Por Diego Leandro Garzón Agudelo Leandro Renato Vélez Orozco

La mina, la minería, los y las mineras han sido motivo de escritura para la literatura y la sociología. En Latinoamérica, las narraciones que tienen por contexto la mina aparecen en un estado muy consolidado a finales del siglo XIX. Un ejemplo de ello es el cuento La compuerta número doce del escritor chileno Baldomero Lillo (1867-1923). En Colombia son referentes el cuento La tragedia del minero, de Efe Gómez (1867-1938), y la crónica Mineros de Tomás Carrasquilla (1858-1940). Esta última fue una de las lecturas tratadas en el Encuentro para leer la mina, llevado a cabo el pasado viernes 20 de febrero en las instalaciones de Cultivarte del municipio de Amagá. Desde esa tradición literaria es que cobra sentido el ejercicio de lectura compartida que aquí comentamos.
Para este encuentro, propusimos la lectura de la crónica de Carrasquilla porque, a diferencia de los textos leídos en las sesiones previas, no se ocupa de lo que sucede adentro de la mina, sub terra. Narra lo que acontece afuera, el sábado, día en que el minero recibe su paga. El texto hace posible leer cómo el mundo circundante cobra vida, se articula y se mueve gracias a los réditos que produce la explotación del carbón. En este sentido, resulta evidente que el minero constituye el eje económico de ese pequeño universo, en tanto la economía local como la doméstica dependen de su trabajo. Asimismo, la crónica permite trazar el modo en que se configuran una serie de redes personales y económicas, a partir de los oficios que surgen para satisfacer las necesidades del minero y su familia.
Por un lado, lo que narra Carrasquilla en su texto, publicado por vez primera en 1914, sigue siendo, poco más de un siglo después, paisaje. Así lo expresó una de las asistentes al encuentro cuando hizo un paralelo entre el texto y la manera en que se configura el tejido social del corregimiento de Minas, ubicado en el municipio de Amagá, que es un pueblo minero del Suroeste antioqueño. Al respecto agregó: todavía es posible tener noticias de las tiendas en las que el minero siempre queda debiendo porque la paga nunca es suficiente. Tal precisión, sirve para advertir que aún hay lugar para la confianza en las transacciones económicas. La palabra, en algunos lugares, mantiene su valor entre las personas. Tampoco es de extrañar que sea la comida lo primero que asegura el minero para él y su familia, pues es esta la que brinda la fuerza física necesaria para poder trabajar.
Lo anterior es sólo una de las aristas que señalaron los y las lectoras durante el encuentro. Conviene añadir que, contrario a lo que se dice popularmente, cuando se habla de lo que sucede en torno a la minería, no se trata de una moneda de dos caras, sino de muchas más. Hecha la salvedad, otra de ellas es lo que ocurre en las cantinas, espacios a los que el minero acude en busca de música para acompañar el licor, donde también encuentra drogas y prostitución. No faltó quien precisara que para esos lugares siempre hay plata. Comentario que tuvo como réplica un elocuente: “pues claro, si allá no fían”. Es cierto que estos establecimientos abundan en los pueblos mineros, como moscas donde hay dulce. Pero de ahí a sostener que la precariedad económica del minero obedece únicamente al uso recreativo —bueno o malo, según se juzgue— que da al exiguo salario que percibe, es un argumento injustificado. Tal afirmación reduce a una explicación moral lo que, en realidad, constituye un problema de orden estructural.
En este punto la conversación se desplazó del terreno económico a lo simbólico. A medida que la lectura permitió desenmarañar con algo de detalle lo que sucede afuera de la mina, se resaltó lo irónico que resulta llamar héroe a una persona sólo porque su trabajo lo obliga a arriesgar la vida. Ahora, señalar la ironía no supone desconocer la heroicidad de su labor, pero sí sirvió para poner en el centro de la reflexión la poca recompensa que recibe el minero por exponer su vida, pues su sueldo, como se ha dicho hasta el cansancio, a duras penas le alcanza para sobrevivir o ¿Será que le dicen héroe es por vivir y sacar a una familia adelante con tan poco dinero? De ser esta la razón, habría que precisar que vivimos en un país lleno de héroes. Para identificar a los villanos en esta historia de héroes que es como nos venden la precariedad del minero, invitamos al lector a usar la imaginación.
