¿Qué tienes que me atraes tanto?
Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Cuántas veces, acurrucado en aquel rellano en el que se asentaba la pequeña casa de bahareque rodeada de jardines, custodiada por el naranjo en el que un sinsonte madrugador me daba los buenos días y el limonar de largos brazos que servía de abrigo a unas cuantas gallinas, miraba ensimismado tus picachos coronados por millones de estrellas en noches de luna llena. El color verde oscuro, tan negro como las tinieblas que te rodeaban y acentuaban ese halo de misterio con el que te mostrabas en esas mismas noches cuajadas de estrellas, era una fuente de energía con la que mi mente soñadora se ponía febrilmente a trabajar.
Dime, Citará, si es cierto que en tus elevadas cumbres seres venidos de legendarios reinos edificaron hace muchos años hermosos y encantados palacios de cristal, rodeados de lagos de aguas cristalinas habitados por extraños y salvajes patos en cuyos nidos depositan huevos de oro. ¿Tiene nombre esa deidad, puesta allí por algún Buziraco mitológico, para ser la diosa protectora del Suroeste que, sumida en una especie de sueño eterno del que tal vez nunca va a despertar, mira desde el alto Cerro de San Nicolás el inconmensurable universo? ¿Qué clase de animales salvajes habitan en tus cordilleras? ¿Los conoceré a todos algún día? ¿Es cierto que, en los atardeceres, esa mortecina y leve mancha de luz que deja el sol por un tiempo más al despedirse de los pueblos y aldeas que yacen a los pies de tus cumbres, es una señal para que los venados salgan a pastar sin temor alguno, porque los grandes depredadores para ese momento se han ido ya a descansar?
Con el pasar de los años he sabido también que eres una especie de Aguadora del Suroeste, puesta allí por la naturaleza para proveer del agua que luego viertes a través de nuestros ríos, quebradas y arroyuelos, porque tus cumbres, tan altas que, en los días despejados, se pueden contemplar desde cualquier punto elevado de nuestra región, incluso desde el lejano Valle de Aburrá, son una especie de laboratorio climático en el que nubes arrancadas por los vientos de tus boscosas praderas, se convierten en gotas portadoras de vida, para pintar además de verde nuestros paisajes. Que eres igualmente una especie de escuela natural en la que quienes nacimos y vivimos bajo tu sombra protectora, estamos invitados a aprender de tus enseñanzas acerca de los misterios de la naturaleza; una naturaleza tan bella como la delicada niña de trenzas de oro a la que debemos cuidar con amor, porque es igualmente tan frágil como la flor que nace en la mañana para morir luego al caer de la tarde. En suma, que eres un hermoso regalo de la diosa Natura, por cuyo espinazo corre una línea que marca los límites entre los departamentos de Antioquia y Chocó, una frontera viva puesta por los humanos, no para separarnos sino para unirnos, porque el Citará es un ecosistema cuyas riquezas se esparcen por igual en cada uno de estos departamentos, de manera especial sobre quienes tuvimos la fortuna de nacer y vivir en tus vertientes.
Finalmente, oh Citará, debo confesarte que tengo un reclamo para con los habitantes del Suroeste antioqueño, especialmente para con los líderes y autoridades que han tenido la responsabilidad de dirigir los destinos de la provincia San Juan. Porque de alguna forma, te siguen viendo como un ecosistema cuyo cuidado no les concierne personalmente, porque, según lo piensan, esta es una responsabilidad de Corantioquia. Grave error, porque, si bien y por razones institucionales, la delimitación, manejo y expedición de políticas ambientales, es algo que pertenece al gobierno departamental, finalmente quienes estamos en contacto directo con el mismo somos nosotros y ello significa que su cuidado inicial se encuentra fundamentalmente en nuestras propias manos, empezando por el acatamiento que debemos hacer de las normas ambientales expedidas por los organismos departamentales, nacionales e inclusive internacionales, correspondientes. Y es que, sobre lo poco que he podido deducir de los programas de gobierno municipal con los que suelen ser elegidos los alcaldes de los municipios de la región, incluyendo de manera especial el de Ciudad Bolívar, el compromiso ecológico relacionado con los Farallones del Citará no tiene la relevancia que uno esperaría o, sencillamente, ni siquiera es mencionado.
Empezando por algo tan elemental como es el de no haberle sacado (hasta ahora) un mejor partido a tu poético nombre. ¿Qué tal que, a Bolívar, en lugar de anteponerle un nombre tan genérico como el de Ciudad, se le hubiera llamado, por ejemplo, Bolívar del Citará? Municipios como Betania que, igual que el nuestro, es de los más cercanos al Cerro San Nicolás, podrían reparar esta injusticia. O, ¿qué tal que nuestros alcaldes y la Gobernación de Antioquia, en un acto de justa reparación para contigo e inspirados por las musas del Olimpo, decidieran que a partir de una determinada fecha la provincia de San Juan habría de llevar tu nombre: provincia del Citará?
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

