Por Cristian Alejandro Agudelo Sánchez Colaborador municipio de Amagá
No hay motor más potente que el corazón de un soñador
Esa exclamación que se ha hecho ya una suerte de paisaje en el lenguaje, y en las situaciones de vida para muchas personas en diferentes contextos, la de “No estoy llorando, sólo me entró un sucio en el ojo”, también en algún momento la he referenciado en la siguiente clave poética, no ha sido el llanto, eso lo aseguro, esta humedad que me empaña el camino. Es sólo que el mundo, en su afán de girar tan rápido, ha soltado una pequeña esquirla de realidad que ha venido a refugiarse bajo mis párpados. Sin embargo, lo anterior es una manera de negar la acción mientras se afirma la emoción. De ese modo entonces, abro para el destino de estas líneas, lo que es, el cambio de la premisa anteriormente esbozada: No es que esté llorando, es que un Chucho se nos ha entrado en el ojo.
La gratitud y el reconocimiento a la persona, al deportista y a la configuración de este escrito, ha obedecido a mi práctica de ciclismo de forma amateur. Desde hace algunos años, sin embargo, el ciclismo me ha mostrado diferentes ángulos y perspectivas en cómo el cuerpo llevado a condiciones de exigencia puede tener un mayor resultado y rendimiento, justamente es lo que deseo narrar a manera de confidencia.
Cuando pude armar la primera bicicleta, en el taller de don Behnur Zapata en el año 2018 (a este maestro del ciclismo en Antioquia y en Colombia también deseo dedicarle en otro momento unas líneas) encontré que el ciclismo me sobrepasa, y después de varios años de práctica en el MTB (ciclismo de montaña o de ruta en una bicicleta de montaña) mis experiencias han sido renovadoras producto del esfuerzo, la convicción, la determinación y la disciplina para notar un avance no sólo en la suma de kilómetros y distancias, sino el sortear terrenos, cuestas, superficies incluso temperaturas y tener una resistencia, tolerancia a estas condiciones, sin embargo, no siempre ha sido color de rosa, antes de tener las primeras zapatillas de ciclismo que me las donará mi amigo y compañero de Guerreros MTB-Amagá, Hernán Acosta, me daban calambres, mareos, y dificultades para seguir el paso a mis otros compañeros de travesía, siempre me tuvieron que esperar, o incluso llamarme angustiados de dónde venía. Don Behnur me daba consejos en su experiencia como ciclista y entrenador, siempre en sus palabras y conversaciones llegábamos al tema de Jesús Garzón, conocido de cariño por todos nosotros como “Chucho”, y aunque Jesús, no fuera el único joven a que el entrenador amagaseño y su hija Sandra Milena Zapata acompañaban desde el Club Minero de ciclismo del municipio donde fundamentará las bases y los primeros pedalazos, hasta las competencias internacionales y los certámenes de la UCI; él siguió sus pasos, incluso en la mecánica de bicicletas.
Behnur siempre se refirió a Chucho como un berraco, una persona formada en la humildad y la entrega al deporte, con la que se forjó para conducir un caballito de acero y obtener la habilidad física, mental y espiritual para franquear las cuestas de las montañas del departamento, país y lugares del mundo. Chucho se convirtió en esas leyendas urbanas, la admiración de personas en esta industria deportiva y de nosotros como ciclistas amateurs en el grupo Guerreros MTB-AMAGÁ, iba creciendo, y él nos iba inspirando a seguir superándonos de forma progresiva. Entonces, creo yo, que, al ver mi disciplina, mis ganas, mi avance y deseo, me escribió una mañana y aún lo recuerdo: “mijo, ¿cómo vas? Venga en la tarde que le tengo algo”, unas palabras muy concretas, para la emoción que luego me advino. Tomé la bicicleta que tenía en ese momento, y me fui para el taller, sacó una bolsa y me dijo, “para qué nunca se rinda y nadie lo alcance”. Abrí la bolsa, y eran unas zapatillas Giant de ciclismo (que aún las tengo) “Cristian las utilicé un par de veces -afirmó- sin embargo, están en un óptimo estado”.

