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Por Carolina Restrepo De los Ríos
Normalista Superior 2025 IENSA

En el alma de cada escuela habitan maestras que dejan huellas invisibles, pero eternas. No enseñan sólo con palabras, sino con la calidez de sus gestos y la entrega que ponen en cada día. En ellas, la enseñanza se vuelve un acto de amor, una forma de sembrar vida en otros. Así es Luz Stella Gaviria Álvarez, una mujer que lleva en su voz la ternura de la montaña, en su mirada la fuerza de la esperanza y en su historia el amor inquebrantable por la educación.

Nació un 17 de enero de 1979 en Amagá, Antioquia, un pueblo minero que respira tradición y donde la vida transcurre al ritmo de los saludos, las risas y el trabajo. Creció rodeada del afecto de su familia, junto a sus cuatro hermanos, sus padres, su abuela y su tía materna. Recuerda su niñez como un tiempo tranquilo, lleno de juegos en la calle, olor a tierra mojada y tardes de estudio junto a su mamá y a su tía materna, quienes le enseñaron las primeras letras, a sumar, a restar y a escribir su nombre antes siquiera de entrar al grado primero.

Desde entonces, lo tuvo claro: quería ser maestra. Jugaba a la escuelita con sus peluches, escribía en cuadernos viejos y dibujaba pizarras en la pared. Nadie la convenció, fue un sueño que brotó solo, como las flores que nacen entre las piedras.

En la secundaria conoció a Rosa América Peñaloza, una maestra que admiraba profundamente por su sabiduría y su amor por la cultura. Con ella comprendió que enseñar podía ser un acto de libertad, de sensibilidad y de profunda humanidad. Con el paso de los años, su deseo infantil se convirtió en un propósito de vida. Se formó en la Universidad de Antioquia como licenciada en Educación Básica con énfasis en Lengua Castellana, y luego continuó estudiando sin descanso: especializaciones en Telemática, Administración y Gerencia Informática, y finalmente una Maestría en Educación, línea en Enseñanza de la Lengua y la Literatura.

Cada título fue más que un logro académico: fue una forma de reafirmar su compromiso con la enseñanza. Su trayectoria de 28 años en la docencia la ha llevado por distintos lugares del departamento: comenzó en el Colegio Diocesano Mar de Risas en Necoclí, pasó por escuelas rurales sin agua ni electricidad y, en cada sitio, supo convertir las carencias en oportunidades. Recuerda con emoción cómo, en un pequeño caserío de Necoclí, llamado Iguana Porvenir, reunió a la comunidad para mejorar la escuela: entre todos la pintaron, arreglaron los pupitres y sembraron flores. “Queríamos que la escuela se viera linda, porque cuando algo se ve bonito, también se cuida con amor”, dice con una sonrisa. En este recorrido, llegó a la vereda El Nudillo del municipio de Angelópolis, luego a la zona urbana de este municipio en la I.E. San José y finalmente, después de muchos años por fuera, regresó a Amagá, a la I.E. La Ferrería, ahora, sede Luis Carlos Parra Molina de la I.E.R. Belisario Betancur, lo cual representó una etapa de profundas huellas y aprendizajes compartidos, donde no sólo enseñó contenidos, sino que sembró valores, fortaleció vínculos comunitarios y reafirmó el sentido de la escuela como un espacio de cuidado, esperanza y transformación, dejando un significado que aún perdura en la memoria de la comunidad educativa.

Actualmente está vinculada a la Escuela Normal Superior de Amagá, su casa educativa desde hace más de once años. Allí no solo enseña lengua castellana: forma futuros maestros. Los acompaña, los escucha, los reta y los invita a soñar con una educación distinta. “Ser formadora de formadores es una responsabilidad inmensa dice, pero también una alegría enorme. Es como ver encenderse una luz en cada uno de ellos”.

Su familia, conformada por sus dos hijos, Nelson Andrés y Evelyn, ha sido su sostén y su orgullo. A través de ellos aprendió que la ternura no es debilidad, sino fuerza. Y esa misma ternura la ha llevado al aula, donde enseña con el alma abierta, comprendiendo que cada estudiante tiene una historia que merece ser escuchada. La maestra Luz Stella ha vivido momentos difíciles.

Se formó en tiempos en los que ser maestro era un acto de coraje, en medio del miedo y la violencia que marcaban al país. “Ser docente era apostar por la vida, recuerda, por la diferencia, por creer que otro mundo era posible”. También ha tenido que enfrentar duelos personales, pero siempre encontró refugio en sus estudiantes. “En los momentos más duros dice con voz suave, ellos fueron mi cura y no lo supieron. Me dieron motivos para seguir sonriendo”.

Su manera de enseñar está profundamente atravesada por la esperanza. Cree en la bondad, en el respeto, en la ternura. Educar, para ella, es creer que cada joven puede cambiar su historia y la del mundo. Por eso, en sus clases, la escritura se convierte en un acto de encuentro. Les pide a sus estudiantes que escriban sobre lo que sienten, lo que los alegra o les duele. “A través de las palabras -explica- ellos se miran, se piensan y se descubren. Escribir también sana”.

Su pedagogía podría resumirse en tres palabras: formación, entrega y felicidad. Pero detrás de cada una hay un universo de gestos, miradas y silencios compartidos. Enseñar, para ella, no se trata sólo de planear una clase o evaluar un texto, sino de acompañar procesos humanos.

Cuando se le pregunta qué huella quiere dejar, no habla de premios ni reconocimientos. Sólo dice: “quisiera que me recordaran como una maestra que disfrutó profundamente su profesión, que se sintió afortunada de compartir la vida con sus estudiantes y que nunca dejó de aprender de ellos”. Y eso resume todo: su amor por el oficio, su respeto por la juventud, su fe en la educación como camino de transformación.

Luz Stella Gaviria Álvarez es una maestra que enseña con alegría, que escucha con ternura y que acompaña con paciencia. Una mujer que ha hecho de la escuela un lugar donde las palabras florecen, donde el respeto se cultiva y donde la esperanza sigue viva, día tras día, en cada mirada curiosa que la encuentra.

*Sobre la autora

Carolina Restrepo De los Ríos es Normalista Superior egresada de la Institución Educativa Normal Superior de Amagá. Como parte de su investigación para optar al título de Normalista Superior desarrolló un proyecto basado en narrativas biográficas con el propósito de reconocer el legado y la vocación de los maestros que inspiran y transforman la vida escolar. Su investigación se enmarca en las 13 condiciones de calidad, específicamente en la condición de innovación e investigación educativa.

El resultado de este proceso fue la construcción de tres narrativas publicadas en el Periódico EL SUROESTE. Esta tercera y última entrega corresponde a la historia de la maestra Luz Stella Gaviria Álvarez, una educadora cuya trayectoria refleja el amor, la entrega y la esperanza que habitan la escuela.

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