Por Nancy Muriel Estrada @nancymuriele
¿Para qué subimos las montañas?
Es una pregunta difícil de responder de manera general. Cada persona intenta descubrir, en su andar por esta tierra, qué la impulsa a llegar a lo más alto. Tal vez subimos por una memoria antigua alojada en el cuerpo, por la necesidad de volver a sentir el pulso de la vida.
A usted la nombramos de muchas formas: Cerro Farallón, El Techo de Antioquia, Cerro San Nicolás, Montaña Maestra*. Para mirarla desde el pie, en el corregimiento Los Farallones del municipio de Ciudad Bolívar, donde viven campesinos con su ganado y cultivos de café, hay que alzar el rostro hacia el cielo, levantar la cabeza como buscando inspiración y valentía.

Para internarse en su bosque es necesario pedirle permiso y también perdón, por la intrusión en esos caminos tapizados de hojas e insectos. Siente uno que está interrumpiendo una labor ardua, paciente y restauradora de esa casa. Puede alguien ir mil días y mil noches a visitarla y usted será siempre distinta, pero nunca menos -ni poco- generosa. Aunque no le quedara nada de su vestido verde, siempre tendría algo para enseñar y algo para entregar.
Llegar a sus laderas es demasiado retador para cualquier humano que tenga la osadía de querer alcanzar su cumbre de páramo y rocas. Escuché la historia de que un sacerdote de nombre Antonio María Palacio fue el primero en atreverse y que, en su segundo intento, lo logró un 1º de enero de 1929. ¿Cuál sería su motivación?, ¿cuál su suplicio? Sin duda alguna, la recompensa no tuvo precedente.
A usted, respetada Montaña, por fortuna la he podido avistar desde varios puntos de referencia en el Suroeste de Antioquia, la región donde habitamos las dos. Sus picos elevados y su proporción no dejan duda de su majestuosidad y relevancia dentro de la Cordillera Occidental. Los siniestros aéreos también han marcado su historia con dolor.
Durante mucho tiempo la sentí distante e imposible; me vi incapaz de caminar y trepar hasta su cima. Entonces la contemplé en la lejanía, a través de historias y fotografías de otras personas, desconociendo realmente su origen, su naturaleza, su abundancia y su poder. Pero, ¿qué podría contar sobre usted, tan sabia y milenaria, que ha visto a la tierra transformarse y que presencia hoy los horrores de la devastación humana y del cambio climático?

Ahora quiero contarle sobre un sueño que se apoderó de mí, como un llamado que hacía eco cada vez que la veía a la distancia: una necesidad de retarme a mí misma y de adentrarme en su espesor para conocer un poco de su grandeza.
Primer intento de cumbre
Después de varios años de caminar senderos y montañas, de sentir que iba superando algunos límites físicos y mentales, me creí valiente y capaz de acercarme. Con un grupo de compañeros de caminatas iniciamos el ascenso por sus caminos desde la parte alta del corregimiento San Bernardo de Los Farallones, el sábado 28 de junio de 2025, en la madrugada. Por momentos el miedo quiso acobardarme; me espantaba, sobre todo, la idea de su rechazo, pero mi mente guardaba un anhelo de encuentro.
Con cada paso, en medio de la penumbra, la escuché por primera vez: un susurro de bosque nocturno, un lenguaje antiguo que el viento transportaba entre las ramas de los árboles. Pensé en una madre que cuidaba a sus hijos de los cinco reinos, de lo visible y lo intangible; una vigilante robusta que nunca duerme.
Me presenté ante usted con una canción. La canté en silencio; quiero creer que me escuchó: todo va a estar bien, todo va a estar bien, la montaña y todos vamos a estar bien…
Luego de caminar aproximadamente una hora, nos encontramos con un guardián: alto, bien nutrido, de tronco fuerte y amplio. Estaba cerca de un lugar marcado con un cartel empotrado en otro árbol: Los Aserraderos. Un nombre cruel que, al pronunciarse, escuece la piel; se enuncia como la muerte, esa donde el hombre es verdugo y se lleva todo sin piedad. Pero la muerte natural del bosque es necesaria: de ese perecer surge vida nueva, para convertirse reiteradamente en muerte.
No vine buscando el infortunio -le dije al árbol guardián-. Si usted nos concede el permiso, llegaremos hasta donde la gracia de la Montaña nos ampare.


