Por Luis Fernando Torres G.
Médico Veterinario, UdeA
Especialista en Extensión Rural, UdeA.
Magister en Desarrollo Rural
Este relato es el cuento de Emilio, un minero que se atrevió a vivir distinto después de abandonar el trabajo en la mina de carbón. Está inspirado en la experiencia profesional como veterinario, adquirida en la cuenca carbonífera de la Sinifaná, en Colombia, realizando acompañamiento técnico a algunos mineros y sus familias, cuyo sustento se deriva básicamente del trabajo en las minas de carbón. Su vocación esencialmente minera, heredada de generación en generación, ha hecho difícil implementar alternativas agropecuarias que les generen ingresos suficientes, adicionalmente a sus bajos jornales y escasos ahorros para emprender un proyecto de esa naturaleza. De allí que fue un verdadero reto abrir un nuevo camino en sus vidas, a pensar distinto, a través de algunos proyectos alternativos que mejoraran su calidad de vida. Lo cual me permite también compartir esta experiencia para las nuevas generaciones de profesionales que tienen afinidad con el territorio rural.
Además, un pequeño homenaje a todos aquellos mineros representados en el nombre de Emilio, que se atrevió a vivir distinto, o también de Jairo, Nelson y muchos otros mineros que de alguna forma sacrificaron su juventud y más de la mitad de sus vidas bajo la oscuridad, respirando hondo bajo las montañas.
Mis inicios en un nuevo destino
A comienzos del mes de abril del año 2000, en una mañana espesa, de esas en las cuales las nubes descienden hasta rozar los techos, y en medio de fuertes tormentas eléctricas, llegué por primera vez a Amagá, distante cuarenta minutos de la ciudad de Medellín, un municipio marcado por la tierra negra, por el carbón que durante décadas ha sostenido —y a la vez consumido— la vida de muchos de sus habitantes dedicados al trabajo en las minas de carbón. Allí, la minería no es solo un oficio: es herencia, destino y costumbre. Bajo las montañas se han formado generaciones enteras de hombres y mujeres acostumbrados a descender cada día a la oscuridad, con la fe de regresar a contemplar de nuevo la luz y reencontrarse con su familia. Es en verdad muy absurdo destino: nacer bajo el sol para ganarse la vida en la profundidad de la mina.
Poco conocía de la explotación de los yacimientos carboníferos naturales, salvo los riesgos asociados a la propia actividad: presencia de gases, inundaciones, derrumbes y las explosiones de gas que ocurren adentro. Por estas razones, durante ese corto viaje al lugar de destino, se me cruzó por la memoria la ocasión en la cual visité, en compañía de un familiar que recién había recibido su título como ingeniero de minas, una explotación de carbón del corregimiento Palomos, perteneciente a Fredonia, al sur de Amagá. Ese día recuerdo que, recién entramos y luego descendimos al túnel que conducía a la mina, me devolví de nuevo. Solo alcancé a recorrer unos cuarenta metros para llegar al primer tajo. La escasa luz, la poca ventilación y sentirme aislado del exterior no era lo mío; mi organismo, acostumbrado al trabajo a campo abierto, no lo soportaba. En esta corta experiencia solo alcancé a percibir lo valientes que son los mineros, al desafiar diariamente todos esos riesgos asociados al trabajo dentro de un socavón.
Me instalé, entonces, en aquella provincia de la cuenca del Sinifaná como veterinario, después de haber permanecido varios años en diferentes regiones antioqueñas acompañando a pequeños productores y su núcleo familiar en proyectos agropecuarios. Tenía una tarea para cumplir en Amagá que desde el comienzo comprendí que se constituía en un reto profesional y el cual no sería sencillo enfrentar: trabajar al lado de los mineros para intentar cambiar su vocación minera y motivarlos a explorar otras formas de subsistencia. La idea era abrir caminos distintos, sembrar otras posibilidades —cultivo de hortalizas, cría de gallinas y cerdos—, en resumen, brindarles las oportunidades de un trabajo más seguro para sus vidas y a cielo abierto, imaginar otra vida. Lo anterior representaba menos riesgo, recibir más luz en las horas del día, en fin, más calidad de vida. No se trataba de negarles la minería, sino de abrir otras posibilidades. Pero decirlo era fácil, convencerlos era diferente, algo complicado. En Amagá la minería se aprende en la casa, se transmite como un legado.
