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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

El escenario:

A un reino muy antiguo (pero que podría ser cualquier país de nuestros tiempos) llegó cierto hombre que afirmaba poseer poderes especiales. Cosas como curar un leproso, liberar del demonio a un poseído, sacar del vicio a algún ladrón de barrio y hasta resucitar un muerto, eran prodigios que hacía con una autoridad y naturalidad que dejaban con la boca abierta a las gentes de aquellas lejanas tierras. Pero su afirmación más sorprendente era que decía ser hijo de Dios, incluso, ¡Dios mismo!; además, afirmaba que todos los preceptos necesarios para ser un buen ser humano se reducían a uno solo: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En síntesis, lo que decía este hombre era que todas las cosas (listados de virtudes, elucubraciones teológicas sabiondas, instituciones clericales encargadas de mantener a hombres y mujeres a raya dentro de un sendero moral específico, más todo tipo de rituales que recargaban la práctica religiosa de hombres y mujeres) eran vanas si estas no estaban supeditadas al mandato central que le daba sentido a todo: el amor. Dios mismo era, según sus palabras, el Padre misericordioso que acoge al hijo calavera que regresa a casa arrepentido, y no el rey militarmente omnipotente que un día impondría su poder sobre toda la humanidad con la fuerza de sus ejércitos. Una bomba de tiempo que dinamitaba toda una estructura religiosa fundamentada en el poder de un dios vengativo y conquistador.

Desde luego, la presencia de una persona como este predicador para las élites de aquel reino no podía ser más catastrófica y amenazante, porque dejaba sin soporte su poder; de hecho, todo el sistema montado a través de siglos de historia sobre esos principios religiosos corría el riesgo de venirse abajo. Así que llegaron a la conclusión de que había que neutralizar a aquel individuo y su doctrina. Pero ¿cómo?

La estrategia:

La forma de llevar a cabo el trabajo debería ser inteligente, sutil. Nada de actos de agresión, insultos o manifestaciones callejeras en su contra. Las cosas debían presentarse de manera tal que el pueblo sintiera que aquellas élites actuaban como defensores de la Verdad y de los valores tradicionales. Pensando en algo así, se les ocurrió que había que empezar por hacerle perder a este aparecido su credibilidad, de tal forma que terminara siendo visto por las gentes como un impostor y embaucador y para lograr ese objetivo inicial, la manera más eficaz era ponerle una trampa para que, una vez enredado en esta, perdiera su prestigio, todo a base de preguntas capciosas para inducirlo a dar respuestas erráticas y contradictorias, que luego serían amplificadas a través de todos los medios que tenían a su alcance. Igualmente -y esto era muy importante-, había que hacerlo ver como una amenaza para los intereses del imperio al que aquel reino, con sus élites a la cabeza, estaba sometido.

La trampa:

Se les ocurrió una idea genial. Todo consistía en fabricar (como algo que se descubre por pura casualidad) un caso de delito grave, y uno fácil de montar era el adulterio por parte de una mujer, el eslabón más vulnerable de la cadena social. Luego, la pecadora del caso sería llevada ante el predicador para pedirle que decidiera qué hacer con ella, teniendo en cuenta que la Constitución de aquel reino establecía que si una mujer era pillada cometiendo adulterio, el castigo sería el de su ejecución a pedradas. El paso a seguir era, en consecuencia, levantar a la pecadora indicada y, desde luego, disponer de testigos que certificaran los hechos. El plan era, técnicamente, impecable: si el Maestro decía que había que cumplir con la Constitución apedreándola, entonces las bases de su predicación sobre el amor y el perdón quedarían en entredicho; y si, por el contrario, decía que había que perdonarla, sería acusado de blasfemia por inducir al pueblo a quebrantar la Constitución. De inmediato pusieron manos a la obra. Como los medios de información de la época no dan detalles con respecto a los pasos previos que se siguieron para armar el caso, hemos de suponer que alguno de aquellos sesudos jerarcas se ofreció de voluntario para inducir a alguna despistada casada a que aceptara la propuesta indecente apropiada, mientras que sus compañeros, que estarían al acecho, serían los testigos cuando aquella víctima y su seductor estuvieran practicando el adulterio. Las cosas, por lo visto, y hasta ahí, les salieron bien.

El fiasco:

El día planeado, el Maestro se encontraba dictando una de sus acostumbradas conferencias en el Ágora municipal ante un numeroso público que había acudido a escucharlo y a discutir sobre sus tesis. De pronto, un grupo de hombres irrumpió en el recinto llevando consigo a una mujer que, avergonzada, no se atrevía a mirar a los ojos a los asistentes y menos al conferencista. –Maestro -dijeron aquellos hombres-, –encontramos a esta mujer en flagrancia cometiendo adulterio. Nuestra Constitución dice que este es un delito que debe castigarse con la muerte del responsable a pedradas. ¿Usted qué dice?. El conferencista, como quien no ha escuchado nada, aparentemente estaba concentrado en examinar sus apuntes sin ponerles atención, lo que para aquellos acusadores era una señal de que el Maestro trataba de eludir la respuesta porque no sabía qué contestar. ¡Lo tenían acorralado! -¿Qué hacemos con ella?-, insistieron. Entonces este, con la certeza del que sabe que le están poniendo una cascarita esperando que la pise, dijo sencillamente: El que de ustedes esté sin pecado ¡láncele la primera piedra! ¡Una respuesta inesperada que debió caer sobre las cabezas de aquellos hombres como un tanque de agua helada! Aunque alguno de ellos (o todos ellos) hubiera podido reaccionar diciendo: –Yo estoy sin pecado y, por lo tanto, aquí va la primera piedra, nadie lo hizo. ¿Por qué?

La moraleja:

Siempre he sentido que este relato, basado en un pasaje del Evangelio de Juan (Jn 8, 1-11), es una de las lecciones del comportamiento psicológico de los humanos más geniales que uno pueda encontrar, tal vez porque quien la puso en evidencia fue precisamente alguien con un don fuera de lo común.  En efecto, en lugar de enredarse en una discusión casuística con aquellos hombres (sin duda esa era la idea), lo que hizo el Maestro fue lanzarles a los acusadores un dardo directo a aquella parte de la condición humana que se llama la conciencia interior. Aquella en la que el juez supremo es uno mismo; el ámbito del interior en el que no hay trampa que valga, ni Corte Suprema que salve, ni abogados habilidosos capaces de pasar el limpión por las manchas que se llevan dentro. Eso lo sabía el Maestro … y lo supieron también los acusadores, quienes no tuvieron más alternativa que retirarse de aquel recinto en silencio. Me pregunto si hoy en día también nosotros lo sabemos o si necesitamos de un maestro que venga a recordárnoslo. 

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