Informe especial – Sección patrocinada
La defensa del medioambiente es uno de los temas cruciales que aborda el mundo contemporáneo, pues, sin duda, fenómenos como el calentamiento global no parecen dar espera. La conciencia ambiental, más que una necesidad, es un imperativo y una urgencia.
La especie humana ha hecho estragos con el planeta y apenas empieza a entender esa gran verdad: no éramos los reyes de la creación, no era cierto que la naturaleza estaba separada de nosotros y que podíamos hacer y deshacer con ella, no era cierto que la naturaleza existía solo para cubrir nuestras necesidades, ni era cierto que podíamos disponer de ella de manera ilimitada.
Algunos movimientos ambientalistas, razonablemente preocupados por lo que significa la dimensión de este problema, proponen detenernos ya y regresar con urgencia a nuestros orígenes. Desde su punto de vista, los alimentos y los cultivos deben ser orgánicos, las prendas de vestir deben renunciar a toda fibra sintética, los motores deben desaparecer para no contaminar el aire, los aviones ya no más, porque hacen estragos en la capa de ozono; las industrias se convierten en factores aterradores de depredación, los urbanizadores talan árboles y modifican el paisaje de las ciudades, la minería no tiene razón de ser y la agricultura industrial arrasa el medioambiente. Todos son argumentos entendibles, pero carecen de sentido de la realidad. No puede ser que la solución a los problemas del medioambiente sea un repentino regreso a los tiempos del paleolítico.
Otros ambientalistas son selectivos: tienen preocupaciones parciales sobre el medioambiente. A algunos les preocupa solamente el tema de la minería y le adjudican a esta todas las responsabilidades de los impactos ambientales sin mirar ningún otro factor. Además, parecería que la selectividad los convoca a estar de acuerdo con que haya minería siempre y cuando no sea en su territorio. Es respetable su posición, aunque no resulta razonable.
Sin embargo, hay también una posición de respeto con el medioambiente que no pierde de vista las particularidades que tenemos como especie, ya que somos los únicos animales sobre la faz de la tierra que tenemos conciencia de lo que somos, los únicos que pensamos en el futuro, los únicos con capacidad de crear y transformar el entorno.
Hemos dedicado miles y miles de años a aprender a estar en nuestro planeta. Cometemos errores y aprendemos. Ya los motores no se alimentan del carbón, las máquinas evolucionan, los vehículos tienden a ser eléctricos, descubrimos cada vez más y mejores energías alternativas. Nos apalancamos en la tecnología más avanzada para generar el mínimo de impactos y asumimos que la responsabilidad debe guiar todos nuestros actos, y si estos producen algún efecto, buscamos la manera de compensarlo. La responsabilidad medioambiental es una alternativa y no existe una verdad única en estos temas.
La segunda visión ambiental es conocida como la Visión de Administrador, y sostiene que podemos manejar la Tierra para nuestro beneficio, pero que tenemos la responsabilidad ética de ser unos manejadores o administradores cuidadosos y responsables. Dice que deberíamos de alentar formas ambientales beneficiosas de crecimiento económico y desalentar las formas dañinas.
Esta visión nos recuerda a lo expresado en el Génesis, en donde se explica que los hombres serían los administradores, mas no los dueños, de todo lo vivo sobre la Tierra. Además, esta perspectiva bíblica podría asociarse con la de la ecología profunda, que ve la conexión entre humano y naturaleza no como un dominio absoluto y descontrolado sino como un hecho de cuidado y de administración diligente. Como se propone, esta relación debe ser más bien de simbiosis y de colaboración, y cualquier empresario que practique la responsabilidad social podría, fácilmente, caber en esta categoría.
Pero una serie de preguntas surgen al pensar en esta visión: ¿las personas que actúan como administradores son una masa crítica?, ¿su actuar ha sido suficiente para revertir la situación ambiental en la cual nos encontramos?, ¿tendríamos todos los habitantes del planeta que actuar de la misma manera? Después de estos cuestionamientos, lo primero que salta a mi mente es un nuevo interrogante: ¿quién nos puso y nos mantiene como administradores si hemos demostrado ser pésimos para esta labor y más bien nos conducimos como dueños? Solamente somos una especie más entre el millón y medio de especies conocidas. Representamos solo el 0.01% de todo el planeta, pero hemos infringido daños ambientales gravísimos.
La tercera posibilidad es la Visión de Sabiduría Ambiental, que considera que somos parte de la naturaleza, que dependemos totalmente de ella y que esta existe para todas las especies, no solo para la humana. Esta visión también hace un llamado para alentar formas de crecimiento económico que sustenten a la Tierra y desalienten aquellas que la degradan. Según esta perspectiva, nuestro éxito depende de aprender cómo la Tierra se sostiene a sí misma y de integrar este conocimiento ambiental a la manera en la que pensamos y actuamos.
Algunos teóricos, como Tyler, lo dicen de manera sencilla, pero para nuestro momento de madurez planetaria este es un camino difícil de andar. No podemos llegar a los niveles de los grupos originarios para quienes la Tierra es su madre, pues estamos a años luz de algo así. Se trata de ubicarnos como parte de la naturaleza, interconectarnos con otras especies y estar conscientes de que dependemos de estas relaciones.
La vía más simple nos parece que es reanudar nuestra relación con las plantas. Estos maravillosos seres nos dan casa, vestido y sustento. Todas las especies dependemos de ellas, por lo tanto, es necesario mirarlas desde múltiples perspectivas y promover un urgente cambio. Para esto existen múltiples posibilidades: la primera de ella puede ser cuidar una planta, ya sea un árbol, una simple hierba o comenzar con una cactácea. Hacerlo como un compromiso diario sin dejarla morir, investigar sus necesidades y lograr que florezca y dé semillas.
El siguiente gran paso es la biofilia, entendida como la afiliación emocional innata de los seres humanos con otros organismos vivos. Algunos argumentan que esta es el resultado de recuerdos genéticos. En pocas palabras, este valor habla de reconectarnos con la naturaleza de la cual formamos parte, dependemos profundamente y nos beneficiamos en múltiples formas, que incluyen cada aspecto de nuestro bienestar cotidiano: desde la salud hasta la alimentación.