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Por Nicolás Antonio Vásquez López Cronista

…“ primero la cultura escrita es un bien público y es medio para la construcción individual y colectiva de lo público, y el segundo, que la biblioteca, en tanto espacio social complejo sostenido por una red de relaciones, es también un bien y un espacio para la construcción de lo público” … Silvia Castrillón.

La biblioteca puede ser un lugar ordinario o extraordinario. Ahí dejo el embrollo, la calificación apostada a ustedes. Claro, entiendo ciertas características colindantes al significado material, algo más asistido porque se ve, se toca, se huele, que su complementario abstracto o conceptual. Lo material e inmaterial para mencionar la biblioteca. Atestada de imágenes, discursos y parábolas comunes: estantes, libros, retratos de escritores reputados, citas literarias, sofás… y demás decorados propicios para la instalación de una biblioteca en el ADN occidental. La biblioteca sucede el devenir histórico, desde la antigua biblioteca de Alejandría (Egipto), la biblioteca de Ebla (Siria), la biblioteca de la Abadía de Admont (Austria), entre otras egregias. A su vez contiene la categoría estética, artística, arquitectónica, literaria, filosófica y por supuesto comunitaria de su condición humanista. El 28 de enero de este año asistí a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para oír al escritor cubano, Leonardo Padura, quien afirmó un afecto especial por los bibliotecarios y sus caminos pertrechados de astucia o desidia, de paso narró una anécdota con uno de ellos en La Habana. Carlos, el bibliotecario, me dijo: “si no se lee la Ilíada en una semana le pego con esta muleta”, Carlos no tenía su pierna derecha. Así henchido de fabulaciones épicas Padura leyó las tragedias griegas.

La Piloto, mejor conocida así, ataja el desenfreno de la ciudad, cansada, acosada por el afán. Ciudad opacada por el dolor, el oportunismo, la codicia, la corrupción y la gentrificación de bibliotecas, viviendas y arriendos. En Medellín existe el Sistema de Bibliotecas Públicas, programa insigne a los procesos de lectura y escritura de la ciudad, existe la Fiesta del Libro y la Cultura, alrededor, sinnúmero de eventos satélites a guisa de la promoción de la lectura. Pero, a todas estas, un preámbulo lánguido distante a la acción lectora. No se lee. Se venden libros, se presentan libros, se recomiendan libros, se oye música, se concuerdan contratos, se degusta comida. No todo es así, habrá excepciones. ¡No se lee! se compra qué leer, se embarga la comisura de satisfacción, mercado libresco, alfiles de los bienes culturales prestigiosos. El libro como “objeto prestigioso” de anaquel, intocable, rebozado de elación.

Las bibliotecas son universales. Lugar de tregua comunitaria. Yo aprendiz de lector, puedo considerar, si se quiere, nuevas denominaciones de bibliotecas. Aunque el problema de nominación me llega a interferir en conceptos como los bots de búsqueda, repositorios web e inteligencia artificial. No son bibliotecas; son espacios web con miríadas de textos. Las bibliotecas pueden ser personas, somos bibliotecas viandantes. En Las bibliotecas encuentran calor, resguardo, interacción con otros, introspección, jardín, agua, papel, escritura, lectura y ¿por qué no?, café. ¡A ver pidan eso por la IA! ¡Llegué a mi pueblo! El empecinado motivo de la semana es conocer las remodelaciones a la Biblioteca Pública de Amagá “Emiro Kastos”. Encuentro paredes pintadas, ampliación para estanterías, en el patio césped sintético, añoro un jardín no artificial colgante, ojalá. Dotado de mobiliario nuevo de sofisticado estilacho, aunque poco resistente para las tareas de la biblioteca. Sin retratos de alcaldes, válgame dios. Todo esto corresponde a la congratulación. Ahora falta entre la ciudadanía construir esa biblioteca calurosa, universal, librepensadora, heterodoxa, lectora y ociosa.

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