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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

El sábado me muerde un perro sin razón. Ayer, limpiando las heridas, terminé de leer «Las Muertas», una novela mexicana de Jorge Ibarguengoitia que me deja embebido por una narración latinoamericana nacida de la crónica roja: las Poquianchis, madrotas y asesinas seriales de Guanajuato y Jalisco que enterraban los cuerpos de sus víctimas en sus burdeles.

Parece una escena de los pueblos literarios mexicanos: «San Pedro de las Corrientes», «Pedrones», «el Salto de Tuxpana», donde el desierto se entra por la garganta con mezcal, tequila y nopales. Yo estaba de espalda, el perro Zeus; como un rayo se abalanzó con certeros tarascazos —los perros pueden ser traicioneros cuando se lo proponen—; hasta ahí me llegó el ímpetu para seguir pintando la reja de la casa.

Hace un tiempo, el localizador de mi celular arroja un lugar donde la mayoría de las veces estoy; no cambia, no se actualiza: «Las Penas». Estoy en Amagá, no en Las Penas —aunque es una idea brillante, ¿no?, pues, cambiar el nombre al pueblo—. ¿Qué clase de broma me hace el celular? Es festivo de «independencia colombiana»; los discursos políticos me causan indigestión. Las Penas vs. Las Muertas, pues no vaya a ser una coincidencia, las prostitutas manejadas a ultranza por las lenonas Baladro pueden ser ahora almas en pena; errantes por los lupanares de la viña. Por lo tanto, si mi celular se empecina en nombrar Las Penas, en vez de Amagá, en la predicción del clima; puede hacer el favor de guardar el siguiente memorial penoso: los olores emitidos por la industria de material perecedero, chimeneas y curtiembres me hacen pensar que los cadáveres de aquellas almas en pena están en nuestro piso; el aumento desproporcional a la tarifa de cobro del peaje Amagá me da pena; vergüenza, la gestión de la empresa de servicios públicos de acueducto, alcantarillado y aseo de Las Penas. Pueden buscar estrategias sabias en las páginas de Las Muertas, específicamente con las hermanas Baladro: Arcángela y Serafina, administradoras de las casas de lenocinio, montaron un verdadero machete de negocio. Las reiteradas quejas de los «zopilotes» porque no dejan más tiempo las basuras en las esquinas para ellos hurgar y la tristísima petición de la quebrada La Potrera y La Amagá, indignadas por el papel de cloacas que ahora ostentan, dicen sus aguas apestosas que la PTAR (Planta de tratamiento de aguas residuales) dejó de funcionar. Una pena.

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