Por Andrés Chica Londoño @andreschicalondono
Hay mujeres cuya historia profesional no se puede separar de su historia humana. Mujeres que no entienden el servicio público como un simple cargo, sino como una responsabilidad profunda con la vida, con la comunidad y con el futuro. En Itagüí, una de esas historias se ha ido construyendo con paciencia, sensibilidad y una convicción que ha marcado a toda una generación.
Porque hablar de ella es hablar, al mismo tiempo, de la profesional comprometida, de la mujer que cree en la transformación social y de la persona que ha encontrado en la educación una manera de tocar la vida de otros. No es casualidad que muchos niños y niñas del municipio hoy hablen del medioambiente con una naturalidad que antes no era tan común. Detrás de ese cambio hay procesos, pedagogía y una mirada distinta sobre lo que significa educar.
Desde su trabajo como funcionaria pública ha impulsado una idea sencilla, pero profundamente poderosa: que la educación ambiental no puede quedarse en los discursos ni en los documentos institucionales. Tiene que sentirse. Tiene que vivirse. Tiene que despertar emociones.
Y para lograrlo se necesita algo más que conocimiento técnico. Se necesita pasión. Quienes han trabajado cerca de ella saben que su energía no es un recurso administrativo, sino una forma de estar en el mundo. Tiene la capacidad de convertir una actividad pedagógica en una experiencia significativa, de transformar una charla en una conversación cercana y de lograr que los niños no sólo aprendan sobre la naturaleza, sino que desarrollen una relación afectiva con ella.
Ese ha sido uno de sus mayores logros: haber conseguido que muchos niños y niñas se enamoren del cuidado del planeta.
No desde el miedo ni desde la obligación, sino desde la curiosidad, el respeto y la admiración por la vida que nos rodea.
En una ciudad que crece, que enfrenta desafíos ambientales y que necesita construir nuevas formas de convivencia con su entorno, ese tipo de liderazgo resulta fundamental. Y gracias a procesos como los que ella ha impulsado, Itagüí ha logrado posicionarse como un referente en temas ambientales dentro del Valle de Aburrá.
Pero reducir su historia a un cargo o a un logro institucional sería quedarse corto. Porque su liderazgo también tiene una dimensión profundamente humana. En su manera de trabajar hay una sensibilidad que nace de comprender que las transformaciones reales se construyen con las personas. Escuchando, acompañando y creyendo en la capacidad que tiene cada generación para cambiar las cosas.
Como mujer, su historia también refleja algo que muchas veces pasa desapercibido: la fuerza silenciosa con la que tantas mujeres sostienen procesos sociales, educativos y culturales. Mujeres que no siempre buscan reconocimiento, pero que con su trabajo terminan abriendo caminos para otros.
Hay en ella una mezcla particular de firmeza y sensibilidad. La firmeza de quien sabe que el trabajo público exige disciplina y responsabilidad. Y la sensibilidad de quien entiende que educar también implica emocionar, inspirar y acompañar. Esa combinación ha sido clave en su trayectoria.
Y quizás por eso su mirada sobre el mundo también encontró un espacio en el arte. Paralelo a su labor institucional, ha desarrollado una faceta creativa en el cine, un lenguaje que le permite explorar emociones, historias y reflexiones desde otro lugar. Allí las palabras se transforman en imágenes y las experiencias humanas adquieren nuevas formas de narrarse.

Fruto de ese camino creativo es su documental Dentro de una mujer, una obra que se adentra en las múltiples dimensiones de la experiencia femenina: las emociones, los silencios, las luchas y las preguntas que habitan en la vida de muchas mujeres.
No es difícil encontrar un hilo que conecte esa obra con su trayectoria. Tanto en la educación ambiental como en el cine aparece una misma inquietud: comprender la vida, escuchar las historias y generar conciencia. Porque en el fondo su trabajo siempre ha tenido un propósito claro: invitar a las personas a mirar el mundo con más sensibilidad.
Mirar la naturaleza con respeto.
Mirar a los otros con empatía.
Mirar la vida con mayor conciencia.
Las ciudades suelen medir su progreso en cifras, obras o indicadores. Pero hay transformaciones que no caben en esos registros. Son cambios que se dan en la manera en que una comunidad piensa, siente y se relaciona con su entorno. Ese tipo de cambios toman tiempo. Se construyen con paciencia y con personas que creen profundamente en lo que hacen. Ella es una de esas personas. Paula Remolina es una profesional que entiende el valor del conocimiento. Una mujer que ha abierto caminos desde la sensibilidad y la convicción. Y una persona que ha demostrado que el servicio público también puede ser un acto de amor por la vida.
Quizás por eso su mayor legado no está únicamente en los proyectos que ha liderado ni en los reconocimientos que pueda recibir. Está en los niños que aprendieron a amar la naturaleza. En las nuevas generaciones que hoy hablan de cuidar el planeta con responsabilidad. Y en una ciudad que, gracias a ese trabajo paciente y apasionado, empieza a construir una relación más consciente con su entorno.

Porque cuando una mujer logra sembrar conciencia en una generación, lo que está sembrando en realidad es futuro.
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