Diego Fernando Blanco Vargas: el arte de enseñar desde la música y la emoción

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Por Carolina Restrepo De los Ríos
Normalista Superior 2025 IENSA

Algunos maestros transforman la enseñanza en una sinfonía de experiencias. Enseñan con el alma, con el poder del silencio y con la emoción que despierta cada nota. Sus clases no sólo suenan, también laten; resuenan en el corazón de quienes aprenden y dejan huellas que perduran en el tiempo. Así enseña Diego Fernando Blanco Vargas, un hombre que ha hecho de la música un puente entre el arte y la educación, entre la sensibilidad y la disciplina, entre el corazón y la mente.

Nació en Suratá, Santander, en un hogar lleno de amor, respeto y trabajo. Creció en un ambiente donde los valores eran sencillos pero sólidos: cumplir la palabra, esforzarse por lo que se sueña y cuidar a los otros. Desde niño fue curioso, observador y sensible. Mientras muchos de sus compañeros soñaban con jugar fútbol o ser policías, él se quedaba mirando los programas culturales de Señal Colombia, maravillado con las orquestas sinfónicas. No entendía del todo por qué lo atraía aquello, pero algo dentro de él sabía que la música sería parte de su historia.

En el Colegio Técnico Industrial José Elías Puyana del municipio de Floridablanca, Santander, donde estudió su secundaria, se formó como Técnico Industrial en Construcciones y Dibujo Técnico. Sin embargo, su destino lo esperaba en otro lugar: en la música, en los acordes, en los silencios, en ese lenguaje invisible que conecta a las personas desde lo más profundo. Por eso ingresó a la Universidad Industrial de Santander, donde se graduó como Licenciado en Música. Allí además de aprender teoría y técnica; comprensió que la música es una herramienta de transformación humana.

Su historia personal también está marcada por la pérdida. En el año 2016, el mismo en que culminó su pregrado, la vida lo enfrentó a la muerte de su padre, Ricardo Blanco Ortega, en un accidente de tránsito. Fue un golpe profundo que lo obligó a madurar de golpe, pero también lo impulsó a vivir con más propósito. Desde entonces, su madre, Luz Estela Vargas, su hermana Mónica Patricia y su hermano Johan se convirtieron en su refugio, su motivo y su fuerza. “Mi familia -dice con voz suave- me enseñó lo que significa resistir. Por eso en mis clases siempre intento que mis estudiantes entiendan que la disciplina y el amor por lo que se hace son también formas de sanar”.

El maestro Diego lleva diez años en la docencia, y en cada lugar donde ha estado ha dejado una huella distinta. Inició su camino en el Colegio ASPAEN El Rosario de Barrancabermeja, una institución perteneciente a Ecopetrol, donde por primera vez sintió la emoción de ver a un grupo de niños convertir el ruido en armonía. Luego trabajó durante cuatro años en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús Bethlemitas, en Pamplona, Norte de Santander, donde consolidó su experiencia y su visión de la educación artística como espacio de crecimiento humano.

En octubre de 2023 llegó a la Escuela Normal Superior de Amagá, donde asumió el reto de ser profesor de Educación Artística con énfasis en Música. Desde su llegada, su entusiasmo y su rigor despertaron nuevas dinámicas en la comunidad educativa. Los pasillos comenzaron a llenarse de acordes, de risas, de ensayos que se extendían más allá del horario escolar. Y con ello, nació uno de sus mayores logros: el Ensamble de Música Moderna y Tradicional Escuela Normal Amagá, un grupo musical conformado por estudiantes desde los 8 hasta los 17 años.

El Ensamble no es sólo un proyecto: es una forma de tejer comunidad. Allí se mezclan los sonidos de la marimba, el tiple, la guitarra y el cajón; también las historias, los sueños y las emociones de los estudiantes. El maaestro Diego no busca que todos sean músicos profesionales: busca que se reconozcan, que descubran su voz y que comprendan el poder de trabajar juntos. “La música -dice- tiene la capacidad de armonizar no sólo las notas, sino también las emociones. Enseñar arte es enseñar humanidad”.

Sus clases son exigentes, pero están llenas de sentido. Les enseña a sus estudiantes que la disciplina no es castigo, sino amor propio; que practicar un instrumento no es diferente a aprender a ser constante en la vida. Les habla con franqueza sobre el esfuerzo, la frustración y la superación. “Las cosas importantes cuestan -les dice-, pero cuando uno persevera, siempre vale la pena”. En su mirada se nota la convicción de quien ha vivido lo que enseña.

