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Este 26 de mayo se conmemoran 152 años del nacimiento de Santa Laura Montoya Upegui, la primera santa colombiana, nacida en Jericó en 1874. Más allá de la figura religiosa que con el tiempo alcanzó reconocimiento internacional, varios de sus escritos permiten acercarse también a la mujer, maestra y escritora que reflexionó sobre su propia vida desde una voz profundamente íntima.

Parte de estos textos fueron recopilados recientemente en la publicación Conversaciones con Santa Laura Montoya, editada por la Diócesis de Jericó en la revista Presbyterium (Año LXI, n.° 259, octubre de 2025), bajo la autoría de monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago, obispo de la diócesis, y basada principalmente en la autobiografía Historia de las misericordias de Dios en un alma.

Allí, Laura Montoya se describe desde sus primeros años con frases que hoy permiten entender mejor su origen y personalidad:

“Mi familia ha sido pobre y humilde; pero limpia y cristiana”.

En los textos también recuerda que quedó huérfana de padre siendo niña y relata cómo desde muy joven asumió responsabilidades familiares mientras desarrollaba su vocación por la enseñanza.

“Desde niña he sido inclinada al misticismo y a la enseñanza”. 

La publicación recoge además conversaciones y reflexiones personales en las que habla sobre la escritura, la espiritualidad y su manera de entender la vida. En uno de los apartados explica que nunca pensó inicialmente en escribir memorias y que fue su confesor quien la animó a relatar sus experiencias.

El documento también incluye una cronología de su vida, desde su nacimiento en Jericó el 26 de mayo de 1874 hasta su canonización por el papa Francisco el 12 de mayo de 2013 en Roma.

Entre los datos recopilados aparece además su faceta literaria. En 1956 fue publicado el libro de poemas Destellos del alma y posteriormente Voces místicas de la naturaleza, obras menos conocidas frente a su dimensión religiosa y misionera.

Además de su dimensión espiritual, los textos permiten ver a una mujer que narró con detalle episodios de su infancia, la pobreza familiar y las emociones que marcaron sus primeros años. En uno de los apartados recuerda la muerte de su padre y la separación temporal de su familia como una de las experiencias más difíciles de su niñez. “Ya ve, reverendo Padre, que el primer bocado que me dio la vida fue bastante amargo”, escribió al relatar aquellos años.

En otros fragmentos también aparece una observadora sensible de la naturaleza. Santa Laura describe cómo desde niña pasaba horas contemplando hormigas, árboles y paisajes, experiencias que más adelante relacionaría con su primera noción de Dios y de la espiritualidad.

“Miraba de nuevo al hormiguero, en él sentía a Dios”.

La publicación también recoge pasajes sobre su llegada a Dabeiba y el primer contacto con comunidades indígenas en 1914, experiencia que marcaría el rumbo de su vida misionera. Allí describe el miedo, la incertidumbre y el asombro que acompañaron aquellos primeros encuentros. Incluso aparecen episodios cotidianos y relatos narrados con humor, como el momento en que algunas personas comenzaron a llamarla “la doctora bicarbonato” luego de que atendiera enfermos en zonas apartadas usando remedios básicos.

Los textos recopilados en Conversaciones con Santa Laura Montoya también permiten observar el lenguaje, las visiones culturales y las formas de relación propias de comienzos del siglo XX, en medio de las misiones religiosas desarrolladas en territorios indígenas de Antioquia.

Santa Laura fundó en 1914 la Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena y dedicó gran parte de su vida al trabajo con comunidades indígenas en distintas regiones del país.

152 años después de su nacimiento, su figura continúa ocupando un lugar central en la memoria histórica, religiosa y cultural de Jericó y del Suroeste antioqueño.

Santa Laura fundó en 1914 la Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena y dedicó gran parte de su vida al trabajo con comunidades indígenas en distintas regiones del país. Hoy, 152 años después de su nacimiento, su legado hace parte de la memoria religiosa, histórica y cultural de Colombia.

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