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Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

¿Será esta una ECM a la inversa?

Quienes han pasado por un proceso de muerte clínica y luego han recobrado la vida física -ECM, generalmente narran que esta experiencia los ha llevado a transitar, luego de atravesar un misterioso túnel, por un mundo maravilloso, caracterizado por la paz, un clima de amor de naturaleza inexplicable e inundado de una luz maravillosa. Un mundo en el que las diferencias de clase, de sexo, de raza e ideológicas son cosas inexistentes, pese a que en algunos casos quienes experimentaron este increíble estado de felicidad vieron también escenas de sufrimiento, como lo narró la “Gorda Fabiola”, quien en su ECM dijo haber visto una especie de caverna oscura por la que vagaban almas en pena. No obstante, en la inmensa mayoría de esta especie de relatos predomina la existencia de una dimensión de energía y de paz indescriptible que es percibida como algo “más real” que nuestra propia realidad.

Sin embargo, al reflexionar sobre el estado del mundo en el que vivimos hoy, no puedo menos que pensar que estamos viviendo el resultado de una especie de ECM pero a la inversa. En efecto, de acuerdo con el calendario cósmico, hace apenas unos minutos mi vida transcurría en un planeta en el que las cosas se sucedían dentro de un marco de valores morales fundamentales aceptados por los humanos, según las cuales principios como el respeto por la independencia de los países; el respeto por el derecho de cada país de disponer por sí mismo de sus propios recursos naturales; el respeto de su derecho a decidir sobre su propio destino y su forma de gobierno; el respeto por la vida de los débiles, así como la certeza de que a las personas no se les mide por el color de su piel, por las riquezas materiales que posee o por su género. Todos estos principios eran líneas rojas que nadie, por poderoso que fuera, tenía la facultad de traspasar, so pena de ser puesto en la picota pública para ser anatematizado por el mundo entero o quedar relegado al casillero de los tiranos y criminales, convertidos en modelos de degradación que avergüenzan a la humanidad. ¿Que existieron casos excepcionales? ¡Sí, claro! Un Hitler, un Stalin, un Idi Amín, un Augusto Pinochet y otros seres inimaginables de igual condición. Pero estos casos eran una especie de error de la naturaleza o una puesta a prueba a la humanidad por parte de un dios encolerizado para que esta se enmendara de sus pecados. Una vez desaparecidos  -se pensaba- el mundo recobra su normalidad.

Estando en estas meditaciones, me encuentro, de pronto en el quirófano mental de mis elucubraciones. Sé que he muerto y solo espero que aparezca el túnel que habré de recorrer para llegar a un mundo desconocido. ¿Estaré próximo a acceder a la dimensión maravillosa de la que hablan las ECM? ¡La expectativa es inmensa! Pero, ¡oh suerte fatal! el tan mencionado túnel me llevó a un planeta que jamás hubiera podido imaginar por las cosas tan caóticas y oscuras que en él ocurren. ¿A qué sitio del Universo habré venido a dar? Desde luego, se parece a la Tierra, pero es imposible que haya cambiado tanto en tan poco tiempo, a pesar de que, en apariencia sigue siendo el mismo planeta en el que habitaba hace apenas unos minutos. ¿Se equivocaron mis guías espirituales o me están haciendo una broma pesada?  -¡No es una broma, es la misma Tierra que conociste en vida pero que ha sufrido una transformación causada por ustedes mismos, los humanos!- dice una voz que llega directamente a mi supra consciencia.

Entonces lo veo todo con claridad. Sí, esta es la Tierra, una Tierra extraña que es ahora un inmenso corral en el que un capataz, agitando portaviones, destructores, misiles, muñecos marines, súper aviones y herramientas tecnológicas increíblemente desarrolladas (que, en mi vida anterior, había visto siempre como medios para hacer del planeta un mejor vividero), poseedor además de inmensas riquezas, sentado en un escritorio –trono, rodeado de segundones que, de pie y respetuosamente, aplauden sus declaraciones o celebran sus salidas graciosas, grita fuertemente para que todos los seres lo escuchen con claridad: “Todos ustedes son mis vasallos y, por lo tanto, me deben obediencia y sumisión”. Con incredulidad observo a todos los presentes que, como ganado obediente lo escuchan como si se tratara de a una especie de fenómeno de la naturaleza. Unos, de rodillas lo alaban y celebran sus actos porque, según dicen, es la especie de dios que ha venido a salvarlos de sus enemigos; otros lo observan con cara de desconfianza, pero, al mismo tiempo como a alguien de cuyo poder se pueden beneficiar en algún momento, mientras que otros, con su cara en alto, muestran en sus rostros una clara determinación de no dejarse convertir en esclavos, con la certeza de que habrá de llegar el momento en el que el poder de este hombrón terminará.

-¿En qué piensas?”-, me pregunta mi guía espiritual. -No lo sé, pero esto trae a mi memoria algo que leí una vez en alguna parte de la Biblia. No sé por qué siento que aquí se está cumpliendo la nefasta profecía que leí en ese pasaje-, le respondo. Entonces, lo recordé: ¡claro! Se trata del libro del Apocalipsis. -… más exactamente, del capítulo 13- precisó el guía espiritual. -¿Por qué, pregunté anonadado, le pasan estas cosas a mi planeta? ¿Tan graves han sido nuestros pecados para merecer semejante castigo?- Lo dije con desconcierto, casi con enojo. Entonces mi guía espiritual, en un tono que me recordó al amigo que siempre vi como a mi padre, me dijo: –No es un castigo; es una oportunidad de aprendizaje que le estamos dando a los humanos, para que entiendan que el camino de la acumulación de poder y de riquezas, sin tener en cuenta los valores del amor, del respeto por la vida, por los derechos de los demás y por la naturaleza misma, sólo lleva al odio y el odio solo lleva a la autodestrucción-.

-Y ahora, me dijo el guía, es hora de regresar a la Tierra porque tu experiencia de aprendizaje ha terminado-. Entonces desperté para encontrarme de nuevo enfundado en el cuerpo que la naturaleza me dio, con el asombro de haber vivido, en el sentido más profundo de la expresión, una experiencia vital que habrá de ayudarme a entender más claramente este mundo en el que el destino me situó un día.

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