La música, para él, ha sido también una forma de sanar. En los momentos más duros cuando la ausencia, el cansancio o las dudas pesan, la enseñanza se convierte en su refugio. “Ver a mis estudiantes crecer en sus talentos, ver cómo brillan en el escenario, es el mejor regalo que puedo recibir. Es ahí cuando siento que todo tiene sentido”.

El maestro Diego sabe que cada estudiante es un universo distinto. Por eso, más allá de enseñar técnica musical, enseña a reconocer las emociones. Sabe que las niñas, niños y jóvenes son sensibles, y que un gesto o una palabra pueden marcar su vida. “Si un maestro llega con mala energía, los estudiantes lo sienten. Ellos no deberían cargar con nuestras sombras, sino con nuestra luz”, dice con una madurez que se nota en cada palabra.

Su pedagogía podría resumirse en tres palabras que lo representan plenamente: disciplina, rigurosidad y emoción. Pero en realidad, su enseñanza está atravesada por algo más profundo: el deseo de formar seres humanos conscientes, empáticos y creativos. Para él, la educación artística no es un adorno del currículo, sino un camino para comprendernos como personas.

Un día, uno de sus antiguos alumnos, hoy piloto en Estados Unidos, le escribió un mensaje inesperado:

“Profe, nunca he olvidado que usted me hizo perder Artística. Gracias a eso entendí que el esfuerzo vale la pena. Si no fuera por eso, no habría aprendido a amar lo que hago”.
El maestro Diego sonríe al recordarlo. “A veces ser exigente también es una forma de cuidar”, dice. Ese mensaje, como muchos otros, le confirma que su trabajo va más allá del aula.

Actualmente cursa una Maestría en Educación y Transformación Digital en la Universidad de Manizales, convencido de que la educación del presente exige integrar la sensibilidad artística con la innovación tecnológica.

En Amagá, su labor también ha ayudado a derribar estigmas. Tradicionalmente se pensaba que los músicos eran menos académicos, pero él se ha empeñado en demostrar lo contrario. Sus estudiantes, además de talentosos, son responsables y comprometidos. “La música exige precisión, concentración, disciplina. No concibo un músico que no sea buen estudiante. Esa es la idea que quiero sembrar”.

Su trabajo ha trascendido las aulas: ha logrado integrar a las familias, motivarlas y hacerlas sentir parte del proceso. Son muchos los padres que lo buscan para agradecerle, para contarle que sus hijos ahora se sienten más seguros, más felices, más apasionados por aprender.

Ser maestro es un estilo de vida, no un oficio. “Uno no deja de ser maestro al salir del colegio. La docencia se lleva puesta, se siente, se vive”. Lo dice con la serenidad de quien ha encontrado su propósito. Su voz transmite esa mezcla de fuerza y ternura que define a los maestros de verdad: los que no enseñan sólo por deber, sino por amor.

Si tuviera que resumir su legado, él mismo lo dice con humildad: “quiero que me recuerden como alguien que creyó en ellos. Como el profe que los acompañó, que los retó, que los escuchó, y que les enseñó que la disciplina y la sensibilidad pueden ir de la mano”.

Porque Diego Fernando Blanco Vargas no sólo enseña música: enseña vida, constancia y esperanza. En cada acorde que suena en los pasillos de la Normal queda algo de su voz, de su historia y de su manera de mirar el mundo. Su presencia ha demostrado que cuando un maestro cree en lo que hace, la educación se convierte en arte, y el arte, en una forma de amar la vida.

*Sobre la autora

Carolina Restrepo De los Ríos es Normalista Superior egresada de la Institución Educativa Normal Superior de Amagá. Como parte de su investigación para optar al título de Normalista Superior desarrolló un proyecto basado en narrativas biográficas con el propósito de reconocer el legado y la vocación de los maestros que inspiran y transforman la vida escolar. Su investigación se enmarca en las 13 condiciones de calidad, específicamente en la condición de innovación e investigación educativa.

El resultado de este proceso fue la construcción de tres narrativas que serán publicadas en el Periódico EL SUROESTE. Esta segunda entrega corresponde a la historia del maestro Diego Fernando Blanco Vargas, cuya sensibilidad, disciplina y vocación han marcado la vida artística y humana de sus estudiantes. La tercera será compartida próximamente como parte del compromiso del periódico con visibilizar la labor docente desde una mirada humana, pedagógica y territorial.

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