Por Carolina Restrepo De los Ríos
Normalista Superior 2025 IENSA
En el jardín de la vida escolar hay maestras que no pasan desapercibidas: su presencia es raíz, abrigo y luz. No necesitan grandes discursos para enseñar, porque cada acto suyo se convierte en lección y cada palabra deja un eco en el alma. Así es Ángela María Ruiz Idárraga, una mujer que ha entregado más de cuatro décadas de su vida a la educación y que ha hecho de su vocación una forma de existir, un gesto de amor hacia quienes aprenden de ella.
Nació un martes 21 de abril de 1964, a las 5:30 de la mañana, en el municipio de Argelia, Antioquia, en una familia donde el trabajo, la fe y el respeto eran los pilares del hogar. Su niñez transcurrió entre risas, cuadernos forrados con papel de regalo y largos caminos hacia la escuela, acompañada de sus hermanos. “Mamá nos enviaba impecables, con el uniforme limpio, el desayuno en el cuerpo y las tareas hechas”, recuerda. Fue una infancia tranquila, marcada por el amor materno y por pequeñas anécdotas que moldearon su carácter.

De aquella época guarda recuerdos entrañables: el libro de fábulas de pasta dura que despertó su amor por la lectura, la maestra Leticia Restrepo a quien le llevaban almuerzo en una ollita brillante, y los traslados constantes de escuela en escuela que le enseñaron la adaptabilidad. En medio de esos cambios, nació su curiosidad por comprender cómo aprenden los niños, una inquietud que más tarde la llevaría a estudiar psicología y pedagogía.
Su paso por la Escuela Normal Superior de Amagá, donde se graduó como bachiller pedagógico en 1982, fue el inicio de su vida docente. Allí descubrió que tenía un talento natural para enseñar. Fue la maestra Socorro Tangarife (q.p.d.) quien, con firmeza y cariño, le mostró que el camino del magisterio era su destino. “Cuando en la Normal me digan que usted no sirve para ser maestra, ese día me la llevo para el liceo”, le dijo su madre. Ese día nunca llegó.

A lo largo de 43 años de trayectoria, la mestra Ángela ha pasado por distintos escenarios educativos: desde aulas rurales con pizarras de tiza, hasta espacios urbanos llenos de tecnología. Ha trabajado con niñas y niños de tres años y con jóvenes en formación docente; ha sido maestra, psicóloga, orientadora y directiva. Cada etapa ha sido una lección de humanidad. “La educación me ha permitido comprender que el maestro no enseña sólo con palabras, sino con la vida misma”, afirma.
En su andar profesional, se ha formado con dedicación y constancia. Es Magister en Educación de la Universidad de Medellín, Especialista en Informática y Telemática de la Universidad del Área Andina y Psicóloga Social Comunitaria de la UNAD. Además, se describe como una mujer “autodidacta y curiosa”, siempre en búsqueda del conocimiento, no para acumular títulos, sino para comparar lo aprendido con la realidad viva del aula.
Su historia familiar también es un pilar de su identidad. Comparte su vida con Polo, su esposo, con quien lleva 38 años de amor y compañerismo. Sus tres hijos David, Sarita y Anita también son docentes, una herencia espiritual que confirma que la vocación se transmite con el ejemplo. “Verlos ejercer con pasión me llena de orgullo; es como si una parte de mí siguiera multiplicándose en ellos”, confiesa.
La maestra Ángela ha sido testigo y protagonista de la transformación educativa en Colombia. Desde los años setenta hasta hoy, ha visto pasar metodologías, reformas y modas pedagógicas, pero hay algo que, dice, nunca debe cambiar: la esencia humana del maestro. “La tecnología puede facilitar, pero nunca reemplazar al verdadero maestro. Lo que educa es la mirada, la palabra, la coherencia y la presencia”.