Mis primeros contactos con los mineros y un hecho inesperado
El primer acercamiento con la zona minera no fue como me lo esperaba, es decir, cumplir con un cronograma de visitas de diagnóstico en campo para conocer más de cerca la problemática socioeconómica y las necesidades de la población rural, especialmente la minera, en aquellas veredas en las cuales habitaban numerosos trabajadores y sus familias, donde estaban asentadas la mayor parte de las minas de carbón: La Ferrería, La Gualí, Piedecuesta, Maní de las Casas, La Clarita, entre otras. Las mencionadas veredas serían lugares que establecería como prioritarios para iniciar reuniones de acercamiento con esas comunidades y ejecutar un plan que las motivara a buscar otras opciones de aprovechamiento de sus pequeños terrenos donde habitaban.
Así pues, un hecho sorpresivo y poco común en el ejercicio profesional cambió esos planes iniciales. Resulta que, a la oficina, en horas de la mañana de mis primeros días de trabajo, se acercó, procedente de la vereda La Clarita —distante unos veinte minutos de la cabecera municipal—, una persona que se identificó como Emilio, nombre que se me quedó en la memoria, que por su rostro oscuro con polvo de carbón e indumentaria que portaba imaginé que era un trabajador de la mina. Llegó con el propósito de reportar un accidente que había sufrido un caballo de trabajo de propiedad de un vecino de la mencionada vereda; el infortunado animal había caído por la boca de un socavón que estaba oculto por unas crecidas malezas del potrero donde pastaba, y fue a parar a unos treinta metros del túnel que conducía a la mina de carbón abandonada, manifestó aquel inesperado visitante. De momento no dimensioné la repercusión del accidente ni tampoco el verme inmerso dentro de ese túnel.
De inmediato, preparé el equipo de urgencias veterinarias, me puse el uniforme de trabajo y, en compañía de aquel sorprendido trabajador, me desplacé al lugar de la emergencia. Varios mineros de la zona que intentaron rescatar aquel indefenso animal del socavón esperaban expectantes mi llegada e inmediatamente ofrecieron todo su apoyo para lo que se pudiera hacer por el caballo, ayudarle a regresar a tierra firme y recibir de nuevo los destellos de sol que salían a esa hora del día. Bajamos uno a uno hacia el túnel, guiados por las luces de las linternas que portaban sus cascos, hasta llegar al sitio donde estaba postrado aquel indefenso animal. Rápidamente hice una evaluación clínica del caballo, procedí a hidratarlo y luego a realizar los preparativos necesarios para regresarlo, sin ningún maltrato, a su lugar de pastoreo. Fue necesario someterlo a sedación con el fin de no lastimarlo y facilitar su manejo para acomodarlo sobre una camilla improvisada con maderos que acondicionamos debidamente, para posteriormente ser sacado del socavón atado con cuerdas mediante tracción, aprovechando la unión de las fuerzas y voluntades de aquellos arrojados mineros, en los cuales valoré el sentimiento de solidaridad.
Llegamos a la superficie con algunas dificultades que pudimos vencer, sin ocultar luego la complacencia que se manifestaba en nuestros rostros por la tarea cumplida, ante la sorpresa de muchas personas que transitaban por el sitio esperando el desenlace de este inusual accidente en la zona minera. Al cabo de tres horas de arduo trabajo, comprobé con mucha satisfacción que no sentía mucha fatiga, a pesar de haber pasado ese tiempo dentro del socavón. Emilio y los demás mineros se me acercaron para darme las gracias por el procedimiento realizado en beneficio del animal y, desde luego, de su propietario. Con un apretón de manos me despedí de todos aquellos mineros que estuvieron presentes en esa labor de rescate y les manifesté que pronto estaría de regreso en esa zona, primero que todo a la revisión respectiva del caballo para ver la manifestación de posibles secuelas que le hubiesen quedado y, en segundo lugar, para conocer un poco más de cerca sus necesidades en materia de algún apoyo que les pudiera ofrecer para vincularlos a los programas agropecuarios que tenía el municipio, a lo cual me escucharon con visible interés.
Minutos más tarde, me desplacé a la orilla de la carretera y abordé el vehículo colectivo que me llevaría nuevamente a la oficina de Amagá. Los nombres de Fernando, Jairo, Mario, Albeiro, Carlos, José, Lázaro, Ángel y Emilio quedaron en mi memoria. Quizás nombres comunes a muchos que, en el pasado, venciendo los desafíos propios del trabajo en la mina en busca de su sustento, quedaron atrapados bajo tierra.
