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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

Entrado en el Hospital San Fernando de Amagá, hago la fila, llego a la cola para ingresar a un cubículo con olor aséptico para que me introduzcan una aguja hipodérmica; en un acto de vampirismo, así extraer mi sangre. Un galeno nos revisa acucioso la papelería (órdenes, autorizaciones): “A usted le falta esto”, “suba al tercer piso para autorizar esto otro”; algunos se percatan de avisar su posición en la fila, otros salen taciturnos y vuelven a la cola. Él me observaba con sus ojos de pichón de búho; dientes pequeñitos apenas asomaban de la encía, dedos de palillos. ¡Emanuel! Lo llama su mamá desde la fila; me senté a su lado. “Este es el puesto de mi mamá”, me dice. Le prevení: “Cuando llegue la mamá, yo se lo cedo”. “¿Jugamos?”, me dice Emanuel con los ojos más abiertos que antes; saca un automóvil rojo de juguete, me otorga el título de “amigo”, me trata como si fuera alguien conocido, familiar… Me quedo absorto por su desenvolvimiento en los intríngulis de la amistad, la fugaz, la no pedida, la no forzada. Se me cruza por la cabeza la pregunta: ¿la gente alrededor pensará que soy su papá?, un tipo como yo jugando con un carrito deportivo rojo que se abren sus puertas en la sala de espera, destartalado por los golpes sucesivos que el niño le propina. La relación se intensifica y quiere jugar ¡más!, ¡más! y ¡más! Los niños tienen picos febriles por el juego; ahí ocurre la magia de jugar con un niño. Ojos grises verdosos me miran entusiastas; hubo un atisbo de mi nombre, no, es otro apellido. El niño previene mi abandono; sabe algo, yo también: la amistad allí va a morir. Se agarra fuerte de mi pierna derecha a modo de garrapata, casi inamovible. Miro a todos lados sin saber qué hacer; se me ocurre decir que sigamos jugando; ya pronto me iré. “¡Nicolás Antonio Vásquez!”, no, ¡soy yo! Él no sabe mi nombre; sin embargo, lo reconoce, me vuelve a agarrar de la pierna, me dice: “¡Amigo, no se vaya!”. La mamá le grita, lo aparta; me voy casi resuelto para ser chuzado con una aguja hipodérmica. Volví a salir; mi visión no abarca la pequeñez bondadosa del niño; lo veo, sí, es él, apeñuscado en una columna: “Amigo, ¿jugamos?”, dijo interrogativo. Me despido, le digo que no puedo, me sentí roto, una minúscula tragedia de abandono; él en un instante hará otro amigo, yo, no tengo esa capacidad, nunca la tuve. Uno llega a temporadas en la vida donde los amigos duran minutos y se recuerdan cercanos.

El domingo, día de la Santa Cruz, peregrino con mis amigos hacia el municipio de Angelópolis; no lo conocía. La ruta es en bicicleta, la bicicleta de Taiwán. Bajamos al corregimiento de Minas, en el asfalto hirviendo una zarigüeya yace despanzurrada en un croquis de sangre, la desinfló un cretino, seguimos por La Clarita, La Florida y La Estación. Siga derecho; las pendientes fangosas de piedra suelta suscitaron un desafío. Bajo, sujeto la bicicleta y la subo cabestrada. En la vía hacia el cementerio de Amagá, contiguo a un edificio de EPM, me percaté de un policía acostado (reductor de velocidad); lo esquivo, me paso a la vía destapada justo en la vera del camino. La llanta no sube completa de nuevo al asfalto; el borde es una pared ineludible, me expulsa, caigo con un giro atribuido a mi Zempo Kaiten Ukemi de judo; mi pie queda atrapado en el tenedor. Mi amigo Sergio me socorre; dos curiosos avisaron a Efraín, quien no pudo ver la acrobacia: ¡estoy bien! Aparentemente, “amigo” proviene del latín “amicus”; a su vez, este deriva del verbo “amare”: el que ama o el que es amado. La llegada fue agónica; es mi primera vez en una travesía con las características ciclistas. En Angelópolis hay que escalar para llegar a los ángeles; la cerrazón cubría las montañas de la Cuenca de La Sinifaná. Dolorido en búsqueda de desayuno, de regreso por la vía Angelópolis-La Valeria-Caldas, el suplicio cíclico, día y noche, las ruedas de los vehículos, mirar hacia adelante, jadeante, ver que la vía no se acaba, sube, baja, se estira como el universo, nunca termina, porque llegamos a donde empezamos, siempre.

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Comentario: Tocón amarillo

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