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Por Andrés Chica Londoño
@andreschicalondono

Durante demasiado tiempo, miles de mujeres en distintos sectores, no sólo en el periodismo, han tenido que aprender a sobrevivir en silencio. A normalizar comentarios inapropiados, a esquivar miradas incómodas, a tolerar abusos de poder disfrazados de oportunidades. Han tenido que calcular cada palabra, cada reacción, cada decisión, porque sabían que hablar podía costarles su carrera.

Ese es el verdadero problema: que el silencio no fue una elección, fue una imposición.

Hoy ese silencio se está rompiendo. Y no por casualidad, sino porque cada vez más mujeres están dispuestas a nombrar lo que durante años fue minimizado, negado o encubierto. Lo que está saliendo a la luz no son casos aislados: es una estructura que permitió que el acoso se instalara como una práctica tolerada en entornos laborales.

Las voces de mujeres periodistas han sido clave para visibilizar esta realidad.

María Andrea Nieto lo dijo con claridad: el acoso sexual existe, se transforma y muchas veces no pasa nada cuando se denuncia. Ese “no pasa nada” es lo que ha sostenido el problema. Porque cuando una mujer habla y el sistema responde con indiferencia, lo que se perpetúa no es sólo el abuso, sino la impunidad.

En esa misma línea, Laura Palomino fue contundente: «no existen vacas sagradas intocables». Esta afirmación rompe con una de las raíces más profundas del problema: la protección de figuras de poder por encima de la dignidad de las mujeres. Durante años, muchas callaron no sólo por miedo al agresor, sino por el peso de estructuras que protegían nombres, cargos y reputaciones.

Ni una más callada: el trabajo no puede seguir siendo territorio de acoso

Catalina Botero lo reconoce: «muchas mujeres no denunciaron porque sabían lo que estaba en juego». Porque en entornos donde el poder define oportunidades, hablar podía significar quedarse por fuera. Y eso, en la práctica, se tradujo en silencios forzados. Silencios que tuvieron consecuencias reales.

Paola García lo evidencia con una frase que debería sacudir cualquier conciencia: un jefe acabó con su carrera. Esa realidad no puede seguir siendo aceptada como parte del costo de trabajar. Ninguna mujer debería tener que elegir entre su dignidad y su proyecto profesional. Pero durante años, ese tipo de situaciones se disfrazaron de normalidad. Se minimizaron como “momentos incómodos”, como “malentendidos”, como “cosas que pasan”. Por eso es tan importante lo que plantea Juanita Gómez: «no eran momentos incómodos, eran conductas normalizadas». Y cuando el abuso se normaliza, deja de cuestionarse, deja de denunciarse, deja de importar.

Sin embargo, hoy también hay señales de cambio. El respaldo entre mujeres empieza a ser más visible, más firme, más colectivo. Lina Tobón lo dice con claridad: “las apoyo y les creo”. En una cultura donde históricamente se ha dudado de las víctimas, creer es un acto transformador. Es reconocer que lo que vivieron es válido, que su palabra tiene peso, que no están solas.

Y también es fundamental reconocer a quienes no pudieron hablar.

Angie Paola Alquichides lo recuerda: el miedo es real. Denunciar no es fácil, no es igual para todas, no ocurre en las mismas condiciones. Muchas mujeres callaron porque el sistema no las protegía. Y ese silencio no puede ser juzgado, tiene que ser entendido como el resultado de un entorno que no garantizaba justicia.

Las mujeres ya hicieron lo más difícil: hablar, denunciar, nombrar. Lo hicieron María Andrea Nieto, Laura Palomino, Catalina Botero, Paola García, Juanita Gómez, Lina Tobón y Angie Paola Alquichides. Y con ellas, muchas otras que hoy empiezan a encontrar la fuerza para hacerlo. Ahora la responsabilidad es de todos los sectores. Garantizar entornos seguros no es una opción, es una obligación. Prevenir, sancionar y transformar no puede quedarse en discursos. Tiene que traducirse en acciones reales, sostenidas y verificables.

Porque ninguna mujer debería volver a sentir que el silencio es la única forma de mantenerse en su trabajo. Ni una profesional más en silencio. Ni una más obligada a soportar. Ni una más enfrentando sola lo que es, claramente, una responsabilidad colectiva.

El silencio protegió al poder; la verdad tiene que proteger a las MUJERES.

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