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Por Maria Clara Cruz Gregory maria.cruzgr@amigo.edu.co

Margarita Riaza Obando tiene 102 años y una memoria que todavía cose recuerdos con la misma paciencia con la que un día aprendió a manejar la aguja y el hilo. Nació el 31 de diciembre de 1923 en Valparaíso Antioquia y desde entonces su existencia ha estado marcada por el trabajo constante, la fe, las pérdidas tempranas y una forma silenciosa pero firme de cuidar a los otros.

Su hogar siempre ha sido un lugar de puertas abiertas. Quien cruza su puerta es recibido con amor, sin distinciones. En nuestro caso, al llegar a Valparaíso no sólo encontramos hospitalidad, sino una segunda familia. Esa disposición cotidiana, casi natural en ella, la convirtió con los años en una presencia indispensable para quienes la rodean.

Su infancia estuvo marcada por la pérdida. Siendo niña quedó huérfana de madre, junto a sus hermanos y dos meses después su padre volvió a casarse. Creció en un hogar profundamente católico y aunque la vida no fue fácil, recuerda esos años como una etapa de aprendizaje y fortaleza, una base de valores que la sostuvo a lo largo del tiempo.

Desde muy joven aprendió a trabajar, pues una vecina le enseñó a coser y ese oficio se convirtió en una herramienta fundamental para su autonomía. No sólo cosía, también se ganaba la vida con ello, ayudaba cuando hacía falta y construía futuro. Más adelante, ese saber le permitió sostener a su familia y enfrentar momentos de escasez sin depender completamente de otros.

Fue esposa, madre de ocho hijos, mujer de campo y de pueblo y trabajadora incansable. Ante la imposibilidad de pagar una vivienda en el pueblo, tomó una decisión práctica: irse al campo. Vivió durante varios años en una finca que hasta hoy conserva el nombre “El Aventino”, donde la vida transcurría entre el trabajo diario y la crianza, reafirmando una ética que la acompañaría siempre: es mejor trabajar y sostenerse que vivir “de arrimada”, como ella misma lo expresa.

Vivió pérdidas duras, entre ellas la muerte de su esposo y de cuatro de sus hijos. La viudez la obligó a reorganizar su vida y a seguir adelante sola, apoyada en sus hijos, en el trabajo y en una fe que describe como su mayor sostén. “Seguí en la lucha”, dice, una frase que resume décadas de resistencia cotidiana. Habla de sus hijos con orgullo, los describe como buenos, atentos y presentes incluso en los momentos más difíciles. Para ella, la familia es una red concreta que se construye con cuidado mutuo y sacrificio compartido.

Su vida no fue únicamente sacrificio, a su vez recuerda con alegría que le gustaba bailar, cantar y montar a caballo, memorias que hoy evoca como prueba de que la vida también tuvo momentos de disfrute. Ese equilibrio entre esfuerzo y gozo parece explicar la serenidad con la que hoy observa su propio recorrido.

A sus 102 años, cuando se le pregunta por el secreto de su longevidad, no menciona fórmulas milagrosas. Habla del trabajo constante, de haber tenido un buen compañero de vida, de coser cuando hacía falta, de moverse, de no quedarse quieta. Habla también de la fe, a la que considera indispensable. Para ella, creer fue una manera de resistir, de encontrar sentido y de no sentirse sola.

Cuando se le pregunta cómo quiere ser recordada, no habla de hazañas ni de reconocimientos. Dice simplemente que quiere que la recuerden como alguien que quiso a todo el mundo, que trabajó duro para sacar adelante a sus hijos y que dejó consejos para quien quisiera escucharlos. No menciona logros excepcionales, aunque su sola permanencia -102 años vividos con dignidad- lo sea.

Hoy, su historia se convierte en un testimonio vivo de una generación que construyó territorio desde el trabajo silencioso, el campo y la familia. En un tiempo marcado por el cierre y la desconfianza, su casa sigue abierta. Y eso también es una forma de legado.

Gracias Abu Margarita, por abrir tu hogar y tu historia, por enseñarnos que la fuerza también sabe ser tranquila, que el trabajo también es amor y que cuidar a los otros sin hacer ruido es una de las formas más profundas de dejar huella.

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