Ese día, me sentí muy feliz, el campeón de varias vueltas a La Azulita en Venezuela me estaba obsequiando sus zapatillas, y desde ahí puedo decir que mi rendimiento como deportista amateur cambio, hasta una vez en una válida hecha por el Club Minero y el municipio de Angelópolis en la copa montañera XC Optimus quedé en un segundo lugar.

La sensación indescriptible del viento en el rostro, el sol cayendo sin clemencia y dorando mis piernas y brazos, eran pequeñas muestras del mundo del ciclismo, incluso el grosor en mis piernas, todo ello, era un cambio para transformar mi vida y superarme. La bicicleta nos revelaba un camino, y las trochas, los grupos, las travesías, competencias a los que los Guerreros MTB participaban, y los compañeros Hernán Acosta, Diego Ramírez, Héctor Diaz (Cepi), el docente y coordinador del colegio Néstor Velásquez, Andrés Quintero, Yamid Ramírez, Juan Ramírez, Diego Quintero, Alejandro García, Mario García, Raúl, Marulanda, Juan David Fernández (Patilla) Jorge (Colas) don Jorge Palacio ciclista y mi compañero de largas tertulias cuando hemos rodado, más nuestro diseñador y artista de los uniformes (Jersey) Diego Moreno, el siempre amable Diego Gil y las dos únicas mujeres del grupo Maritza Hurtado y Alejandra Fernández, y quizás otras personas que han estado en el grupo y se me han pasado, se convirtieron en ese lugar común desbordando una misma pasión, la bicicleta. Luego llegaría Xiomara Montoya integrante del Grupo Pirañas Pa, a relacionarnos con uno de los grupos de ciclismo amateur más grandes en la ciudad de Medellín y sus alrededores, que hacen rutas muy exigentes en trayecto y distancias en Antioquia, Tourmalet Cycling, como un equipo de ciclismo acogería a muchos de los niños y jóvenes del Club Minero de Amagá, Evex Colombia, y los apellidos de otros deportistas Galeano, Rendón, el nombre de Jacob Cerón, y el siempre amigo Javier Castillo, al que librará la vida de un fuerte accidente en la competencia en Titiribí el 1 de mayo de 2022, con el que rodar y verlo entrenar es una admiración por su capacidad de socializar con el entorno mientras está en la bicicleta.

Todos estos nombres de personas, grupos, ciudadanos del municipio, la Administración Municipal de Amagá, empresas de ciclismo en relación con este deporte, estuvieron atentos a la transmisión del mundial de la UCI en Chile el pasado 29 de marzo del presente año, en la categoría, Cross Country Master A de cómo el hijo del Suroeste en el departamento de Antioquia, cruzaba uno de los países del Cono Sur para estar en virtud de tocar con sus manos el cielo. Mientras Jesús Garzón vuelve a casa e ignora este escrito, re-creo que bajo ese firmamento indómito de los Nevados de Chillán rugen historias de temperaturas inclementes, avanza la silueta que desafía a la gravedad y el cansancio. No es sólo un hombre sobre una máquina escribiendo su propia historia, el eterno Chucho sortea el barro, la gravilla y los murmullos del bosque en la geografía chilena. Su confrontación es una epopeya de las dos ruedas. El Cono Sur no se recorre, se conquista con el aliento. Chuchito lo sabe, en cada pedaleada sus piernas ejecutan una danza rítmica contra la resistencia de la tierra austral. El MTB deja de ser un deporte para convertirse en una conversación privada entre los neumáticos y la amplia cordillera. Así, el paisaje es un adversario, y en ocasiones un amigo. Los Andes son esos gigantes de roca que observan con frialdad el paso del ciclista, exigiendo un tributo de sudor en cada ascenso, su respiración y pulsaciones van a un punto límite que no admite fallos ni en lo mecánico ni en lo físico, la mente debe estar serena y no alterar la superficie, espejo del lago, ni siquiera con una hoja. La montaña se rinde a sus pies, al movimiento de los pedales y ante la determinación de quien ha hecho del ciclismo su credo, su propia religión. El polvo, el barro y la sal hacen una suerte de maquillaje que adoran el rostro del ciclista, un maquillaje de guerra, que hace testimonio mudo de los kilómetros atravesados no sólo en esta competencia, sino la suma de esas lágrimas y sudor que lo han traído hasta aquí: la cúspide de su propia historia. Nuestro Chucho, no busca el podio de metal, sino la plenitud del horizonte, su ángel que lo guarda en el cielo con su mirada inocente, lo abraza, en Colombia su esposa y su niño le dan esa vitalidad para renovar fuerza, al cruce donde la carrera se convierte en algo más estrecho, en el descenso, la bici es un halcón peregrino de carbono, y en la subida supera a la figura griega de Sísifo, un nuevo arquetipo moderno, que, a diferencia del mito, disfruta del peso de su propia voluntad. Porque para él, la cumbre no es el final del camino, sino el mirador desde donde planea su próximo desafío, el encuentro silencioso con su propio vuelo, un Ícaro que sabe sortear los cielos foráneos a su propia tierra.

