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Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

¿Y si en lugar de armas, usáramos nuestra inteligencia?

Cuando reflexiono sobre la historia de la especie humana hay dos cosas que me impresionan profundamente. Una es la capacidad de los humanos para encontrar soluciones ingeniosas a cuanto problema se le atraviesa por el camino de la evolución, para hacer más vivible nuestra coexistencia; más fácil el trabajo y más cómoda la convivencia. La otra es todo lo contrario: es la capacidad para encontrar métodos de destrucción para hacer más difícil y trágica esta misma coexistencia. Ambas son productos distintos de esta misma especie: aquella es el resultado de su parte más noble y admirable; esta otra, el resultado de su lado más oscuro y execrable. A aquella la llamo ingenio, a esta estupidez.

Veamos. ¿Qué sería hoy de la humanidad si aquel primitivo hombre de las cavernas, en la antigua Mespotamia (hoy Irak) por allá en el 3.500 o 4.000 antes de nuestra era, no se le hubiera ocurrido que, tomando el tronco de un árbol, lo podía partir en rodajas y, luego, haciéndole un hueco en el centro a dos de esas rodajas, podía unirlas con una vara para ponerlas a rodar simultáneamente y, de esta manera, convertir ese proto artefacto en la base de un carro en el que poder cargar las piedras que necesitaba para erigir el altar donde hacer sacrificios a sus dioses, a fin de que estos le fueran propicios con las lluvias? Para nosotros hoy la rueda es algo tan normal como respirar, y ya sabemos todo el desarrollo tecnológico que la humanidad ha construido a partir de aquel tronco de madera prehistórico, y ni siquiera nos detenemos a pensar en el gran nivel de inteligencia que la humanidad tuvo que haber alcanzado para llegar a este resultado tan trascendental. Podríamos seguir hablando de innumerables inventos sin los cuales la vida actual sería imposible. Pensemos, por ejemplo, en el tornillo y la tuerca. ¿A quién se le ocurriría algo así tan ingenioso? La conclusión es clara: el ingenio humano para encontrar soluciones pacíficas a todo tipo de problemas de la vida diaria no tiene límites.

¿Pero entonces por qué –hablando de la segunda característica que me impresiona de la humanidad–, si eso es así, este mismo ingenioso ser humano no ha podido encontrar una manera de solucionar los problemas que plantea la coexistencia humana diferente a matarse unos a otros? En otras palabras, ¿por qué los humanos parecen estar condenados por algún tribunal infernal a utilizar las guerras casi como si esa fuera la única forma existente e inevitable para solucionar sus diferencias? Y lo increíble de esta realidad es que es algo que ha estado presente en la condición humana desde sus orígenes. De hecho, la guerra en sí ha sido considerada, ¡increíblemente!, como un arte. El arte de la guerra lo llamó el chino Sun Tzu en el año 500 antes de nuestra era. De esta forma, casi que estudiar la historia de las guerras es estudiar la historia de la humanidad. Ya se trate de los pueblos de la primitiva Mesopotamia, de los griegos, de los egipcios, o de las súper desarrolladas naciones del siglo XXI, todos tienen algo en común: las guerras. Casi que sin excepción (aunque las hay) cada uno de los reyes o faraones, dictadores o presidentes son, antes que administradores de un pueblo, ¡jefes militares! Guerreros que no saben hacer otra cosa que la guerra y, si les queda tiempo, administrar su reino o el Estado que los eligió. A ellos generalmente se les retrata y admira como señores poderosos y se les ensalza por sus triunfos militares, así como la destrucción y las muertes que causan.

Es tan arraigada la práctica de la guerra, que aun en un caso como el del pueblo de Israel, una nación creada, en el más estricto sentido de la expresión –si hemos de aceptar como auténticas las palabras de la Biblia– por el mismísimo Dios en persona, se impuso sobre los pueblos a cuyos territorios emigró después de su salida de Egipto, no mediante la razón (se suponía que Dios mismo, el origen supremo de la misericordia y de la sabiduría, lo inspiraba) sino mediante la fuerza de las armas, a veces con una violencia y crueldad que lo estremece a uno, como fue el caso de la toma de Jericó. Y ni hablar de la Edad Media Europea, a lo largo de la cual la Iglesia Católica llegó a ser prácticamente la dueña y señora de todo el continente, como heredera del Imperio Romano. En esa época, con toda seguridad, no hubo un sólo siglo en el que las guerras de toda naturaleza no estuvieran presentes, lo que demuestra que ni siquiera una doctrina basada en las enseñanzas del más emblemático modelo de la caridad, de la justicia y del perdón, como fue Jesucristo, han podido hacer algo para transformar la naturaleza guerrerista de los humanos; condición esta tan deshumanizante y degradante. Todo hasta el punto que muchas de esas guerras se hicieron –¡vaya paradoja!– en nombre de una religión, entre ellas la religión cristiana.

Dirán los adictos a la violencia que así es la naturaleza y ponen el ejemplo del reino animal, en el que sobrevivir es imposible si no es mediante la muerte de otros animales, lo cual es cierto, sobre todo entre los carnívoros. Pero estos filo violentos olvidan –o se hacen los estúpidos para no reconocerlo– que entre los hombres y los animales hay una diferencia crucial. Lo que significa que los animales matan porque no tienen alternativa, así están diseñados por la naturaleza; de otra forma habrían desaparecido ya. Pero los humanos tienen un recurso que les permite buscar alternativas para solucionar los conflictos mediante métodos diferentes al de matarse: ese recurso es la inteligencia de la que los proveyó esa misma naturaleza, que es lo mismo que decir Dios. Tal vez lo más desolador de todo esto es que, si bien el ser humano ha logrado avances impresionantes en materia de ciencia y tecnología, en materia de humanismo, incluida la capacidad de usar la inteligencia para resolver los conflictos de coexistencia mundial, este se encuentra, sin duda alguna, en el nivel en el que se encontraban sus antepasados hace 4.500 años antes de nuestra era, sólo que las armas ahora no son piedras o garrotes sino portaviones, misiles balísticos y la terrorífica bomba atómica. ¡Cómo nos hace de falta un nuevo cavernícola, con la inteligencia de aquel lejano antepasado, capaz de sacar de este tronco que es el ser humano la rodaja que permita construir la, aún no inventada, rueda de la paz!  

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