Los árboles guardianes son fáciles de reconocer, desde su presencia física hasta la energía que emanan. Son seres místicos, generalmente rodeados por otros árboles más pequeños.

Después de un breve descanso, continuamos el ascenso por sus faldas empinadas y enraizadas. El equipaje pesaba, el cansancio llegó implacable y los malestares físicos no se hicieron esperar. Todavía teníamos confianza. El día nos alcanzó muy pronto y, en medio del camino, recibimos el amanecer en sus entrañas: algo alucinante y mágico. El sol entró con su caricia tibia a arrebatarle el frío a las sombras. El bosque que habita en usted se despierta, cambia de sonidos y revienta en colores.


La contemplación es enemiga del afán; nos esperaban varias horas de ascenso, batallando con raíces, troncos caídos, rocas afiladas, mucho lodo y la temida Bejuquera.
Era mediodía cuando los primeros caminantes llegaron al campamento base. A la 1:00 p. m. llegamos los últimos del grupo. Estábamos a 3.245 metros sobre el nivel del mar y ya me sentía extasiada y agradecida. Subir hasta esa altura fue bastante retador. Teníamos la intención de continuar ascendiendo ese mismo día, pero estábamos cansados y la mayoría desconocíamos lo exigente de su cumbre. Una nube oscura orbitaba en lo más alto; lo entendimos como una señal y decidimos quedarnos en el campamento para regresar a nuestros hogares al día siguiente. Sólo cuatro personas continuaron hasta llegar a su cresta.
Pero usted, Montaña Maestra, nos recompensó con un atardecer despejado y un amanecer de colores desde el campamento.



Ese día entendí que los tiempos en la montaña son perfectos para todos.
Segundo intento de cumbre
Enero es un mes prometedor, de inicios y retos. Sábado 10 de enero de 2026: esta vez salimos de día, con más calma. De nuevo recorrí con la vista su inmensidad y la espesa neblina que cubría lo más alto. Sabíamos que iba a llover en cualquier momento de la expedición; eso no nos detuvo. La determinación también la llevábamos con nosotros: éramos once en el grupo.

Iniciamos con entusiasmo en una mañana fresca desde el sector conocido como El Ardedero, en la base, a 1.500 metros sobre el nivel del mar. De nuevo iba a mi encuentro con usted, Montaña Maestra, con su vegetación, su tierra nutrida y vibrante. Me dolió ver las cercas y los alambres de púas entre los potreros y el bosque, como advertencia de quienes se disputan los derechos a poseerla, desconociendo su potestad y su libertad.
Me alegró toparme con el árbol guardián; nos detuvimos ante él para solicitarle permiso de continuar y poder llegar a la cumbre. El ascenso hasta el campamento base fue pausado, tomándonos el tiempo de transitar con cuidado, observando con más detenimiento cada hallazgo y dándole tiempo al cuerpo de descansar.

La tarde transcurrió lluviosa y fría; apenas tuvimos tiempo de armar las carpas y refugiarnos. No fue una noche tranquila; la ansiedad se apoderó de mis pensamientos hasta la mañana siguiente. Había llegado el momento de adentrarnos en otra zona desconocida para la mayoría: mi segundo intento de cumbre.
Salimos temprano luego del desayuno, sólo con lo necesario: agua, algo de comida y ropa impermeable. Con la lluvia del día anterior, los caminos estaban fangosos, dificultando aún más el ascenso. Otros grupos que compartían con nosotros el campamento base ya habían iniciado la caminata. Desde ese lugar la cima no se mira tan lejana; el sitio donde dormimos es un balcón posado sobre las nubes, desde donde, con buen tiempo, se pueden ver también sus hermanas montañas.


Su generosidad es tanta que de lo más alto brotan cascadas y quebradas, como fuentes de leche pura y fresca para alimentar a sus hijos. Pasada una hora de camino, nos detuvimos para abastecernos del preciado líquido, necesario para la cocina durante la estadía y para calmar la sed en el descenso. Dejamos las botellas al lado de la trocha y continuamos subiendo, batallando con la lluvia y el cansancio. Rezamos ante usted para lograr el cometido; teníamos fe, y yo, el presentimiento que lo lograríamos.
A los 3.528 msnm vimos los primeros frailejones, erguidos y pacientes, custodiando los secretos del agua y del viento. Todo lo vivo que habita en usted, Montaña, está cargado de una sabiduría que merece respeto y silencio.