Valoré durante ese corto viaje de regreso, también, la condición humana y la escasa recompensa por la insuficiencia de los salarios de aquellos trabajadores de las minas de carbón, que años atrás catalogué solo como unos héroes por su continuo desafío de exponer sus vidas dentro de la mina. Repensé, además, que, así como fue posible liberar ese infortunado animal de la oscuridad de la mina a pesar de los obstáculos, también era posible hacerlo, pero de manera diferente, es decir, sin el empleo de medios forzosos, con aquellos humildes trabajadores de la mina de carbón, que algún día, ofreciéndoles mejores oportunidades y debidamente guiados, decidieran desprenderse del trabajo de la profundidad de la mina y tener una vida mejor con un trabajo diurno al pie de sus familias.
Fue entonces, en una de esas visitas domiciliarias a la zona minera, cuando conocí un poco más de Emilio y a su familia. A diferencia de otros mineros, él escuchaba con atención. Preguntaba. Dudaba, sí, pero no cerraba la puerta. En sus palabras había cansancio y sueños acumulados, pero también una chispa distinta: el deseo de salir del socavón sin sentir que traicionaba su historia. Emilio fue uno de aquellos mineros de los cuales tanto visité que más se motivó a dejar la mina y apostar por las labores agrícolas, sin saber que esa decisión —tan sencilla en apariencia— marcaría para siempre su destino.
A pesar de todo, la minería corre por la sangre en Amagá. Se aprende desde niño, se hereda como el apellido. Por eso el proceso con los mineros para trabajar de otro modo y transformar sus vidas fue largo. Requirió paciencia, visitas repetidas a los pequeños predios, necesitó de largas conversaciones con las familias en las cocinas de sus casas, en los pasillos, en los patios. Hubo miradas desconfiadas. Silencios prolongados me encontré en muchas de ellas. Había que demostrar que el día también podía dar sustento, que la tierra, además de carbón, podía ofrecer alimento y traer un futuro más esperanzador.
Emilio, un viejo minero de estatura mediana, de constitución delgada y algo pálido, fue un hombre que aprendió a medir el tiempo sin relojes. Bajo tierra, las horas no pasaban: se acumulaban. En la mina de carbón de Amagá, el día y la noche eran solo palabras que perdían sentido apenas se descendía por el túnel a media luz, húmedo y estrecho. Allí, a sus cuarenta años, Emilio llevaba más de media vida respirando polvo negro, escuchando el crujido de la tierra y confiando en que cada jornada terminaría con el regreso feliz a la superficie y al reencuentro con su familia.
Aquel trabajador de la mina no era una persona de quejas ni pesares internos; al contrario, tenía la fuerza necesaria para sacar la familia adelante. Como muchos otros mineros del municipio, había heredado el oficio casi sin preguntarse si lo quería. El carbón daba el sustento diario para comer, para vestir y costear el estudio a sus dos hijas, para sostener un hogar humilde, pero digno.
La salida a la luz
Sin embargo, con el tiempo, algo empezó a crecerle por dentro: una necesidad silenciosa de volver a ver el sol sin prisas, de sentir el cansancio del trabajo, pero bajo el cielo abierto y no bajo toneladas de tierra.
La decisión no fue fácil. Dejar la mina era, para muchos, una locura. Pero Emilio me había escuchado hablar en reiteradas ocasiones de un atractivo proyecto impulsado por la alcaldía: apoyo a campesinos para la cría de cerdos y gallinas y el establecimiento de huertos familiares. Al principio lo vio como un complemento a su trabajo en la mina, una ayuda. Luego, como una salida.
El terreno de su propiedad, que había logrado conseguir gracias a sus pocos ahorros conseguidos como jornalero de la mina, era pequeño, pero fértil. Con paciencia fue limpiándolo, cercándolo, sembrando maíz y frijol, que aprendió a cuidar casi con la misma disciplina con la que antes revisaba su ropa de trabajo, su lámpara y su casco. Cada recomendación que le dábamos los técnicos de la administración municipal la tomaba en serio, como si se tratara de una orden vital. En especial escuchaba con atención las indicaciones que le brindaba como veterinario. Visitaba semanalmente la oficina para reportar cualquier novedad: un cerdo que no comía igual, para consultar sobre una cerda de cría demorada en el parto, o un comportamiento extraño de sus animales. Tomaba su tiempo, también, para informar al técnico agrícola sobre la presencia de unas hojas marchitas en algunos de sus cultivos. De esta forma, Emilio fue experimentando una rutina diferente a la acostumbrada dentro de la veta.
