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Por Jaime Humberto Herrera Suárez 
Colaborador municipio de Támesis

Todos sabemos que en la sociedad se está perdiendo el respeto. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa que cada día se debilitan esos valores tan importantes para la sana convivencia? ¿Se están deshumanizando las comunidades?

Podemos darnos cuenta de que cada día vivimos en un círculo con personas- objetos, con la tendencia a olvidar que somos humanos: seres pensantes, con capacidad de razonar y comunicarnos; seres sintientes, sujetos de derechos y deberes, llamados a convivir con respeto e igualdad.

El materialismo, el egoísmo, la competencia desmedida, el deseo de poder, la falta de solidaridad y empatía, la envidia y la pérdida de nobles sentimientos como la bondad o la compasión, a través de la historia han generado comportamientos que no respetan nada, ni siquiera la vida misma.

La tendencia a juzgar a los demás y a ver sus errores, en lugar de sus virtudes o cualidades; el no esforzarse por corregir primero las propias falencias; la costumbre de culpar al mundo de nuestros problemas; la discriminación, el matoneo, el machismo o cualquier forma de imposición que desconozca los derechos del otro, son manifestaciones claras de falta de respeto que crean, en muchos casos, una situación difícil de convivir.

Adagios populares como “nadie sabe con la sed que otro vive” o “la procesión va por dentro” deberían recordarse antes de cuestionar a alguien o encasillarlo en una opinión que muchas veces se multiplica sin que el afectado siquiera lo sepa. De allí nacen exageraciones que rayan en la mentira y que se convierten en el famoso y peligrosísimo “chisme”, responsable incluso de graves conflictos y tragedias. Comprender primero al semejante y ayudarlo después debería ser siempre nuestra invitación.

Tengamos en cuenta que somos seres imperfectos y, en el mejor de los casos, en constante búsqueda de crecimiento material, personal y espiritual. Como tales cometemos equivocaciones y errores. Por eso, además del esfuerzo personal por corregirlos, muchas veces también merecemos una segunda oportunidad.

Por otro lado, cualquiera que sea la idea que cada uno tenga de Dios, vale la pena esforzarse por poner en práctica las sugerencias y consejos consignados en la Biblia, considerada por muchos como un excelente tratado moral. La experiencia ha demostrado que, cuando sus principios se aplican a la vida diaria, contribuyen a mejorar el comportamiento humano y el respeto hacia los demás.

Por ejemplo, la sugerencia: “Den sin esperar nada a cambio” nos recuerda que dar no implica únicamente cosas materiales; también se puede dar comprensión, afecto, respeto o apoyo. Con el tiempo, esa actitud suele traducirse en satisfacciones profundas, reconocimiento y armonía en la vida familiar y social. Y si en ocasiones no podemos dar, siempre podremos compartir.

Si estos principios se tuvieran más en cuenta en nuestras familias, entre amigos, vecinos y en la sociedad en general- incluyendo el respeto hacia los animales y la naturaleza- seguramente estaríamos construyendo una convivencia más humana y equilibrada.

Diversos análisis recientes advierten que el respeto parece estar en peligro de extinción. Cada vez se observan menos muestras de consideración hacia los padres, los mayores, los profesores o las autoridades, mientras que en las redes sociales abundan comentarios ofensivos o descalificadores. Algunos especialistas señalan que esta tendencia creciente de irrespeto está generando tensiones innecesarias en la vida social.

Frente a esta realidad, la invitación es sencilla pero profunda: ser respetuosos incluso con quienes piensan diferente, tratar a los demás como nos gustaría ser tratados y procurar dar siempre el beneficio de la duda antes de juzgar.

El respeto también implica cuidar la vida y la seguridad propia y la de los demás. Acciones irresponsables que ponen en peligro la salud o la integridad de las personas- como conducir bajo efectos del alcohol o las drogas, o ignorar normas básicas de seguridad- son también formas de falta de respeto hacia la vida humana.

En la familia, el respeto crea un ambiente de estabilidad donde todos se sienten seguros. Hablar de este valor, definir comportamientos aceptables y, sobre todo, dar el ejemplo, contribuye a fortalecer relaciones más sanas.

Igualmente, respetarse a uno mismo ayuda a enfrentar los problemas de la vida con mayor confianza. Las personas que cultivan un sano respeto propio suelen relacionarse mejor con los demás, construir amistades duraderas y afrontar con mayor resiliencia las dificultades.

Por todo ello, cada uno puede aportar algo: elegir amistades que influyan positivamente, ayudar a otros cuando lo necesiten y educar a las nuevas generaciones en el valor del respeto.

Si cada persona pusiera en práctica estos principios sencillos pero profundos, estaríamos dando pasos firmes hacia una sociedad más justa, más humana y solidaria.

Pongamos, entonces, cada uno nuestro grano de arena. Tal vez así logremos formar las montañas de respeto, comprensión y bondad que tanto necesita este mundo.

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