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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

La verdolaga vuelve a florecer en el jardín prensil de mi casa, coqueta, abierta en pétalos fucsias; sin importar los vecinos contornos de otra flor encendida —ella se cree la más bella—, ella no necesita corona, pues es la reina, flor de un día; nada más ella. El efecto hipnótico de las flores sobre los antioqueños no puede ser otra cosa que la belleza capturada en un balcón vasco; Antioquia caza las flores, las domestica, las pone en floreros, en féretros, las pone a producir dinero en fiestas alegóricas… fiestas de silleteros; ¡ah!, no contenta, extiende en las frías tierras del Oriente la floricultura: negocio millonario e internacional. No me malinterpreten, amo las flores, estoy enfermo de antioqueño; algunos aromas de ellas me recuerdan el cementerio; otros, como las del floripondio, me dan sueño; reviven el camino nocturno de vereda y las del jazmín de noche, blanquecino olor puro, cestrum nocturnum, me guían a la calma. ¿Según usted a todos les gustan las flores? No, hay quienes las detestan, las odian; ¿cómo no odiar el pinchazo de la espina de la rosa o el asfixiante muro vertical de la del ojo de poeta?

¡Enfermo de antioqueño estoy! Sin embargo, reconozco mi condición contradictoria: el anti-antioqueñismo, dos “anti”, doble contra; doblemente villano. El pasaporte federal se me quedó en el baúl de Pedro Justo; las plegarias ofrendadas a la mística Santa Laura Montoya y el beato Fernando González son quisquillosas confesiones, detestables de antagonismo anti-antioqueño. Veo cómo la verdolaga fucsia que prende en la oreja de la novel normalista enciende deseos libidinosos en los hombres de trabajo que pagan por amor; el magín empresarial —defecto de mis afectos— desgarró la entraña de la tierra, la profanaron de túneles, la hicieron explotar. Aquí hincado en el púlpito sacrosanto veo al gran antioqueño, prohombre, en acción de gracias por los favores recibidos, exvotos carroñeros, para más tarde venderle el alma al diablo que vio en una cantina tomando guaro.

Querido lector, volvamos al balcón de las verdolagas, donde empezó la crónica; veo al antioqueño recoger el presupuesto, lo aprieta, en frugalidad extrema puertas adentro de su hogar, “amarrado con los suyos”; en cambio, cuando la visita llega, el candil reverbera y atraganta la parentela con frijoles, bizcocho, mazamorra, guaro, parva y aguapanela, los indigesta; ellos salen redondos, rechonchos de amabilidad, así son las cosas; sin medias tintas, el antioqueño no tiene pasiones a medias, como dijo Emiro Kastos, el olvidado. Cae el sol de otro día de junio, último día del mes por calendario; la flor esplendorosa, abierta de par en par en la mañana, cerró por la tarde. El estigma de erecto farol atrae las abejas angelitas; se encogió su fisiología en un cartucho envuelto, derrocada la reina en la puesta de sol, majestad por un día; ¡adiós!, ¡adiós!

Lectura recomendada:

Crónica parroquial: El remordimiento

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