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Por Cristian Alejandro Agudelo Sánchez
Filósofo y Bibliotecario Municipal

Día de la conmemoración de la memoria y la solidaridad de las víctimas del conflicto armado en Colombia

Más allá de hablar académicamente del conflicto armado en Colombia, y mi reflexión en torno a las realidades condensadas a lo largo de la historia compartida en diarios, voces, testimonios, periódicos, fotografías, crónicas periodísticas, poemas, narrativas (como cuentos y novelas), más allá de haber elegido este tema tan amplio para aspirar a mi título profesional como Filósofo de la Universidad de Antioquia, con la tesis titulada Tras el rastro del agua. Aproximación a la relación memoria, testimonio y literatura: “una experiencia al leer y nombrar la violencia en Colombia”.[1]

Deseo compartir estas palabras ligadas a mi cercanía con este tópico. Hoy 9 de abril conmemoramos más que una fecha, un día que nos debe recordar la necesidad de seguir creyendo en el servicio y en el valor de la vida de cada ciudadano, hacer de la memoria y solidaridad de las víctimas del conflicto armado en nuestro país como algo propio, así nos lo recuerda la meditación XVII de John Donne:

La muerte de cada hombre me disminuye,
pues estoy involucrado en la humanidad.
Por lo tanto, no preguntes
por quién doblan las campanas,
doblan por ti.

Lo anterior entonces, nos dice que, al estar ligados a la condición humana, el dolor, el sufrimiento y la barbarie, situaciones de la experiencia extrema, derivan en un sentimiento universal que nos precede como especie, y no nos separa de la distancia tanto en la historia, circunstancias como las latitudes geográficas, hacer del dolor ajeno algo propio. Es comprender la responsabilidad que tenemos para como el mundo y el destino humano en habitar este espacio compartido. La connotación de tantos años del conflicto armado en Colombia, me refiere a una herida que respira, portavoz de un retrato hablado, mientras el dibujo a lápiz reconstruye las realidades de las grietas que ha dejado y al mismo tiempo el encuentro con la esperanza de continuar dotando de sentido nuestra historia.

La tierra ya no huele sólo a lluvia; tiene un rastro metálico, un sabor a hierro que se queda pegado al paladar de los días. Aquí, el silencio no es paz, es una espera tensa, un animal agazapado entre los cafetales que han aprendido a crecer sin que nadie les cante. Los caminos, que antes eran venas por donde circulaba la risa y el intercambio, ahora son cicatrices que se cierran al atardecer, advirtiendo que la noche no pertenece a los hombres, sino a la sombra de los fusiles. Las casas se han vuelto cáscaras de recuerdos. En las paredes desconchadas aún cuelgan retratos de santos que parecen haber bajado la mirada ante el estruendo. No es sólo el plomo lo que hiere; es el vacío que deja la silla en el comedor, el eco de un nombre que ya nadie se atreve a pronunciar en voz alta, como si el viento pudiera traicionar el duelo. Somos hijos de un mapa que sangra por las orillas. Hemos aprendido a leer el vuelo de las aves no por el cambio de estación, sino por el presagio del miedo. Pero entre la ceniza, hay una terquedad mineral: la mano que, a pesar de todo, vuelve a hundirse en el barro para buscar la semilla. Porque, aunque la historia intente borrarnos con el humo, la memoria es una raíz profunda que sabe que, tarde o temprano, la montaña volverá a ser sólo montaña, y el río sólo agua lavando las penas.

El conflicto armado habita los silencios, las ruinas y la memoria que persiste a pesar del estruendo. No busca narrar la cronología de una batalla, sino el impacto de una esquirla en el alma de quien se queda o de quien se va. Los miles de pobladores en las regiones del país saben, que sus pueblos arrebatados de su inocencia perdieron su nombre por el ultraje:

​El pueblo ya no tiene nombre, sólo una cicatriz de ceniza donde antes dormía el mercado. Las casas abren sus puertas como bocas que han olvidado el lenguaje de la bienvenida. Aquí, el viento no trae polen, sino el eco de pasos que nunca terminaron de llegar. Aprendimos a distinguir el miedo por el peso del aire, a leer en las grietas de la pared la caligrafía de la ausencia. La guerra no es sólo el estallido; es el silencio mineral que queda después, cuando las manos buscan, por inercia, la mano de quien ya es sólo un susurro en el rastrojo. Se fueron con la prisa en las costillas y el mapa de los ancestros doblado en el bolsillo del miedo. No pesaba la maleta, pesaba el camino que se estiraba como una herida abierta. Dejaron el café servido, la llave en la cerradura por si la esperanza decidía volver temprano, y el perro ladrándole a un rastro de pólvora. Ahora caminan por ciudades de asfalto frío, cargando un campo que ya no les pertenece, sembrando nostalgias en los balcones, mientras el corazón, terco y labriego, sigue ordeñando las sombras de un valle que quedó atrás. En la trinchera, la tierra no es para la siembra, sino para el escondite. El metal tiene un olor agrio, una frialdad que no conoce estaciones. El muchacho mira el horizonte y ve el mismo cielo que su enemigo; un cielo que no entiende de uniformes ni de banderas izadas sobre el hambre. La bala es una palabra definitiva que interrumpe poemas a medio escribir. Qué extraña aritmética la de la muerte: donde uno cae, se restan mil mañanas, y el campo de batalla se convierte en un jardín de cruces que nadie reclamará en primavera.