Los síntomas por altura y fatiga a esa elevación pueden ser imperceptibles en algunas personas, mientras que en otras pueden significar graves problemas de salud. En el grupo lo sabíamos, y por eso fue tan importante contar con el apoyo de cada uno. En estos retos de montaña es necesario dar aviso de la ubicación, ir con guías experimentados, contar con botiquín, conocimientos en primeros auxilios y, sobre todo, paciencia y solidaridad. Nos detuvimos lo necesario para preparar una bebida caliente y revisar a los compañeros que presentaron mareos o molestias respiratorias, siempre atentos a la posibilidad de desistir si era necesario.
Eran las 12:00 m. en este punto del recorrido la duda nos rondaba: las condiciones climáticas podían empeorar. La comunicación fluida del grupo fue clave para tomar la decisión de continuar y fijar un objetivo medible: caminaríamos hasta las 2:00 p. m.; pasado ese tiempo, tendríamos que regresar al campamento base.
Sus raíces son fuertes, una maraña sin forma; algunas, descubiertas por la erosión, dejan ver texturas extrañas, como brazos de animales mitológicos abrazados a las rocas. Son soporte para agarrarse y, al mismo tiempo, armas punzantes que cobran su cuota por la osadía de avanzar.

Pasamos La Gruta, una formación rocosa de aspecto primigenio, cubierta de abundantes musgos favorecidos por la sombra y la humedad. En el sitio hay un letrero metálico: Gruta San Gabriel, 3.550 msnm. “Despierta, el clima está cambiando”. Por lo escarpado del terreno, los guías han instalado cuerdas y escaleras metálicas para conducir a las personas hacia la anhelada cumbre.
Nos movíamos lo más rápido que podíamos; quedarse quietos en medio de la lluvia y el frío no es una opción rentable. Nos entusiasmamos cuando llegamos a Las Muelas, una serie de colinas alineadas, punto de referencia importante entre la base del campamento y la cresta.

He aprendido a caminar sin expectativas, sin buscar respuestas, caminando a mi ritmo y dejando que el paisaje se revele a su manera. Después de cada montaña o camino trato de guardarme algo: una imagen, una sensación, no como premios, sino como semillas que me impulsen a seguir caminando esta tierra.

La belleza de la cima
Seguíamos avanzando y, de repente, entre la neblina aparecieron figuras humanas: eran los demás grupos que ya descendían de la cima; a nosotros nos restaba todavía una hora de camino. Verlos nos motivó a continuar. Apuramos el paso y, sin darnos cuenta, ya estábamos más cerca de la cresta. Frailejones florecidos, romeros, líquenes y pequeñas orquídeas rodeaban las rocas. Allí todo es de una belleza sutil, en medio de la crudeza del clima. A las 2:10 p. m. estábamos en el Techo de Antioquia.

Las cimas son hermosas no sólo por su apariencia o por las vistas que nos ofrecen si hay buen clima; más allá de eso, son la representación de la vida misma. No son la meta ni la tarea cumplida: son un momento de regocijo donde aflora nuestra vulnerabilidad. Estábamos a 4.020 metros sobre el nivel del mar. No hubo cielo despejado; el sol no quiso salir. A cambio tuvimos el silencio, el viento, la lluvia y el frío para recordarnos que las cumbres son hermosas por lo que se siente en el pecho cuando el llanto aflora, cuando agradecemos al cuerpo por su fuerza y a la montaña por su bondad.

A las 7:00 p. m. regresamos al campamento base, exhaustos. El barro nos cubría por completo la ropa, las botas, las manos y el rostro, pegado a la piel como una segunda capa. Caminábamos en silencio, cansados, pero enteros, sabiendo que la Montaña nos había permitido volver.

Montaña adentro
Me pronuncié en su nombre
y mis palabras hicieron eco.
Me sembré en sus raíces
y me sentí libre con su espíritu.
Me envolví en sus colores
y me soñé en sus caminos,
incluso cuando no los vi.
Me solté en su llanto de lluvia,
me estremeció su canto de pájaros.
Me espanté ante su inmensidad
y me reconforté en su piel
de hojarasca y humedad.
Calmé mi sed en sus aguas
y me alimenté de su bondad.
Después de todo,
ya no puedo ser la misma
ni sentirme igual.
*Hace referencia a la montaña más alta de un territorio. San Nicolás es la montaña más alta de Antioquia.



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