Su pedagogía podría resumirse en tres palabras que la definen profundamente: vocación, persistencia y transformación. Enseñar, para ella, ha sido una elección ética y emocional, un acto de fe en el ser humano. “El maestro es un ser inacabado, en constante aprendizaje. Cada día, cada grupo y cada generación te enseñan algo nuevo”.
Su relación con los estudiantes está marcada por la empatía y el reconocimiento. Sabe que cada niño y cada joven es un mundo distinto, y que detrás de una conducta hay siempre una historia. Gracias a su formación en psicología, comprende las emociones como parte esencial del aprendizaje. “El maestro debe ser ejemplo de equilibrio emocional. No se trata de decirle al estudiante ‘respira’, sino de mostrarle, con tu actitud, que sí se puede resistir, persistir y levantarse”.
Hablar con la maestra Ángela es escuchar una voz que mezcla sabiduría, ternura y experiencia. Cada palabra suya parece venir de una vida llena de aprendizajes, de noches largas preparando clases, de días intensos en el aula, de encuentros con familias, de lágrimas contenidas y de muchas sonrisas compartidas.
Recuerda con cariño sus primeros años en la docencia, en 1983, en la escuela María Auxiliadora de Amagá, donde sustituyó a una maestra por licencia de maternidad. “Sentía nervios, claro, pero sobre todo una alegría inmensa. Era como si toda mi vida me hubiera preparado para ese momento”. Desde entonces, no ha dejado de enseñar, ni de aprender.
Cada etapa de su vida ha sido una escuela. En los años noventa, su paso por el centro poblado Minas y el prescolar Susi de Amagá la llevó a comprender el valor de la comunidad rural; más adelante, como psicóloga en la Unidad de Atención Integral, entendió la importancia del acompañamiento emocional; y en la Escuela Normal Superior de Amagá, su casa desde 2008, se ha convertido en una maestra formadora de maestros, ejemplo de ética, compromiso y amor por la profesión.
Su mirada sobre la formación docente es profunda: “el maestro en formación no será maestro en el futuro; ya lo es. El título sólo legitima lo que sus acciones revelan desde ahora”. Cree en la lectura de contexto, en la reflexión constante y en la responsabilidad de formar seres críticos y sensibles ante los cambios del mundo.
Cuando se le pregunta por su mayor huella, responde sin dudar: “mostrar que sí se puede. Que con esfuerzo, pasión y propósito se pueden transformar vidas, familias y comunidades”. Y es cierto: sus antiguos estudiantes la recuerdan por su sabiduría, su calidez, su organización impecable, su voz firme y su fe inquebrantable en el poder del conocimiento.
De Paulo Freire aprendió que el día en que la maestra pierda la esperanza, dejará de existir el sentido de enseñar. Por eso, en su mirada aún brilla esa esperanza que sostiene su vocación. “Mientras crea en las posibilidades del otro, seguiré siendo maestra, incluso fuera del sistema educativo”.

En la maestra Ángela habita una certeza serena: enseñar también ha sido una forma de sanar. Sanar las propias heridas, las ajenas, las del territorio. Su vida ha estado entrelazada con la historia educativa de Amagá, y sus pasos han contribuido a formar generaciones de maestros que hoy enseñan con el corazón.
Quizás su legado no se mida en títulos o reconocimientos, sino en algo más profundo: en los ojos de los estudiantes que aprendieron a creer en sí mismos gracias a su guía. En los jóvenes que descubrieron en sus palabras un llamado a la vocación. En las aulas donde aún se siente su presencia, su voz pausada y su firme convicción de que la educación es el acto más humano de todos.
Ángela María Ruiz Idárraga es, sin duda, una mujer que enseña con el alma, que defiende la esperanza como bandera y que ha hecho de su vida una lección viva de amor, sabiduría y transformación.
*Sobre la autora
Carolina Restrepo De los Ríos es Normalista Superior egresada de la Institución Educativa Normal Superior de Amagá. Como parte de su investigación para optar al título de Normalista Superior desarrolló un proyecto basado en narrativas biográficas con el propósito de reconocer el legado y la vocación de los maestros que inspiran y transforman la vida escolar. Su investigación se enmarca en las 13 condiciones de calidad, específicamente en la condición de innovación e investigación educativa.
El resultado de este proceso fue la construcción de tres narrativas que serán publicadas en el Periódico EL SUROESTE. La primera entrega corresponde a la historia de la maestra Ángela María Ruiz Idárraga, cuya trayectoria y aporte a la institución los lectores encuentran en este texto. Las dos narrativas restantes serán compartidas en próximas ediciones como parte del compromiso del periódico con visibilizar la labor docente desde una mirada humana, pedagógica y territorial.

Por Carolina Restrepo De los Ríos