Las montañas, que antes eran templos de silencio y niebla, se convirtieron en testigos mudos de una juventud interrumpida. En el corazón de la cordillera, donde el tiempo debería medirse por el crecimiento del musgo y la maduración del café, el estallido borró el futuro. La madurez robada, ellos se la llevaron. El derecho a encanecer frente al fogón, a que las arrugas fueran sólo el mapa de las cosechas y no el surco del miedo. En estas laderas, la muerte aprendió a llegar antes que la tarde, segando los brotes verdes mucho antes de que pudieran volverse robles. La montaña ya no guarda ecos de labranza, sino silencios de plomo. Arrebataron la paz de las manos nudosas que debían sostener nietos, obligándolas a empuñar el vacío o la madera fría de un fusil que no pedía permiso. Los ojos, que debían gastarse leyendo el vuelo de los pájaros o el color de las nubes para anunciar la lluvia, se secaron antes de tiempo, fijos en un horizonte donde el humo reemplazó a la neblina. No hubo tiempo de ser viejo. El conflicto impuso una prisa cruel: o te volvías sombra o te volvías tierra. Hoy, el viento baja por el cañón con un lamento de siglos. Es el suspiro de los que no llegaron a ser abuelos, de los que dejaron su nombre grabado en un tronco que nadie reclamó. Se llevaron la posibilidad de la mecedora en el porche, del cuento contado a la luz de la vela, de la muerte natural bajo el techo de paja. En la montaña, la vejez se volvió un lujo prohibido, un mito que se quedó enredado en el alambre de púas, mientras los campos, heridos, siguen esperando a sus dueños para que, por fin, les permitan envejecer juntos. Elementos de esta ausencia, el tiempo fracturado, La cronología ya no es lineal, sino que se rompe con el desplazamiento o la pérdida. La geografía como herida, La tierra deja de ser sustento para convertirse en escondite o fosa. La herencia truncada, el saber ancestral que no pudo ser transmitido porque el portador de la historia fue silenciado.

Alguna vez, Gonzalo Sánchez, ex director del Centro Nacional de Memoria Histórica señalaba con referencia a la imagen icónica de la Piedad lo siguiente:

“El centenar de personas arrebatadas por este delito en Colombia y el mundo han sido condenadas a habitar una zona indeterminada entre la vida y la muerte. Pero lamentablemente son muchas más las víctimas a las que la desaparición forzada no solo ha privado de la libertad, sino que les ha quitado la vida, dándoles una muerte violenta y clandestina; y en esos casos, la infamia ha ido más allá, donde se creería que precisamente no se puede ir más allá: les quita a sus familiares, seres queridos la posibilidad de conjurar los rituales de la muerte, en el espacio (la tumba) y el tiempo (el duelo); suspende, entonces, su derecho a tener una muerte propia. El desaparecido que ha sido asesinado es alguien que no puede ser llorado, sobre su cuerpo, por sus dolientes. El desaparecido, en ese sentido, es alguien que no tiene su Piedad, es decir, aquella imagen icónica de la madre dolorosa que llora a los pies de su hijo o se abraza a su cuerpo. La fosa hace parte del inventario de atrocidades con las cuales se pretende desaparecer un cuerpo humano; pero es también, para el familiar que ha esperado durante años conocer el paradero de su ser querido, el lugar y la posibilidad del encuentro con la verdad del desaparecido” (Sánchez, Gonzalo, 2014, pág. 26). 

Serie de fotografías de la procesión del Viernes Santo abril 3 de 2026, La Piedad, Amagá-Antioquia, Fotografías de los jóvenes Andrés Jaramillo y Esteban Montoya.

Dentro del conflicto armado, la desaparición forzada, es casi que indecible por lo ya señalado, el lenguaje cotidiano no puede nombrar el vacío, la espera congelada y el eco de los que ya no están. En la geografía de la ausencia, no es la muerte lo que habita esta casa, sino su antónimo más cruel: la incertidumbre. La muerte tiene un cierre, una mortaja, un puñado de tierra y una flor que se marchita con el permiso del tiempo. Pero la desaparición es un reloj sin manecillas, un presente perpetuo donde el aire se espesa con la pregunta que nadie se atreve a gritar. Se nos quedó el nombre colgado en el perchero, junto a la chaqueta que aún conserva el olor del café y del camino. Buscamos en la tierra, no para sembrar, sino para desenterrar el silencio. Cada palada es un ruego; cada terrón que se deshace entre los dedos es un intento de recuperar el rastro de una sombra que se llevaron sin permiso de la luz. El río corre pesado como si llevara en sus venas el peso de los secretos que el cauce no quiere confesar. Dicen que el agua olvida, pero las orillas retienen el grito mudo de los que fueron convertidos en corriente. ¿Dónde termina un cuerpo cuando la guerra decide volverlo niebla? La geografía del país se ha vuelto un mapa de cicatrices invisibles. Somos arqueólogos del dolor, rastreando en las laderas y en los baldíos una señal, un botón, una vértebra que nos permita, por fin, iniciar el luto. Porque mientras no haya un lugar dónde llorarte, seguirás siendo este viento que golpea la ventana, esta silla vacía que duele más que una herida abierta, esta búsqueda que no termina porque el amor, a diferencia de la guerra, no conoce el descanso.

