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Por Diego Leandro Garzón Agudelo
Colaborador municipio de Amagá
Voluntario del proyecto Club de lectura “Leer el mundo”

El nombre de esta columna tiene mucho de programa, de programa político en el sentido de formación política, porque la lectura es, como lo hemos sostenido en distintos espacios, una práctica política; aspira a convertirse en la expresión de una voluntad de entender el entorno, de comprender la realidad personal, de evadir también (evadirse es una decisión, a fin de cuentas), de recrear el mundo, de problematizar lo que se asume como natural o dado por hecho. Todo lo anterior se traduce en la formación de una subjetividad, en la configuración de una manera de ver el mundo y posicionarse frente a él. En esa búsqueda toda forma de lectura es pertinente; la ficción, la no ficción, la autoayuda, las manifestaciones orales, la cultura popular adquieren la categoría de texto que amerita ser leído y, en esa medida, contribuir a una visión, en principio personal, luego, quizás, colectiva del mundo.

Por eso leemos, por eso somos idealistas al proponer espacios para la lectura, por eso acercamos a las niñas y niños al universo de los libros y la palabra literaria, al mundo de la cultura escrita; por eso hemos leído a Emiro Kastos, Las mil y una noches y escrituras diversas sobre la mina, ese relato doloroso tan nuestro y, al mismo tiempo, tan ajeno.

Debe llamarnos la atención este interés inusitado que se ha despertado en nuestro municipio por la lectura en espacios distintos a las instituciones educativas; Cultivarte, la Emisora del pueblo, la biblioteca pública municipal, Comfama, por mencionar solo los lugares más visibles que congregan a lectores y lectoras hoy en día en la zona urbana del municipio, se han convertido o buscan convertirse en centros donde la lectura pueda estar al alcance de todos y todas. Este no es un asunto menor en un territorio con tantas dificultades y carencias en materia cultural.

Luego de “Leer el mundo”, el proyecto de club de lectura dirigido a niñas y niños del municipio que cumple cinco años en 2026, nacieron los “Encuentros para leer” que han convocado desde 2023 al público adulto; lo que nació como una iniciativa para conocer la escritura de Juan de Dios Restrepo (Emiro Kastos), se transformó en un espacio de encuentro motivado por un grupo de hombres y mujeres jóvenes y adultos entusiastas de la lectura. Después llegaron las noticias sobre la creación de “Mujeres que leen”, una hermosa iniciativa de la profesora Nancy Trujillo que ha congregado a jóvenes lectoras del municipio y que le ha dado vida a espacios como la biblioteca pública municipal y a las nuevas instalaciones de Comfama. Hace poco, la emisora del municipio, de la parroquia, con el apoyo de la Escuela Normal Superior, inició un loable proyecto de alfabetización de adultos que, además, consolida una biblioteca para esos nuevos lectores. Se trata de al menos cuatro iniciativas de lectura que comprenden muy bien la idea de proceso, de formación en la lectura, despreocupados de las cifras y los informes de gestión. El único propósito es que la gente lea.

Vale decir que, en todos los casos, se trata de iniciativas independientes, es decir, planteadas y gestionadas por personas naturales sin ningún tipo de vínculo con instancias como la Secretaría de Educación. Esto habla bien de las personas que lideran esos procesos, al tiempo que deja un gran interrogante por la labor de las instancias gubernamentales que deberían ofertar oportunidades de este tipo, por las prioridades de los programas de gobierno, por el lugar del acceso a la cultura escrita en la gestión cultural del municipio. No obstante, es evidente que los espacios para la lectura constituyen un interés actual de un importante sector de habitantes del pueblo, quizás no al nivel del deporte, la fiesta popular o el reinado (esa práctica anacrónica), pero un interés que merece ser atendido, potenciado, expandido a las zonas rurales y contextos vulnerables del territorio donde las propuestas culturales siguen siendo precarias o inexistentes.

Pero somos optimistas con este panorama. Hay familias, niños, jóvenes y adultos que a lo largo de estos cinco años han formado un criterio sobre la necesidad de la lectura en sus vidas; esa voluntad ha sido suficiente para sostener los proyectos, para autogestionarlos sin perder autonomía e independencia, porque estas iniciativas no funcionan si dependen de la politiquería que, a nuestro pesar, ha contagiado el acceso a la cultura.

Hoy esos procesos se fortalecen, tratan de articularse, se reconocen y buscan colaborar entre ellos. Las redes sociales, las instituciones educativas, el voluntariado, aportan a la expansión de estas experiencias. Ese es, quizás, el principal reto de estos procesos de formación lectora en la actualidad: expandirse al tiempo que no perder de vista la libertad y autonomía en la que se forman los lectores; llegar a más personas y sostenerse en el tiempo sin detrimento del espíritu crítico, individual y colectivo, que se aspira a formar.

Nos han preguntado por qué lo hacemos. La respuesta no es otra que “porque hay que hacerlo”. Si bien lo hemos justificado, creemos que la presencia de la lectura en la vida de los pueblos no requiere de ninguna justificación. Se trata del derecho de los seres humanos a habitar y participar de la cultura, del derecho a formar un juicio, al ejercicio de una voluntad. Esta es una terea que no solo le compete a la escuela pues, una vez termina la escuela, qué instancias deberían garantizar ese derecho, ese acceso, más allá de la disposición de “templos del saber”, como se insiste en llamar a las bibliotecas. La discusión nunca ha terminado y para nosotros es un logro que en Amagá apenas inicie.

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