cebaderos para aves.
– Salidas a otros municipios a visitar cuencas hidrográficas (Concordia, Andes); rellenos sanitarios (Marinilla, Valparaíso, Támesis, Jericó, Manizales), festivales lúdico – ecológicos (Andes, Guatapé, Jardín).
– Asistencia a foros ecológicos (Jardín, Jericó, Angelópolis, Hispania, Concordia),
– Acampar (Piedra Pelona, laguna La Esmeralda, Sinifaná, etc.),
– Reforestación con guadua de la microcuenca La Paja que surte de agua a la zona urbana del municipio de Amagá, esta reforestación se llevó a cabo con estudiantes del Liceo departamental San Fernando coordinados por los docentes Nazareno Quiroz, Conrado Corrales y Gabriel Ramírez, y por parte de La Normal participaron estudiantes de los grados 9°,10° y 11° coordinados por mi persona y el apoyo incondicional de una excelente rectora como Consuelo Lopera Mayo y de la alcaldesa municipal Doña Gladys Guzmán de Cuartas.
– Huertas de cilantro, cebolla junca lechuga en la parte trasera del Aula Máxima.
– Salidas ecológicas con el acompañamiento de padres de familia.
– Los días sábados salía con estudiantes y otros profesores como Samuel Gómez, Reinaldo Patino a visitar cuencas hidrográficas y veredas de la población con el objetivo de interactuar con el medio natural, emplear adecuadamente el tiempo libre e introyectar el amor por la naturaleza.
– Con la directora de la Casa de la Cultura -Aracelly Agudelo-, del Jefe de Núcleo Educativo -Alberto Montoya E.-, de los profesores Nazareno Quiroz Usma, Gabriel Ramírez, Conrado Corrales Bedoya del Liceo San Fernando y yo como maestro de la Normal, organizamos los primeros y verdaderos Desfiles de Mitos y Leyendas en Amagá.
Todas estas actividades pudieron llevarse a cabo gracias al compromiso y sentido de pertenencia hacia La Normal y al municipio de magníficos rectores como Rubiela Giraldo, Consuelo Lopera, Efraín Henao y Carlos Adiel Henao, de los padres de familia y de la Secretaría de Agricultura, en su momento, y posteriormente de la UMATA Amagá.
En el año de 1997 asumí el área de Ciencias Sociales y Humanas compartiendo esta área con profesores de la calidad de María Eugenia Sánchez, Alicia Granados (q.e.p.d.) y Samuel Gómez (q.e.p.d.), con los cuales conllevaba una relación dialógica en conocimientos y metodología de enseñanza, permitiendo un enriquecimiento profesional mutuo entre nosotros.
Fui copartícipe en la elaboración de los Lineamientos Generales de Ciencias Sociales y Humanas con otros docentes del área de otras Escuelas Normales del departamento y con la profesora de la U de A Raquel Pulgarín, asesora del Ministerio de Educación Nacional.
Ahora, quiero hacer alusión a algo, que a mi concepto, es de trascendental importancia:
Cicerón define la historia como testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y mensajera de la antigüedad. Cicerón afirma que la historia no es la verdad, sino la luz que la ilumina, no es la memoria, sino una energía que la vivifica y le permite mirar hacia atrás para saber de dónde venimos y qué somos y algo similar le pasa a la sociedad como un todo porque el pasado nos habla y nos interpela y ese diálogo nos permite sacar conclusiones sobre el presente y sobre el futuro. Por eso la historia es maestra de la vida.
Según el INFORME DE LA COMISIÓN ASESORA DE LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA, la dialéctica y la lógica constituyen herramientas fundamentales, la primera, la dialéctica, porque es una técnica de razonamiento para saber argumentar mediante preguntas y respuestas y que nos permite llegar a aproximarnos a la verdad. Y la segunda, la lógica, porque estudia la corrección o incorrección de los razonamientos implicados en la construcción del conocimiento. A pesar de lo que estas disciplinas pueden aportar a la construcción del conocimiento, hoy no se enseña DIALÉCTICA y la filosofía se mira con desdén, como una ciencia del saber especulativo que no tiene utilidad práctica. Es una concepción errónea, porque estas dos disciplinas tienen aplicación en la conversación diaria y son indispensables en la construcción del pensamiento crítico. Si esas bases no están debidamente establecidas, difícilmente podrá el estudiante realizar con eficacia el proceso mental de separar o distinguir lo verdadero de lo falso. Esta falencia en el sistema educativo colombiano explica por qué muchos alumnos al finalizar su formación básica o media obtienen resultados deplorables en las pruebas donde se miden las competencias en resolución de problemas y en comprensión de textos.
Lectura recomendada
Teresita del Niño Jesús González Loaiza: educadora al servicio de la comunidad y la fe