La espera es aún mayor, y en una corazonada de madre, testimonio real de la víctima en uno de los más profundos relatos del Informe Testimonial Cuando los pájaros no cantaban de la Comisión de la Verdad se acentúa esa voz, que se continúa desgarrando mientras las noches son eternas y nunca amanece …

Corazonada de madre

Por allá en el 2004, los pelaos me dijeron «vamos pa Codazzi a coger café». Iban a trabajar en una finca de una señora de apellido Mendoza. Ellos me dijeron «llegamos el 30». Antes de que salieran, me les arrodillé por ese presentimiento que tenía. Les dije: «¡Por favor, mis hijos, no se vayan!». «Nosotros no nos metemos con nadie -me dijeron- no nos va a pasar nada». «Sí, eso lo sé yo y mi Dios también lo sabe, pero los que estamos pagando hoy en día la violencia que está habiendo, los que estamos sufriendo más, somos los que no tenemos nada que ver con la guerra. Yo no quiero que ustedes se vayan por allá porque ustedes no van a volver. Yo sé que no los voy a ver más». «No diga eso. Le llegamos el 30. Y si no llegamos el 30, llegamos el 31, pero le llegamos».

Nosotros para esa fecha nunca habíamos estado distantes. Y ya cuando llegó el 30, yo esperé a mis pelaos. Llegó el 30 en la noche. Llegó el 31. El 31 en la noche me abracé con el hijo mío mayor y le dije: «Miguel, los pelaos no vuelven más». «No diga eso, mamá. No diga eso que ellos sí van a venir». «No, no van a venir». (Comisión de la Verdad, 2022, pág. 31)

Finalmente, al explorar estas líneas, al volver sobre los pensamientos y lectura de análisis que había incluido en mi tesis de grado, mientras vuelvo a configurar una nueva forma de ver las cosas tras dos años de haber puesto el punto final al trabajo de grado, comprendo,  enormemente, que el sonido del repicar de las campanas, composición el presente texto del repicar de las campanas, ya no preguntan por quién doblan, porque lo continuarán haciendopor ti y por mí.

Referencias bibliográficas

———-Sánchez, Gonzalo (2014) Centro Nacional de Memoria histórica Textos Corporales de la crueldad, Memoria histórica y Antropología Forense, Bogotá, Colombia. CNMH.

———–Volumen testimonial, Informe final de la Comisión el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la No repetición (2022) Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en Colombia. Versión digital.

 

[1] Durante el tiempo de escritura de mi tesis de grado, titulada Tras el rastro del agua. Aproximación a la relación memoria, testimonio y literatura: “una experiencia al leer y nombrar la violencia en Colombia”, texto construido para optar al título de Filósofo de la Universidad de Antioquia; la elección de mi tema de investigación fue algo que se advinó casi al instante, en un momento donde las coyunturas sociales y políticas de país, estaban mirando lo que pareció una luz de esperanza para la terminación del conflicto armado más largo en el continente. Mi trabajo de grado atravesó muchos momentos en su escritura, así mismo, como las situaciones que se veían condesadas en las circunstancias del país, y que me llevaban constantemente a volver sobre la escritura, el estado del arte y los referentes conceptuales. En este proceso, me impactó mucho lo que luego fuera la votación por el Plebiscito, y no sólo por el resultado, sino que ello evidenciaría aún más la polarización histórica que hemos tenido como nación, y que para la actualidad de nuestros tiempos creíamos superada. Por temas personales, me vi obligado a dejar la Universidad, y paré la escritura de la monografía, faltándome la última fase que exigía el Instituto de Filosofía, Trabajo de Grado 2. Luego, pude retornar a la Universidad, un poco más mayor, al joven, al muchacho que viajaba desde el Suroeste de Antioquia, al centro educativo más importante del departamento, y uno de los más apetecidos en el país. Con la madurez y reflexión un poco más debidas, la conciencia sobre el trabajo de grado, pudo incluir una investigación mayor, al punto de obtener una distinción meritoria, una mención de honor que el jurado evaluador decidiera sugerir a la Universidad el conceder al estudiante que estaba aspirando al título. No puedo negar, que esto nos alentó, y las emociones encontradas afloraron, los esfuerzos de tantas personas, en especial a mi madre a la que le entregaba al igual que a mi familia, la satisfacción por haber creído en mí, así los esfuerzos personales tienen una resonancia cuando se hacen desde el ser en pro del servicio. Sin embargo, esa distinción también me hizo comprender la necesidad de desplazar el ego, la responsabilidad social que tenemos los ciudadanos en la construcción cotidiana de un mejor país.

Lectura recomendada:

Bajo el cincel del tiempo, la carne, la piel y el alma se convierten en significado

 
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