Por Rubén Darío González Zapata Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
–Oiste, hombe Sócrates, ¿te acordás en qué mes estamos?– La mula Linda y su amigo el buey Sócrates, una vez más, disfrutan de un merecido descanso al caer de la tarde. Han pasado cerca de 7 años desde aquel día en el que el Concejo Municipal de Ciudad Bolívar adoptara la decisión de crear el Festival de la Mula y el Café, una actividad de carácter cultural y de alegría, a través de la cual los habitantes de Alfonso López (San Gregorio) se darían a sí mismos en el mes de octubre de cada año una oportunidad para mostrarle al mundo de todo lo que son capaces en materia de emprendimiento, creatividad y entretenimiento.
–Lo sé, estamos a mediados del mes de septiembre. Sé también de lo que querés hablar, hombe Linda: del momento en el que vos y el café serán nuevamente los protagonistas de la historia–, respondió Sócrates quien, como siempre, salía de su ensimismamiento meditativo para responder a la pregunta. Y yo, en mi condición de admirador y entrañable amigo de estos dos personajes, de nuevo en las alas de mis sueños recurrentes, tengo el privilegio de asistir personalmente a esta particular conversación y participar en ella. Luego de un abrazo mutuo, los tres retomamos el diálogo que, una y otra vez, ha quedado abierto en el pasado.
El escenario sigue siendo el mismo: la pesebrera ubicada a unos metros de aquella casita de la loma. Desde este palco natural los tres asistimos una vez más al espectáculo que nos brindan las sombras de la noche que se avecina y que tiñen de verde oscuro las praderas de La Lindaja y la cadena montañosa de los Farallones del Citará, en cuyas superficies pequeños puntos luminosos empiezan a aparecer como luciérnagas que emergen mágicamente de la tierra. Nuestros ojos se vuelven instintivamente hacia un lugar específico: un pequeño caserío que se sienta a horcajadas sobre el filo de una suave cordillera que extiende sus pies hasta tocar con ellos las aguas del, alguna vez muy caudaloso, río San Juan. Ese es –les digo a mis amigos– nuestro pueblo San Gregorio o Alfonso López o, si lo desean también, La Libia y hasta El Filo. En realidad, más allá del nombre que usemos para llamarlo, lo que importa es el alma de quienes allí sembraron sus semillas y de quienes han continuado cultivando con amor los anhelos y las esperanzas que en él plantaron nuestros tatarabuelos y abuelos para asegurar que estas nunca dejen de crecer y que de ellas sigan brotando flores cada vez más hermosas.
Al terminar aquellas palabras, sentí que en ellas faltaba algo. Lo vi en las miradas de Sócrates y Linda. Así que con un leve gesto (las palabras entre nosotros a veces salen sobrando), les hice saber que quería escucharlos. Entonces Linda habló:
–Qué hermoso es saber que en ese escenario que acabás de dibujar, hombe Rudaro, nuestro género tiene un espacio irremplazable. Sin el concurso de nuestros antepasados, sembrar las semillas históricas habría sido una tarea muy difícil. Y estoy hablando también de las semillas físicas de los productos sin los cuales la vida económica de esta comunidad habría sido poco menos que imposible. Sobre los lomos de aquellos ancestros, los de mi amigo Sócrates y los míos, nuestros primos humanos transportaron esas semillas y sus frutos, entre ellas, la semilla del café, que ha sido la base más importante de su economía; se transportaron también ellos mismos y, muchas veces, gracias a nosotros, alguien logró llegar a tiempo a la botica de la señorita Tulia para recibir unas pastillas salvadoras, un bálsamo para espantar la fiebre o unas puntadas para cerrar una herida, y ella misma pudo ir a alguna casa lejana a recibir a un nuevo ser que llegaba a este mundo. Somos, pues, parte muy importante del esfuerzo con el que se construyó lo que hoy es San Gregorio. Por esta razón, nos sentimos muy felices con el reconocimiento que nuestros primos nos han hecho con la creación de un festival dedicado a mi nombre y al nombre del café–.
La emoción con la que habló Linda era tan contagiosa que no pude evitar sentirme conmovido. Ahora, era el turno para nuestro amigo el buey y así se lo indiqué con una leve mirada dirigida hacia sus ojos meditabundos. Este, con la mirada puesta sobre los innumerables puntos luminosos desparramados por el paisaje nocturno circundante, lo que en realidad hizo fue dejar que de su mente reflexiva brotasen, como brota la blanca florescencia que anuncia la cosecha, los pensamientos que cultiva en sus largas horas de meditación. Habló de aquellos hombres y mujeres que, con su trabajo, dedicación y esmero sentaron las bases de lo que hoy es Alfonso López (San Gregorio) y sobre todo de los líderes y lideresas que han continuado con su obra. Parte especial de sus pensamientos la dedicó a una clase de hombres (inclusive una mujer), que fueron sus compañeros inmediatos de trabajo: los arrieros. Uno de esos arrieros (lo dijo con un gran sentimiento de afecto) fue aquel al que todos llamaban simplemente Soto y que, en sus palabras, fue algo así como el bisabuelo de quienes aún siguen practicando este noble oficio, los arrieros de hoy, a quienes, dicho sea de paso, también se les brinda reconocimiento en el festival con el concurso de cargue y descargue de una mula. Un acto de justicia elemental.
Las orejas proyectadas hacia adelante mientras emite un suave resoplido, nos indican que Linda quiere cerrar esta singular reunión que ahora, avanzada la noche y bajo la leve luminiscencia de la luna, llega a su fin. Sócrates y yo nos dispusimos a escuchar:
–¡Soy la protagonista! Cada vez que se celebra una versión del festival que lleva mi nombre y el del café, mi carga más querida, me hace sentir que los humanos y nosotros (mi amigo el buey y, de hecho, todos los animales y, ¿por qué no?, la naturaleza entera), somos una sola cosa porque que entre todos hay una absoluta interdependencia. Con este pensamiento estaré de corazón presente. Sólo me queda una cosa por decir: ¿el comité organizador tomaría en cuenta mi sugerencia de la adopción de mi nombre como logo del festival? ¡Sería una bella forma de posicionar una imagen del festival facilitar su recordación en la mente de todos los que nos suelen visitar con ocasión de ese evento: ¡la Mula Linda y su carga de café!
Por mi parte, regreso de nuevo a la vida normal; una vez más, con la certeza de haber compartido un hermoso sueño con mis amigos la mula Linda y el buey Sócrates.
Lectura recomendada:
Nosotros, pecadores… y el insobornable juez llamado conciencia

Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