Su esposa, en esta nueva etapa, lo acompañaba sin reservas. Las hijas, iniciando su juventud en los primeros grados de colegio, aprendieron pronto a ayudar en los oficios domésticos: limpiaban, ordenaban la casa, atendían la pequeña tienda de comestibles que Emilio había instalado frente a su vivienda. Allí vendía café, panes, cigarrillos, algo de comida caliente, especialmente los fines de semana. Los mineros, en su diario transitar rumbo a la mina, lo saludaban con respeto. Algunos lo admiraban en silencio: trabajaba de noche bajo tierra y, aun así, encontraba fuerzas para atender su negocio y su nueva apuesta de nuevos ingresos: el proyecto agropecuario.
Hasta que un día tomó la decisión y, definitivamente, no volvió a la mina.
Emilio dejó el casco colgado, la lámpara guardada y alguna indumentaria de trabajo de la mina para sus labores en el huerto. Salir definitivamente de la oscuridad fue como volver a nacer. Empezó a madrugar con alegría y con un aire diferente, a cuidar sus cerdos, a remover la tierra del huerto mientras el sol subía lento sobre las montañas antioqueñas. Se le veía distinto: más ligero, más vivo. Reía con facilidad. Hablaba de planes, de ampliar el criadero, de asegurar un futuro distinto para sus hijas, que soñaban con terminar el bachillerato. Se volvió un nuevo agricultor modelo para su vereda.
Era habitual en mi trabajo de campo hacer visitas periódicas a los beneficiarios de los proyectos agrícolas del municipio. Un miércoles en la tarde, hice un recorrido por algunos predios cercanos a la casa de Emilio, en los cuales tenía pendiente incorporarlos al proyecto que venía promoviendo la alcaldía con los mineros, teniendo en cuenta los resultados logrados con aquel hombre diferente que renunció al trabajo de la mina para dedicarse a la agricultura. Pero cómo no visitarlo, preguntarle cómo avanzaba en su nueva vida de agricultor, con más tiempo de dedicación a su familia y a la pequeña tienda de comestibles, en la cual evidencié que exhibía una gran variedad de productos.
Solo manifestó:
—Estoy muy agradecido con usted, señor veterinario. El domingo lo invito a tomarnos un fresquito —haciendo referencia a un trago de aguardiente o una cerveza.
Dirigiendo la mirada hacia mí, con aire de optimismo, se despidió.
Pero la vida, como la mina, también guarda derrumbes inesperados.
Ocurrió precisamente en la mañana clara y tranquila del domingo de esa misma semana. La tienda estaba abierta y el olor del café recién hecho se mezclaba con el aire fresco. Fue entonces cuando apareció aquel hombre: alguien ajeno al lugar, un rostro que Emilio no reconoció. Nadie imaginó que esa visita extraña, en plena luz del día, marcaría el final de su historia. Emilio cayó sin entender, sin tiempo siquiera de pensar en sus hijas, en los cerdos, en la tierra húmeda del huerto que había regado esa misma mañana. Cayó a plena luz del día, lejos de la mina, pero atrapado igual por otra forma de oscuridad.
Ahí, en ese instante, se apagó la sonrisa de Emilio: el minero que tuvo el valor de salir de la oscuridad buscando una vida mejor.
Volví a pensar en Emilio tiempo después, cuando me disponía a cumplir otras visitas. La mina seguía allí, respirando hondo bajo las montañas, como si nada hubiera pasado. Los turnos continuaban, los cascos seguían colgados en las mismas paredes, y nuevos hombres bajaban cada día al socavón con la naturalidad de quien cumple un destino heredado.
La historia de Emilio no cambió al pueblo. No detuvo la minería ni transformó de golpe la vida de los demás. Pero dejó una huella discreta. Algunos todavía lo mencionan cuando se habla de alternativas, cuando alguien duda antes de entrar a la mina, cuando se mira un terreno y se piensa en sembrar algo más que carbón.
Entendí entonces que los cambios verdaderos no siempre hacen ruido. A veces ocurren en silencio, en decisiones íntimas, aunque el mundo no siempre esté listo para acompañarlos. Emilio salió de la mina buscando luz, y aunque su historia terminó de forma injusta, su intento sigue siendo un acto de dignidad.
En Amagá, la tierra recuerda. Recuerda a los que la excavaron y a los que intentaron trabajarla de otro modo. Y en esa memoria, Emilio no es solo un minero que murió, sino un hombre que, por un tiempo, se atrevió a vivir distinto.



