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Por Jaime Humberto Herrera Suárez
Colaborador municipio de Támesis

-Monita, ¿qué pasa con el libro que está sobre el comedor?

-¡Ah, sí! Se lo dejaron a Beto en la escuela. A fin de mes tiene que presentar un examen de análisis.

-Me parece bien. Además, este libro es excelente: tiene 27 capítulos cortos en apenas 95 páginas, ilustraciones llamativas, letra grande y párrafos breves.

-Dice que le da pereza leer. La mayoría de sus compañeros tampoco se entusiasman mucho con la lectura. Y, con tantas ocupaciones, los padres damos poco ejemplo.

-Voy a hablar con él. ¿Está arriba?

-Sí, en su cuarto.

Era 1995. Jaime solía almorzar en casa, aunque casi nunca tenía tiempo para conversar con sus hijos porque debía regresar a la oficina. Ese día, sin embargo, decidió no aplazar el tema. Al entrar en la sala y después del saludo, comenzó la conversación.

El niño, de diez años, al ver el libro en manos de su padre, hizo un gesto de desagrado que no pasó inadvertido.

-¿De verdad te da pereza leerlo?

-Siii, pa’.

Jaime le explicó con palabras sencillas, algunos beneficios de la lectura, como: aumenta la comprensión de textos, facilita la escritura, desarrolla estilos propios, fortalece la capacidad argumentativa, el pensamiento crítico y la creatividad, entre otros.

-Además, el libro de la tarea, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, es una novela corta ilustrada. Esta edición tiene letra grande y párrafos cortos, que hacen más agradable la lectura. Te invito a que hagas el esfuerzo, ¿listo?

Beto miró el libro, asintió lentamente y respondió sin entusiasmo: -Bueeeno.

Pasaron los días y llegó el examen.

-Betico, ¿cómo te fue?

-La verdad, no lo leí. No me fue muy bien.

Jaime decidió cambiar de estrategia:

-Hagamos un trato. Escoge un libro de nuestra biblioteca. Si lo lees, te doy 2.000 pesos.

-De acuerdo -contestó Beto, ahora con más interés-.

El pago equivalía a varias horas de trabajo al salario mínimo, lo que hacía atractivo el trato para un niño. Además, Jaime prometió aumentar la recompensa en 1.000 pesos por cada nuevo libro leído.

Así comenzaron a elegir juntos las lecturas. Beto prefería los libros más delgados e ilustrados, pero su padre lo animaba a explorar obras más extensas:

-No me hagas trampa. Las más gruesitas también tienen vitaminas intelectuales.

En menos de un año, Beto había leído 17 libros. Jaime cumplió siempre con el pago, aunque cada vez le costaba más. Finalmente, fue el propio hijo quien puso fin al acuerdo:

-Pa’, tranquilo. Ya no me pagues. Voy a seguir leyendo porque me gusta lo que aprendo en cada libro.

Cinco años después, Beto ganó un concurso departamental de ortografía organizado por el periódico El Tiempo. Más tarde, eligió estudiar Mercadeo y Publicidad y comenzó a trabajar como copy en agencias de publicidad. Hoy es Director Creativo en Publicis Groupe, una red global con presencia en más de 100 países.

En sus conversaciones, Beto no deja de agradecer a su padre por haberlo motivado, incluso con dinero, a descubrir el valor de la lectura y la escritura.

No faltaron críticas al método de Jaime. Algunos lo calificaron de soborno: “No debería pagarse a un hijo por cumplir con sus responsabilidades escolares”.

-Si se puede llamar soborno -respondía Jaime-, fue el más sano que pude imaginar. Dio excelentes resultados y nunca vi que mi hijo estudiara solo por dinero.

Con el tiempo, los frutos fueron evidentes: Beto se convirtió en un lector apasionado y halló en la escritura una herramienta esencial para su vida profesional.

Jaime, satisfecho, resume su experiencia con este mensaje sencillo: “Un abrazo para los padres que se preocupan de verdad por el progreso intelectual y espiritual de sus hijos”.

Beto hoy, como Director Creativo en una agencia internacional,
sigue agradeciendo a su padre aquella estrategia que lo acercó a los libros.
(Imagen por IA)

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