Es increíble el cúmulo de descubrimientos que uno encuentra cuando decide indagar sobre un fenómeno como es el de la guerra, entendida esta como la manera que tienen los pueblos, las naciones, las razas y hasta las ideologías (incluidas las religiones), de resolver sus diferencias, imponer su visión del mundo, acumular riquezas y poder o todas las anteriores. Algo increíblemente sorprendente, especialmente para alguien que, como es mi caso, no es un investigador especializado en la disciplina de la historia sino un aficionado que le gusta reflexionar sobre lo que hay detrás del complejo escenario de la naturaleza humana, en el que la violencia parece ser un actor imprescindible, insoslayable y omnipresente.
Lo primero que llama la atención al mirar la historia de la humanidad con un enfoque hacia la paz, es constatar que su existencia (la de la humanidad) parece evolucionar sujeta a unas leyes que, pese a que son mutuamente excluyentes, parecen no poder existir una sin la otra; dos polos de un imán que, simultáneamente, se atraen y se rechazan: la paz y la guerra, o la paz y la violencia, para ser más precisos. La pregunta, sin embargo, es obvia: ¿podría la humanidad funcionar dentro de una lógica en la que la guerra fuera un fenómeno inexistente? No estoy hablando de la violencia individual entre los humanos como resultado de malos entendidos personales; la que resulta de personas desquiciadas, de individuos desadaptados o, inclusive, de personas normales que, en un momento inesperado pierden el control sobre su comportamiento. Esta es una parte de la condición humana en la que intervienen factores como el libre albedrío y otras características de la personalidad que son, en mi opinión, un asunto diferente. Ni siquiera estoy hablando de la guerra cuando esta tiene por objetivo la supervivencia misma de una nación o una comunidad. Estoy hablando de la violencia fríamente planificada, convertida en una estrategia para lograr objetivos ideológicos, económicos o, pura y simplemente, objetivos de poder. De la violencia institucionalizada como una “cultura”, como una industria lucrativa.
La respuesta a una pregunta como esta definitivamente no la tengo, sencillamente porque, hasta donde lo he podido saber, no ha existido un pueblo sobre la tierra que haya podido construir su sociedad dentro de la cual la guerra, inclusive como una mera posibilidad, no hubiera sido parte de su estructura organizacional. Así que es imposible saber si una experiencia como esa hubiera podido ser exitosa. Me temo que no habría podido serlo.
En la búsqueda de una respuesta a esta condición humana, encontré el libro El arte de la guerra y de la paz, cuya portada aparece en el encabezamiento de este artículo, escrito por David Kilcullen y Greg Mills, en el que creí encontrar elementos que me ayudarían, al menos parcialmente, a encontrar la respuesta a mi pregunta. Tres cosas, inicialmente, llamaron mi atención sobre el libro: en primer, por su título con la palabra Paz asociada al concepto de Arte, lo que sugería un enfoque en el que se analizarían experiencias de pueblos que habrían logrado construir una sociedad libre del flagelo de la guerra, mediante algún esfuerzo consciente de sus habitantes y líderes. En segundo lugar, porque vi en la portada que uno de los prólogos del libro estaba escrito por el señor Juan Carlos Pinzón, quien en el pasado reciente fue ministro de Defensa y posteriormente embajador de Colombia en los EE.UU. Me pareció que conocer el aporte a esta obra de un colombiano que conocía de manera directa la historia del país en este aspecto era algo que me ayudaría a comprender mejor el contenido del libro. En tercer lugar, porque encontré igualmente que el libro tenía un capítulo dedicado a la experiencia de la existencia de guerrillas en Colombia en el que se le dedicaba un espacio al caso del Acuerdo de Paz con las Farc. Estos aspectos despertaron en mi un gran interés por esta obra.
Debo decir, sin embargo, que el libro, por centrarse en gran parte en la descripción de toda suerte de guerras internas de países africanos, del Sudeste asiático, Medio Oriente, y con menor detalle en Europa (también menciona a Colombia, como ya lo dije), no aporta elementos decisivos para tener una comprensión profunda y panorámica sobre lo que es en mi opinión la cuestión de fondo, sencillamente porque, como lo descubrí en sus páginas, su objetivo no es el de abordar de manera exhaustiva la cuestión que tiene que ver con la posibilidad de que pueda existir una sociedad humana que funcione de manera exitosa dentro de un contexto en el que el concepto de guerra simplemente no exista. La respuesta a esa pregunta la tendré que seguir buscando por otros medios.
El libro, sin embargo, aporta información valiosa que puede ser de mucha utilidad para Colombia, un país que, para nuestro infortunio, se ha caracterizado por una historia en la que la violencia sigue aún siendo una odiosa compañera de viaje de la que no nos hemos podido desprender; un karma que nos asemeja mucho a tantos países africanos. Porque en la violencia, de una u otra forma, talvez todos tengamos algún grado de responsabilidad, aunque la tienen de manera especial las élites que históricamente han gobernado y también unos grupos armados que, a nombre de unas determinadas ideologías o intereses oscuros, terminan por convertir el arte de la violencia en una forma de vida, cuando no, en un negocio de muerte. Para el mismo Pinzón, citado en el libro (Pág. 319), la negociación con las Farc “Es uno de esos acuerdos que parecen un gran éxito desde fuera, pero muy diferentes internamente”. Es el reflejo de la opinión de muchas colombianos que se niegan a ver en el Acuerdo de La Habana una gran oportunidad para cerrar un capítulo de violencia de nuestra historia, y para quienes la Paz es talvez un arte que no les concierne.
Nota:
El arte de la paz y de la guerra. Comprender nuestras opciones en un mundo en guerra.
Kilcullen, David y Mills, Greg. Editorial Planeta Colombiana S.A., 2025, primera edición, 2025