Por otro lado, el relato de Carrasquilla da a entender que, luego de gastarse su pago en un día de excesos, suele verse al minero —que no a todos, para evitar generalizaciones— volver a la periferia del pueblo, derrotado, aguardando a que acabe su domingo de cuitas, y sin mucho ánimo para retornar a sus tareas, anhelando que llegue una vez más, el sábado, día de pago, para entonces repetir la misma historia. Desde luego, esa repetición va a depender de la arista que se mire, pues están los que comparten con sus familias, los que procuran descansar y los que encuentran en el divertimento que ofrecen las cantinas, el licor, las drogas y los prostíbulos, lo que más se parece a la felicidad. Es claro que en el encuentro no abarcamos la totalidad del mundo que se erige en torno al minero ni sus comportamientos.
Cabe agregar que ello no impidió a uno de los asistentes señalar el parecido entre la figura del minero y el héroe griego Sísifo, quien, castigado por los dioses, fue condenado a repetir su labor una y otra vez. En este sentido, nos preguntamos si su caso no es más desahuciante, pues el minero, a diferencia de Sísifo, cuando llega el crepúsculo no ve la roca rodar, sabedor de que ha de volver a empujarla cuesta arriba al día siguiente. Su desenlace es completamente distinto, toda vez que si el minero tiene la suerte de ver la roca en la oscuridad del socavón, lo hace para verla romperse al final de la jornada, con plena consciencia de que, cuando despunte un nuevo día, aunque no vea el sol, va a encontrarse ante una peña más grande que debe procurar romper con sumo cuidado antes de que ella lo rompa a él.
Todo lo anterior, que permitió evidenciar y actualizar la narración de Tomás Carrasquilla, se ratificó con la lectura de la historia de La gata, incluida en el libro Aguas arriba del colombiano Alfredo Molano Bravo (1944-2019). Aunque el relato de Molano transcurre ochenta años después de la crónica de Carrasquilla y se sitúa en el contexto de la minería del oro, y no del carbón, permitió advertir, grosso modo, que las comunidades que organizan su vida al compás de la explotación de los recursos naturales —generalización que se justifica porque en la conversación también se evocó el caso de las caucherías retratado en La vorágine de José Eustasio Rivera (1888-1928)— retratan un mismo entramado: oficios y mercados que se benefician de los mineros, contrabando, corrupción, licor, drogas, prostitución y violencia, pero también padres empeñados en ofrecer a sus hijos educación, salud y sustento, en suma, un mejor destino que el sufrido por ellos.
Si algo dejó claro la conversación es que leer en comunidad es una manera de intervenir en las formas que nos explican la realidad. Para terminar, queremos señalar que algo de esperanza hay en que un grupo de personas se reúnan a leer y conversar de manera desinteresada, sin obligación, por convencimiento y sin afán de figurar. Eso son los Encuentros para leer: espacios para mermarle al ritmo del pueblo y a los prejuicios alimentados por discursos transmitidos en redes sociales. En este primer encuentro, hemos leído a Tomás Carrasquilla y a Alfredo Molano, dos historias que nos dieron elementos para conversar en torno a las dinámicas sociales, buenas o malas, que instaura la minería en las comunidades, mismas que hemos visto durante años en Amagá. Nos mantenemos en el propósito de sostener un espacio real para la lectura, un proceso de formación de lectores. Nuestro horizonte es hablar y escuchar con un criterio informado.
Les esperamos en nuestro próximo encuentro, el viernes 20 de marzo en las instalaciones de Cultivarte. Infinitas gracias a quienes nos dan la alegría de su presencia y reflexiones.
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