Puede más la esperanza
Por Rubén Darío González Zapata Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)
Cuando esta columna, enviada al Periódico El Suroeste el 19 de junio, sea publicada, ya se conocerá cuál fue la propuesta de gobierno ganadora en la votación del 21 de junio. Este escrito, por tanto, debe ser entendido como un primer paso en la construcción de una nueva conciencia sobre nuestro país.
Bogotá, 19 de junio de 2026
Profesor
Sergio Fajardo
Colombia
Soy un ciudadano colombiano, cuyo único poder es el de su propio voto; un voto que, desde el momento en el que tomé conciencia de que este (el voto) no es esa especie de artículo comercial que se juega por el nombre de una persona, sino que es una adhesión a un proyecto de país, me ha obligado a que, antes de tomar mi decisión electoral, debo establecer cuál es la Colombia con cuya construcción me estoy comprometiendo. Una convicción que parte de la base de que el proyecto por el que me estoy decidiendo, al momento de salir ganador en la contienda electoral, deja de ser propiedad de una persona -del autor o del partido que lo propuso- para convertirse en un mandato ciudadano al gobierno elegido, por cuya ejecución debe responder ante el país; de igual forma, se convierte en un compromiso personal, lo que conlleva la responsabilidad de parte mía darle el apoyo en la medida de mis posibilidades, así como de mantener ante el gobierno una posición crítica con respecto a los resultados de su gestión.
Dentro de este marco conceptual, su proyecto político, en el que la educación (incluida la ciencia y la cultura) es la columna vertebral, el elemento catalizador a partir del cual se canalizaría toda la acción del Estado para la erradicación de los problemas estructurales del país (desigualdad social, atraso, dependencia), siempre me ha convencido. Ese fue el proyecto por el voté en las elecciones del año 2022 y al que le habría dado mi voto en la consulta de partidos de comienzos del 2026, aunque mi decisión de voto finalmente se decantó por el proyecto político del Pacto Histórico, por cuanto consideré que este tiene, igualmente, todos los elementos suficientes para lograr a la erradicación de los problemas estructurales históricos de nuestro país.
Pero ¿A qué viene todo este preámbulo? La respuesta es simple, profesor Fajardo: la Colombia que vamos atener a partir del próximo domingo será, como lo dice usted, una diferente a la de hoy. Será una en la que los partidos, gane quien gane, habrán decidido que, a partir de ese momento, una mitad del país está condenada mirar a la otra mitad como un enemigo al que hay que tratar como tal, inclusive desaparecerlo si es posible.
Increíblemente y en cosa de unos pocos años, retrocedimos a los años 40 y 50 del siglo pasado, pese a que se habían logrado avances tan importantes a favor de la paz como el Acuerdo de La Habana. Por una razón que es imposible de entender, los colombianos parecemos estar condenados a vivir el mito del rey Sísifo, a quien los dioses condenaron a empujar eternamente una enorme roca pendiente arriba; cuando el condenado había logrado acercarse a la cumbre, la piedra rodaba hacia abajo y el castigo empezaba de nuevo. Esa roca para los colombianos es el odio al que nos condenan, una y otra vez, los dioses de Neón que nosotros mismos fabricamos y llevamos luego al infame Olimpo del poder. ¿Y sabe qué es lo más paradójico de este castigo, profesor? Que, por increíble que parezca, somos los mismos colombianos los que, con nuestro voto, lo habremos aprobado y lo habremos hecho nuestro; de esta forma, los caciques que lo idearon, lo promovieron y lo vendieron como idea milagrosa, después de lograr su objetivo saldrán con las manos limpias; así que cuando el dios del Olimpo -si es que de verdad hay un dios que haga justicia- los llame a pedirles cuentas, ellos dirán: nosotros no tenemos responsabilidad alguna, esa fue una decisión soberana del pueblo.
Pero sé, profesor que, como usted lo acaba de decir, no todos los colombianos nos vamos a dejar arrastrar a la trampa del odio y creo que su idea de promover un movimiento social a partir del 22 de junio para derrumbar la polarización es un proyecto al que, quienes seguimos creyendo en que construir un mejor país y en paz es posible, nos debemos unir, así nos cueste sudor y lágrimas. Por mi parte, manifiesto que declaro al odio como mi enemigo personal, irreconciliable, con el cual no tendré contemplación alguna. Declaro que todos los colombianos, independientemente de lo que piense cada quien, somos humanos que merecemos tener una oportunidad para vivir en paz; que nuestras diferencias las podremos convertir siempre en un motivo de crecimiento personal y espiritual. Por eso quiero decirle con respecto a su proyecto, convencido de que la esperanza siempre prevalecerá sobre el odio: cuente conmigo, profesor Fajardo.
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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

