Comparta esta noticia

Como sabrán seguramente muchos de los lectores, en el idioma chino la palabra crisis tiene una doble interpretación: como problema o como oportunidad. Y es increíble que algo tan sencillo como una cuestión de semántica en este caso tenga tanta importancia a la hora de conducir nuestras vidas, nuestros proyectos inclusive la dirección de un Estado. Y es que cuando se asume una crisis con el enfoque de problema, instintivamente la actitud emocional tiende a ser negativa, lo que termina con frecuencia poniéndonos a la defensiva. En lenguaje coloquial, es lo que uno llama “un chicharrón”: algo incómodo, desgastante, desestabilizador, desmotivador, que consume las energías. Llamemos a este enfoque, pues, la “estrategia del chicharrón”. Pero cuando la crisis se asume como una oportunidad, el efecto emocional cambia radicalmente, hasta el punto de que terminamos sintiendo alivio o alegría, porque ello nos permite replantear la manera como hemos venido actuando y, sobre todo, nos permite ver en la crisis una enseñanza, una lección de vida que aporta ganancias para quien es el responsable directo y para quienes reciben indirectamente sus efectos. Es el enfoque con la estrategia del “gana gana”.

Así las cosas, miremos el escenario por el que actualmente atraviesa América Latina frente al gobierno de los EE.UU. Como no soy experto en geopolítica ni en asuntos de relaciones internacionales de alto turmequé, lo voy a decir de manera sencilla, al estilo de un colombiano de carriel y de alpargatas: Un señor que se llama Estados Unidos que, por las razones que sean, ha llegado a una situación de crecimiento y poder enormes, necesita, para poder sostener esos niveles de riqueza y poderío, que sus vecinos, unos países que él considera que le pertenecen por “destino manifiesto”, situados al sur del Río Grande, mantengan abiertas sus puertas para que sus materias primas contribuyan a satisfacer sus necesidades industriales; necesita, por tanto, que los sistemas de gobierno de esas naciones del sur estén debidamente alineadas con sus intereses y dispuestos a ser gobernados sumisamente dentro de los valores y principios que este decida que son los correctos. Pero sucede que cuando algunos de estos países consideran que esa no es una situación justa y deciden hacer algo para cambiar el rumbo de las cosas, al poderoso se le paran los pelos, muestra los dientes (los portaviones) para dejar en claro quién tiene el poder. Esa es la crisis.

Empecemos por entender cuáles han sido las razones por las que, a lo largo de ya más de 200 años de existencia, los países de América Latina han llegado a una situación como esta. Lo primero que uno encuentra es un subcontinente que no ha logrado encontrar el camino para construir un modelo regional de sociedades desarrolladas y con equidad social. La historia de América Latina ha sido un continuo ir de tumbo en tumbo entre ensayos de derecha e izquierda, yanquismo y antiyanquismo; entre brotes culturales e ideológicos de toda clase que, como una flor, nacen y así mismo, mueren o no fructifican nunca. Ensayos entre dictaduras y democracias a medias. Nada de desarrollo científico sostenido, nada, o casi nada, qué aportarle al mundo en términos de pensamiento; nada de aprovechar tan siquiera el enorme potencial que significa poseer en todo el subcontinente sólo dos idiomas muy parecidos y una posición estratégica inigualable en la geografía planetaria. Sumémosle a eso grupos rebeldes erráticos y cegatones que no encuentran una estrategia diferente a la de la violencia para tratar de imponer sus ideologías o intereses, más unas élites ineptas arrodilladas, con la boca abierta esperando las migajas que han de caer de la mesa de los Estados Unidos. ¿Para qué esforzarse si todo lo que se necesita ya está inventado por los gringos? En suma, hemos terminado por resignarnos, con la consigna de que las relaciones inequitativas entre los países del sur y el vecino del norte son un problema tan complicado que es mejor dejarlo como está: la estrategia del chicharrón expuesta en toda su dimensión.

¿O no? ¿Qué tal si, en lugar de quedarse mirando con la boca abierta, paralizados ante el escenario que el presidente de los Estados Unidos está pintando para la América Latina en el futuro inmediato, la América Latina ve aquí una excelente oportunidad para despertar? Empezando por aprender de los errores del pasado y entender que la unión y no el odio mutuo y la violencia son el camino. Es evidente que el destino, vestido de hombre naranja, lo que está haciendo es darle una patada en el trasero a América Latina para que esta abra los ojos de una vez por todas. ¿Por qué no trabajar entonces dentro de la estrategia del “gana/gana”, con la visión de que una América Latina desarrollada, estable y con justicia social, terminará por beneficiar a todo el mundo, incluidos los mismos Estados Unidos? En otras palabras, todos terminarán ganando. Y un paso estratégico en ese sentido puede ser la próxima reunión de Petro con el presidente Trump, dependiendo de que tan inteligentemente el presidente sea capaz de aprovechar esta oportunidad en caliente. En una situación como esta, los nuevos liderazgos son fundamentales. Hombres y mujeres con el pensamiento puesto no en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones.

Si dentro de las actuales circunstancias tuviéramos al José Acevedo y Gómez, que la Nueva Granada tuvo en aquel lejano 1810, y este hablara hoy desde los balcones, probablemente diría algo así como: “Latinoamericanos, si dejais perder estos momentos de efervescencia y calor; si dejáis escapar esta ocasión única y feliz, dentro de poco seréis tratados como insurgentes. Ved  -diría señalando los portaviones, los helicópteros y los marines apostados unos cuantos kilómetros de nuestras costas –los grillos y cadenas que os esperan”.



Por Rubén Darío González Zapata 
Nacido en la vereda La Lindaja 
Corregimiento Alfonso López 
(San Gregorio) - Ciudad Bolívar

Lectura recomendada

Vida después de la muerte: ¿realidad o ficción? Parte 2

Comentarios
Comparta esta noticia