Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista
Hoy recordé escribir la crónica semanal, un poco simplona, aunque menos insípida; prueben de a poquito, sin atarugarse, por favor. Hoy no es hoy: ¡qué va! Hoy es mañana y el mañana es un futuro mejor. Menos trágico, menos marrullero, menos criminal; ¡oyeron! Paren oreja, parroquianos, no se vayan a quedar con los misterios lastimeros, nada de eso: gozosos, gozosos, ya estuvo de sufrir, no espero menos de ustedes. Salí a jugar fútbol, jugar es un decir, con mis amigos Efraín y Sergio, sin saber antes que la parroquia de Camilo C estaba poniéndole billetes a un tal San Isidro labrador, en el poncho, que trabajando no vi, dizque santo, ¿a dónde hemos llegado, por dios; vestir de plata a un pedazo de yeso. Ah, entramos orondos por el portón, al frente la tarima con el agasajado santo, exponiendo su capital valía, la consola y el DJ con las canciones decembrinas, guascas, carrileras. Y la banda sonora de un pueblo en tibias tropelías: “era un domingo, espléndido y hermoso; me disponía a ir a visitarte”. A mano derecha, los primeros puestos de empanadas de iglesia, paquetes en bolsa de papel chorreante de manteca, a dos mil, dulce de naranja, dulce de leche. Sergio hizo el canje, papel moneda por láminas forradas en papel contact para después hacer contabilidad, pedir cuentas; de dos mil, tres mil, cinco mil, diez mil, veinte mil…

Las señoras no cogen plata, cogen masa amarilla y hacen un amasijo de papa y hogao de relleno. A la vista izquierda, cerca de la primera pared del templo, el caspete copado de cerveza, aguardiente y gaseosa. Beban y tomen todos de él. A esa hora, la mañana fría, había gente ahíta de guaro, de frente, filados en sillas plásticas tres personas embriagadas, dos señores y una señora rascando la charrasca. El primer señor, con alma de acróbata, pierde el equilibrio, coge la silla que le sigue, cae el primero, cae el segundo; el segundo se trata de sujetar a la silla de la tercera persona, la señora de charrasca, de bruces al suelo; todos, ni uno se salvó, ni la charrasca, voló, rodó. ¡Jua!, ¡Jua!, ¡Jua! La audiencia los acaloró con una risotada. Y ahora el mundo volcado a la moda circular, los segundazos en el bazar, pila de ropa usada, esperando ser estrenada por segunda vez. Yo no compré; lo bueno se lo llevan temprano. ¡Sí ve San Isidro!
Animales enjaulados; el conejo valía diez mil; también había gallinas blancas y veteadas. Al conejo pretendían sacrificarlo; en conversaciones gastronómicas que logré oír. Debatían si era mejor conejo guisado o asado. Yo le pedía a San Isidro: “hazme el milagrito, volverlo liebre, abrirle la puertecita”. Plátano, yuca, productos de pancoger, la tierra en la parcela miserable que dejó el latifundista feroz a San Isidro. ¡Qué viva San Isidro! De fiesta en fiesta, rumba en rumba, la parroquia se surte de alegría. El levita de San Nazareno pasaba alegremente por el rebaño pagano. “Me van a comprar la rifa, la de hoja, y la miti-miti” —dijo el padre. —¿Cómo así que miti-miti? —“Sí, lo que se recoja en plata de las boletas se parte mitad para la parroquia, mitad para usted” —responde el vicario. ¡Eah! ¿Y los del poncho de San Isidro, también entran o qué? Comíamos, fotografiamos, reíamos; el agasajo después de misa es una ecuación exitosa. La vida parece un cuenco de agua tibia; es para quien la mantiene temperada. 7599, el número de la boleta al cielo. ¡Ay, San Isidro bendito, que me la gane! El sombrerón, anfitrión de ala ancha, subastaba un raquítico mercado; casi todo lo compraría un borracho. Desayunamos, comimos una que otra empanada y no jugamos fútbol, una pena. A todas estas, nadie se escapa, por menos cauto que parezca, de las garras de una buena fiesta.
San Isidro, 17 de noviembre de 2025.
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