Por Cristian Alejandro Agudelo Sánchez Colaborador municipio de Amagá
Podemos partir de una acepción quizás sencilla, cuando nos referimos propiamente, a la idea de ¿Qué es una biblioteca pública? La respuesta parcial que aquí esbozaré es la de una institución fundamental que proporciona acceso gratuito y equitativo a la información, el conocimiento, la cultura y la recreación a todos los miembros de una comunidad, sin distinción de edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, idioma o condición social.
Sin embargo, la historia ha registrado eventos muy fuertes que han acontecido con las bibliotecas, como el gran incendio de la biblioteca de Alejandría en el mundo antiguo, el recuerdo funesto de la noche de los cristales rotos, a manos de la ocupación nazi que tomaría su dominio, este suceso se puede entender como el preludio de lo que fue el holocausto en la segunda guerra mundial; decenas de libros fueron incinerados, mientras eran lanzados al suelo, y en una pila común, ardieron allí libros de literatura universal, libros de filosofía y de la religión judía (El Corán). Este acontecimiento nos recuerda un siglo antes, lo que un poeta y ensayista como Heinrich Heine afirmó, «allí donde se queman libros, se acaba quemando personas». Incluso la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 tuvo que estar pensada en este momento nefasto de la humanidad, acciones beligerantes y deshumanizantes, el escritor con la novela nos habla de una sociedad creada para prohibir la lectura, y quemar los libros, porque en palabras de uno de sus personajes “leer está prohibido porque nos hace ingenuamente felices”.
Lo anterior es pues, una manera de entronizar el pensamiento, incluso no dista mucha distancia el contexto de esa narración con respecto a nuestro tiempo, donde se busca la satisfacción de ideales y acciones superficiales que usufructúen el salvaguardar el ego, el prestigio y el consumo depredador, mientras exista una ignorancia feliz, que poco cuestiona las realidades, o mayormente sustituye las necesidades superiores del espíritu por formas banales de relación. Quizás, si lo analizo, estos contextos donde los libros han sido quemados, reducidos hasta las cenizas; comprendo que los gobiernos se sientan amenazados por leer pone en evidencia de que es imposible seguir el control social, la uniformidad, el generar un pensamiento homogéneo, un discurso hegemónico que mina de entrada la subjetividad, la acción del pensamiento crítico, la libertad de los sujetos. Creo que he me desviado de la pregunta, pero no puedo dar pensamientos a la posible respuesta, sino me concentro en el libro, como el epicentro de las bibliotecas, lo que pasa con él, con ese artilugio que resiste el tiempo, que, si más resiste las edades de la humanidad, hasta sus profundas oscuridades. Mis tazas de café, mis trabajos de la universidad, con tantos libros, unos prestados, otros regalados, otros fotocopiados por su valor no ajustado a las capacidades económicas que tenía en ese momento, incluso no juzgaría aquel que se roba un libro, porque uno descubre que los grandes tesoros de la humanidad, han sido susceptibles de ser hurtados… Ahora estoy por fuera de ello, ya no soy ese joven muchacho, que abandonó la niñez sin dejar de ser niño, para convertirse en un adulto. Ahora soy un bibliotecario, un guardián como lo mencionará Irene Vallejo en El Infinito en un Junco:
Los más de diez mil bibliotecarios que trabajan en España- cientos de miles en todo el mundo-alimentan nuestra adicción a las palabras. Son los guardianes de la droga. A ellos les confiamos la suma de nuestros conocimientos y nuestros sueños, desde los cuentos de hadas a las enciclopedias, desde los opúsculos eruditos a los cómics más canallas. Ahora que muchas editoriales destruyen sus fondos para evitar los gastos de almacenamiento, allí encontramos un deposito de palabras descatalogas; el cofre del tesoro.

Las bibliotecas nos perfilan, y no desde el espacio instrumental, una sala grande con libros y polvo, un rincón olvidado, o una casa con muchos espíritus errantes, Vallejo dirá:
Cada biblioteca es única y, como alguien me dijo una vez, siempre se parece a su bibliotecario. Admiro a esos cientos de miles de personas que aún confían en el futuro de los libros o, mejor dicho, en su capacidad de abolir el tiempo. Que aconsejan, animan urden activistas y crean en pretextos para que la mirada de un lector despierte las palabras dormidas, a veces durante años, de un ejemplar apilado en una estantería. Saben que ese acto tan cotidiano es en el fondo-levántate, Lázaro- la resurrección del mundo.
Quizás, lo anterior lo crea aún más, el poder del libro que despierta suspicacias y muertes como lo narra el Nombre de la rosa de Umberto Eco, o las Mil y una noche, con su caja de palabras e historias dentro de las historias, no sé si sea el guardián de esa droga, que produce mentes inquietas, pero si estoy seguro que la biblioteca todos los días me habla de algo diferente, desde la poesía erótica, que seduce de cómo los amantes yacen en su regazo, en esa necesidad de poseer y quebrar la muerte en el abrazo. Los soles gemelos de la sala común, cuando los cerezos florecen en oriente, el aire lejano, pero es lo que me produce la soledad de las luces tenues de la biblioteca, cuando se cierra y quedo aquí con mis preguntas, mis luces, algunos libros y mi taza de café…
Lectura recomendada:
Autobiografía literaria: el origen de una sensibilidad



