Por Jaime Humberto Herrera Suárez Colaborador municipio de Támesis
La piel es la primera página de nuestra biografía corporal.
Lo que en ella inscribimos permanece,
incluso cuando la memoria
ya no recuerda por qué lo hicimos.
– J. H. Herrera S.
Partiendo de la premisa de que cualquier intervención voluntaria que modifique la integridad natural del cuerpo introduce en él un elemento extraño, resulta razonable considerar que el organismo active mecanismos de defensa orientados a aceptarlo sólo de manera temporal o, en otros casos, a rechazarlo de inmediato. Esto es especialmente relevante cuando la intervención es irreversible o cuando los procedimientos para revertirla no garantizan resultados completos ni exentos de secuelas.
En las últimas décadas se ha acumulado evidencia científica que señala los tatuajes como prácticas que pueden acarrear efectos adversos para la salud a largo plazo. Diversos estudios dermatológicos han documentado reacciones alérgicas persistentes, procesos infecciosos, formación de granulomas y queloides, así como reacciones liquenoides o pseudolinfomatosas que pueden simular enfermedades más graves.
Adicionalmente, la presencia de tinta en áreas extensas de la piel puede dificultar la detección temprana de lesiones malignas, tales como melanomas o carcinomas, al enmascarar signos clínicos en su fase inicial. En ciertos casos, los tatuajes de colores oscuros o muy saturados han demostrado interferir con la calidad de las imágenes obtenidas por resonancia magnética.
Otro aspecto de relevancia biomédica se relaciona con la migración de los pigmentos hacia los ganglios linfáticos. Las tintas empleadas suelen contener metales pesados -como níquel, cromo o cobalto- y compuestos orgánicos de estructura policíclica. Estas sustancias, al ser insolubles y acumularse en la piel, pueden ser fagocitadas por células inmunes y transportadas hasta los nódulos linfáticos, donde permanecen por décadas. Este fenómeno se ha asociado a procesos inflamatorios crónicos, alteraciones en la respuesta inmunitaria y un posible incremento en el riesgo de desarrollar linfomas u otros trastornos del sistema linfático.
Asimismo, determinados pigmentos -incluidos los derivados del carbón y algunos óxidos metálicos- presentan propiedades potencialmente carcinogénicas. El óxido de titanio, ampliamente utilizado para obtener tonos blancos o combinaciones cromáticas, puede reaccionar con el oxígeno cuando la piel se expone a la radiación solar, generando irritación y reacciones adversas.
A esto se suma el riesgo, no menor, de contraer enfermedades transmitidas por la sangre -como hepatitis B, hepatitis C o VIH- cuando las condiciones de asepsia no son óptimas, ya sea por fallas en la esterilización del equipo o por el uso de tintas contaminadas.
Una creencia extendida es que la eliminación del tatuaje, especialmente mediante láser, resuelve estos problemas. Sin embargo, la evidencia indica que dicho procedimiento fragmenta los pigmentos en partículas aún más pequeñas, las cuales pueden igualmente transportar residuos tóxicos hacia los ganglios linfáticos, perpetuando así los riesgos inicialmente generados.
Desde la perspectiva bíblica, también resulta pertinente atender la advertencia contenida en Levítico 19:28: “No deben hacerse cortaduras en su carne por un alma difunta, y no deben ponerse marcas de tatuaje. Yo soy Jehová.” Esta instrucción, lejos de ser un simple precepto histórico, puede interpretarse como una anticipación sabia de aquello que sólo siglos después confirmaría la ciencia: la piel no está diseñada para hospedar cuerpos extraños sin consecuencias.
Al final, la decisión de tatuarse no sólo compete al cuerpo, sino también a la identidad. Las marcas sobre la piel nacen muchas veces del impulso, de una emoción pasajera o de un deseo de pertenencia. Pero, a diferencia de las emociones, la piel no olvida con la misma facilidad. Antes de depositar en ella un mensaje permanente, vale la pena preguntarse si ese símbolo representa nuestra vida presente o sólo un momento fugaz.
El cuerpo humano es un patrimonio único, irrepetible y finito. Preservarlo no es un acto de restricción, sino de responsabilidad. Por eso, jóvenes, más allá de las advertencias médicas o espirituales, los invito a reflexionar con serenidad sobre el valor de su propio cuerpo y a decidir con plena conciencia. Por todo lo anterior: ¡Analicen antes de tatuarse! Piensen en su futuro.
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