No hay motor más potente que el corazón de un soñador; y eso sí que lo sabe este amigo, hijo de una tierra de café y carbón, Amagá resuena en los Andes chilenos, y aún en la gloria del mundo conquistando las cimas del triunfo, la humildad da testimonio de que ha sido producto de los esfuerzos, la convicción, la disciplina y la determinación de quien ha vencido los miedos para sacar su mejor versión y obsequiársela a un país que necesita de la esperanza. Él mira, observa como un niño la bandera. El habla le cuesta, y aunque ignoro sus pensamientos a kilómetros de distancia, sé que hay emociones encontradas al ver la realidad de la hazaña lograda.

Jesús Garzón nos enseña que no existen atajos, sino las ganas profundas de superarse. Esta imagen nos hablará por años, mientras la leyenda de su nombre se hará legado e inspiración para otros, chichos, jóvenes y adultos que practicamos este deporte, con un referente como él. Esta travesía mundialista es la muestra y enseñanza de que los sueños se hacen realidad, sólo si crees en ellos y en tu capacidad para conquistarlos. Mientras veo esta alegría y lo mucho que has tenido que superar mi amigo; un abrazo y gracias por hacer de esta alegría tuya, el motivo para que muchos digamos “no es que esté llorando, es que un Chucho se nos ha entrado en el ojo”.

Termino de salir de una cirugía ambulatoria y aunque mareado, algo somnoliento por la anestesia, mi ansiedad es más alta aún, con educación solicito al camillero por devolverme prontamente a la habitación, mi deseo de poner la energía en el ciclista es mayor, mi hermano sostiene el celular y se encuentra viendo la transmisión, los Guerreros murmuran parcamente en el grupo de WhatsApp, la emoción de nuevo nos asiste, vuelve y toma podio como en Argentina, ya no es tercero del mundo como en aquella ocasión, es segundo, llega a meta, alza la cabeza, agradece a Dios y a su ángel, ella le sonríe y él exhala. Se me olvida la intervención que me acaban de realizar, la felicidad adorna la tarde de domingo, mientras en el Oriente antioqueño en la clínica San Vicente Fundación, y con la mano derecha cubierta excepto el pulgar, le hago el ademán del “todo bien” en el tramo final de la carrera, Jesús Garzón tatuó el nombre de Amagá en lo más alto, en la malla de velo gris, arena, barro y polvo sus esfuerzos únicos ante el palpitar del mundo.
Lectura recomendada:
El Espejo y el Laberinto: El nuevo rostro de la Biblioteca Pública Municipal Emiro Kastos frente a la Biblioteca de Babel Jorge Luis Borges






